Desde Aristóteles, la esencia de la democracia es la libertad. Toda la tradición constitucional de la sociedad abierta, desde la Carta Magna inglesa de 1215 en adelante, se basa en la limitación al poder. Sin embargo, hoy observamos que en no pocos lares en nombre de la democracia se aplican procedimientos abiertamente antidemocráticos y en nombre del constitucionalismo se promulgan esperpentos que abren las compuertas al totalitarismo.Juan González Calderón explica que cuando no hay respeto a los derechos de las minorías, las democracias se convierten en un juego suicida. Así, sostiene que los “demócratas de los números”, ni de números entienden puesto que parten de las siguientes ecuaciones falsas : 50% mas 1% = 100% y 50% menos 1% = 0%. En el mismo sentido, Giovanni Sartori ha escrito que incluso etimológicamente se pervierte el sentido mismo de la democracia cuando se da rienda ilimitada a las mayorías. En ese contexto sostiene que un sector del demos se convierte en no-demos y “a la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría.”
Es muy relevante distinguir entre democracia y ruleta rusa o suicidio colectivo. En la democracia la minoría no abdica de sus derechos en favor de una mayoría circunstancial. Lo contrario sería admitir que el régimen de Hitler fue democrático porque asumió el poder con apoyo electoral. En esta misma línea argumental es por eso que el premio Nobel Friderich Hayek declara que “Debo sin reservas admitir que si por democracia se entiende dar vía libre a la ilimitada voluntad de la mayoría, en modo alguno estoy dispuesto a llamarme demócrata.”
¿Seriamente una persona responsable sometería la educación de sus hijos, su propiedad y su libertad a la mayoría? Si se decidiera por una mayoría numérica pasar a degüello a los pelirrojos ¿estos deberían someterse en nombre de la democracia o mas bien serían considerados unos irresponsables? Hoy aparecen gobiernos que atropellan los derechos mas elementales de las personas en nombre de la democracia. Esto más bien constituye una afrenta a las instituciones democráticas.
En última instancia, el tema de fondo en este análisis consiste en que lamentablemente mucha gente actúa como si estuviera ubicada en una inmensa platea pensando que los que están en el escenario deben resolverles los problemas. En verdad, todos estamos en el escenario y debemos contribuir con nuestro esfuerzo cotidiano a estudiar y difundir los principios sobre los que descansa un sociedad de hombres libres. No importa a que nos dediquemos, si a la jardinería, la agricultura, la economía, la abogacía o al teatro, todos estamos interesados en que nos respeten. Por tanto, un buen ejercicio es preguntarnos al fin de cada día en qué hemos contribuido para que nos respeten. Si la respuesta es nada, no hay derecho al pataleo.
Lo que no es admisible es que bajo el disfraz de la democracia se oculte el puñal del totalitarismo. No es admisible que, en nombre de la democracia, se liquide la división horizontal de poderes y el poder ejecutivo se arrogue la suma del poder público. No es admisible que el aparato estatal se inmiscuya en todos los vericuetos de la vida privada de las personas con marañas impositivas escandalosas, deudas gubernamentales impagables y gastos fiscales astronómicos que deben solventar los contribuyentes. No es admisible que los contralores republicanos se eliminen de un plumazo sin sufrir las consecuencias.
Y todo siempre empieza con manotazos disimulados para entrar en materia y anestesiar las conciencias de a poco, por eso es que Alexis de Tocqueville ha señalado que “Se olvida que en los detalles es dónde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra.”
(*) El autor es presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias, en Argentina.