¿Cómo cambiaron el mundo las redes sociales?

A nivel global, la trascendencia de las redes pude compararse solo a hechos como la invención de la imprenta, por cómo modificó la comunicación interpersonal y grupal

Para tener una noción de la importancia gravitante de las plataformas de redes sociales no hay que remontarse más allá del mes de agosto de este año, cuando Facebook, hoy ya establecida como la plataforma de difusión de noticias más popular del mundo, decidió despedir a todos sus verificadores de contenido informativo para reemplazarlos con un algoritmo. Es decir, con un conjunto de operaciones matemáticas informáticas que definen en conjunto y basándose en datos de comportamiento de cada usuario qué es lo que debe aparecer en su muro. El resultado de eso fue una enorme cantidad de información errónea que potencialmente puede haber alterado percepciones o reafirmado opiniones de una masa enorme de personas expuestas a una mentira. "No somos un medio de información, somos una compañía tecnológica", dijo Mark Zuckerberg, quizá el símbolo de una era de jóvenes y poderosos empresarios tecnológicos que sucederá como ícono a Steve Jobs. Con esa frase, Zuckerberg dejó en claro su más bien escaso interés en que lo que consuman sus usuarios sea verdadero o no.

Facebook hoy es un verdadero quiosco de noticias virtual, el más utilizado también en Uruguay, donde el consumo de noticias a través de esa plataforma crece año a año, según las mediciones. Pero ¿cómo llegó Facebook a convertirse en semejante actor para la vida pública a nivel mundial?

Primero hay que hacer una precisión: el concepto de plataforma de redes sociales surgió tiempo después de que el acceso a internet comenzara a esparcirse por todo el mundo. La idea misma de la red como conector de personas a lo largo y ancho del planeta, con una rapidez inédita, entregó las primeras nociones de conexión colectiva con los chats y el propio correo. Sin embargo, más allá de todos los años de primeras experiencias de intercambio de mensajes, nada sacudió tanto al mundo como la explosión de Facebook y Twitter.

Esos estallidos de popularidad a nivel global, que marcaron entre otras cosas la llegada a la presidencia de Barack Obama, en realidad universalizaron un concepto que ya esbozaban los primeros intentos de plataformas de redes sociales: serían las nuevas plazas públicas.

Este concepto de ágora moderna, esbozado alguna vez por el periodista argentino y crítico cultural Daniel Molina, es lo que hoy define a todas las redes en su conjunto, desde Facebook a Snapchat. Estas enormes empresas de tecnología lograron que efectivamente internet ofrezca una realidad paralela en la que se combina lo cotidiano y lo artificioso, y que en cualquier caso domina una creciente cantidad del tiempo de ocio de las personas. La migración en estos años hacia los teléfonos hizo aún más potente su llegada, y la democratización del acceso a internet hizo el resto. La llamada Primavera Árabe, cuyas consecuencias todavía hoy el mundo está experimentando, no habría sido más que un movimiento puntual y posiblemente reprimido de no ser por la visibilidad que estas plataformas ya ofrecían en ese momento.

Hoy estar al 100 por ciento fuera de las redes sociales no es una quimera; sin embargo, ya se parece más a una obsesión que tiene cada vez menos gente, conforme usuarios de todas las generaciones se abren un Facebook o se interesan por subir fotos a Instagram, o por consumir noticias y opinar en Twitter. Y como el objetivo de las redes sociales es retener a su público dentro de sus plataformas, todas las actividades que tienen que ver con la cotidianidad humana están pasándose a ellas. Incluso el consumo de información.

Esto abre un frente especial para aquellos que trabajamos en los medios de información. Desde el momento en que Mark Zuckerberg enunció la frase mencionada al principio de este texto, quedó claro que el asunto de la información veraz en estas plataformas que nos garantizan una llegada inédita a posibles consumidores es asunto de los medios responsables. El asunto no es menor: hoy Facebook es el mercado principal de intercambio de noticias. Más complicado aún es el hecho de que es, cada vez más, el escenario donde el discurso público se materializa y se moldea. Vivimos una era en la que muchas publicaciones obtienen ganancias no solo con contenido falso o "caza clics", sino escribiendo lo que la gente quiere leer.

El panorama sería sombrío si la oportunidad no fuera enorme: Facebook ofrecerá pocas garantías de transparencia pero también, gracias a su forma de funcionar, los medios pueden relacionarse de una forma inédita con los lectores y con las comunidades que ellos integran ahora que las redes han permitido vincularse a personas a miles de kilómetros de distancia y que han hecho posible la existencia de movimientos impensables.

Esta nueva era de la tecnología habilita a un tipo de interacción inimaginada décadas atrás, una que posibilita no solo llegar más a los lectores, sino llegar de un modo más natural, en el que los medios no somos un megáfono, sino más bien un articulador de informaciones que no solo puede saber cuál es el tipo de información que una comunidad necesita, sino que también puede incluir a esa comunidad –y por ende, a la información que ella contiene– dentro de su proceso periodístico. Que los medios puedan salir de esa "isla" en la cual solo las ideas que surgen dentro de la redacción son las que valen es apenas una de las tantas cosas que le auguran a esta vida dentro de las plataformas de redes sociales un futuro bastante más auspicioso.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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