Cómo creer en Dios sin convertirse en un perfecto idiota

La ciencia asegura que los ateos son más inteligentes que los creyentes

En estos días un portal de noticias juntó varios estudios acerca de las formas de vivir y de razonar de ateos y creyentes y llegó a una conclusión principal: los descreídos son más inteligentes pero menos felices que aquellos que tienen fe en la existencia de Dios.

Esta sentencia es la que surge de la recopilación de 60 estudios científicos coordinados por respetables universidades de todo el mundo. Según dicen los científicos, las creencias irracionales como las religiosas “atraen menos a la gente con mayor capacidad de razonar, de resolver problemas, de pensar de manera abstracta y de aprender de la experiencia”. Por tanto, los creyentes son menos “inteligentes”.

Por otro lado, llegaron a la conclusión de que la gente religiosa está más satisfecha con la vida. “Las personas que profesan una profunda fe en Dios muestran una actividad menor en el área del cerebro denominada córtex del cíngulo anterior, responsable de las reacciones corporales de excitación asociadas al estrés. Parece que la fe divina provee, a los que la sienten, una serie de argumentos que disminuyen la incertidumbre ante los misterios de la vida”, dice la investigación. En suma, los creyentes son más “felices”.

 Las noticias que nos llegan desde la ciencia son descorazonadoras tanto para ateos como para creyentes. A unos le niega la felicidad y sobre los otros siembra sospechas acerca de su capacidad para la reflexión.

Pero la eficacia de la ciencia depende de la matemática y del cálculo, de la práctica artificial y minuciosa del ensayo y del error, de la química y de la física que no siempre abarcan la vastedad del ser humano.

Por eso, contra los estudios de laboratorio, los ateos tienen todo el derecho de reclamar su porción de paraíso en un montón de lugares terrenales que nada tienen que ver con la vida después de esta vida.

Por otro lado, los creyentes tienen razones suficientes para asegurar que la creencia en un dios es el resultado de una decisión de innegable inteligencia si, más allá de misas y liturgias, les proporciona felicidad.

Entonces ¿de qué nos hablan los que nos dicen que una persona que, creyendo en Dios, ha logrado ser feliz, ejerce la inteligencia con menos esmero que un ateo?

¿Cómo es posible que se nos diga que la capacidad de aprender, de razonar, de entender el mundo no nos pueda provocar la intensa felicidad que supone el conocimiento?

Pero la ciencia, que nos ha dado tanto, no ha podido develar el mayor de todos los misterios  y tal vez esa sea una buena noticia. Porque, acaso, sea la duda la que nos depara el don del pensamiento sin descartar, por si algún día lo necesitamos, el lujo de la fe.


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