¿Cómo nos afecta la muerte de un roquero?

La partida de un ídolo y la forma de procesarlo
El 10 de enero murió David Bowie, y apenas una semana después, Glenn Frey de los Eagles. Ahora, con una generación entera de roqueros aproximándose al ocaso, nuestra sociedad se prepara para una nueva era de duelo, una situación que es tan confusa como inevitable. Nuestros héroes están a punto de desaparecer en grandes cantidades, y nuestra pena, al mismo tiempo, va a tornarse más frecuente, más comunal y más intensa.

¿Está mal pensar que también será más enriquecedora? En nuestras vidas altamente interconectadas, una masiva expresión de angustia también se convierte en una masiva publicación de información. Nos apresuramos a llenar el vacío de nuestros íconos con una profusión de tributos, recuerdos y reafirmaciones.

¿Ha conocido la humanidad a David Bowie de una forma tan íntima como ahora? Su muerte generó una imparable catarata de escritos que han intentado examinar cada dimensión de su identidad, su humanidad, su arte y su impacto.

En cierta forma, esa catarata se sintió formativa. En vez de memorizar obedientemente una pérdida profunda, nos lanzamos hacia una comprensión más completa del hecho.
Así será como lloremos al rock and roll en la era de la información.

Si la muerte de una estrella pop parece afectarnos más que otros tipos de muertes de celebridades, es porque no solo lamentamos a la estrella. Cuando los roqueros mueren, lamentamos su juventud, su vitalidad y el sentido de posibilidad que su generación representaba. Lamentamos los hermosos futuros que prometían, lamentamos lo que no sucedió. El álbum que no lanzaron, el concierto al que no pudimos ir.

Y para aquellos que se convirtieron en leyendas por engañar a la muerte como si fuera algo rutinario, lamentamos la ilusión de su invencibilidad. Hay una profunda disonancia entre la inmortalidad de la música y la mortalidad del cuerpo humano, que también lamentamos.

Pero además de todo esto, sentimos una pérdida de identidad. Forjamos nuestras propias personalidades a través de nuestras estrellas pop favoritas, así que, cuando mueren, nos aflige el pasaje del tiempo en nuestras propias vidas, así como la pérdida de los fragmentos de nuestra personalidad que estaban asociados a nuestros objetos de admiración.

También lloramos a los músicos como comunidad. Principalmente, la muerte de una estrella pop trae a la muerte al público, otorgándonos un espacio compartido para examinar y expresar nuestras luchas internas con la pérdida.

Los fanáticos de la música sienten las heridas en conjunto. Pasó con la muerte de John Lennon en 1980, o con la de Michael Jackson en 2009. En cada caso, los cínicos creían atestiguar una erupción de histeria colectiva con la muerte de una celebridad distante. Pero muchos fanáticos, fueran o no conscientes, estaban participando en una muestra masiva de pena -una que les daba permiso social para registrar el duelo y proyectarlo hacia sus padecimientos personales.

¿Y no es así como funciona el pop a un nivel escencial? Una canción, sin importar si trata sobre una separación o la lucha social, nos invita a un espacio accesible donde podemos soltar nuestros lazos personales con una separación o la lucha social.

Las redes sociales pueden ayudarnos o no a procesar estas muertes. Nuestra cultura digital nos alienta a aprovechar nuestras reacciones en lugar de suprimirlas -y como el duelo no debería hacerse en aislamiento, eso es algo bueno, aunque el peso emotivo de hacer click en un botón de "me gusta" es menor a tener que mirar a alguien a la cara y decirle "lo siento mucho".

Luego del suicidio de Kurt Cobain en 1994, una multitud se reunió en Seattle para realizar una vigilia. Lo mismo sucedió en Brooklyn en 1997, cuando asesinaron al rapero Notorious B.I.G. Pero cuando Whitney Houston murió en 2012, o Lou Reed en 2013, o B.B. King en 2015, los que los lloraron se expresaron sobre todo en el mundo digital. Sea que decidamos velarlos en un parque público, con extraños, o desde la comodidad de nuestras computadoras, el duelo pop del futuro será demandante.

Fuente: Chris Richards / The Washington Post

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