Con la frente marchita

Una mayor apertura de Uruguay al mundo parece una quimera

Donald Trump y el brexit anuncian una nueva era, más aislacionista y defensiva, menos esperanzadora. China no firmará con Uruguay un tratado de libre comercio si ello lo enemista con Brasil y Argentina, sus mercados principales en esta área. Sectores significativos del Frente Amplio no creen en una apertura comercial al mundo, como en 1991 negaron al Mercosur, sino en el viejo estatismo burocrático y el proteccionismo neobatllista. Así que, con la frente marchita, el gobierno vuelve vencido a la casita de los viejos: al comercio en la región, y a ciertas exportaciones un poco más allá, sin exagerar, pues hay que pagar aranceles y se regala parte del mercado a la competencia.

Esas serían, en clave cínica y tanguera, algunas de las noticias del verano. La actual gira del presidente Tabaré Vázquez poco tiene que ver con grandes planes integradores. Él y su plana mayor tratan de cultivar mercados puntuales, como el de Rusia, o de animar a inversores alemanes y finlandeses.

Vázquez también quiere ofrecer seguridad a los potenciales inversores y paz laboral a la finlandesa UPM, que teme a los sindicatos. La construcción entre 2011 y 2014 de la fábrica de celulosa de Montes del Plata en Conchillas se estiró y encareció debido a un sinfín de conflictos con los sindicatos de metalúrgicos (Untmra) y de la construcción (Sunca). Esta semana el gobierno retiró su proyecto para cambiar la forma en que el BPS calcula las licencias en la industria de la construcción después de una clara amenaza del exdiputado comunista Óscar Andrade, uno de los líderes del Sunca. “Si no se instala la pastera Uruguay no se va a morir; hemos sobrevivido sin pasteras”, comentó.

Para Uruguay, el Mercosur significa quedar casi a merced de sus dos vecinos como proveedores. Importar de extrazona obliga a pagar aranceles de 35%, salvo desde México, país con el que rige desde 2004 un tratado de libre comercio. Se beneficia ante todo la industria de Brasil, la principal proveedora de automóviles, máquinas y material eléctrico, incluso en el mercado argentino. Los brasileños también tienen en Uruguay una posición dominante en sectores claves como frigoríficos, curtiduría, arroz, cebada y cerveza.

En los últimos años las exportaciones uruguayas hacia Argentina se volvieron insignificantes. De todos modos, los argentinos han sido por lejos los principales inversores en Uruguay durante la era Kirchner, entre 2003 y 2015, muy por delante de brasileños, finlandeses o chilenos. Modernizaron la agricultura, estimularon la construcción y el turismo y montaron desde parques eólicos a olivares, tambos y bodegas.

Encerrarse en el Mercosur significa que los gobiernos de Brasil y Argentina seguirán teniendo una sólida influencia en los asuntos de Uruguay, por acción u omisión. El enano ya coqueteó con Estados Unidos entre 2000 y 2006, y con China en 2016, cuando consideró firmar tratados de libre comercio que le significaran una mayor independencia. Le fue mal, porque es difícil hacer sin la anuencia de los vecinos.

Michel Temer y Mauricio Macri se reunieron el martes en Brasilia para confirmar que el rumbo del bloque surge de impulsos y acuerdos entre los dos socios mayores. Venezuela, el tercer socio en importancia, ahora suspendido, tiene su economía en ruinas. Brasil, Argentina y Venezuela sufren recesión y desempleo, cuando no postración, además de turbonadas políticas y sociales. El narcotráfico y la delincuencia en general hacen muy difícil la vida en las grandes ciudades venezolanas y brasileñas. Paraguay y Uruguay, los socios menores, que reúnen apenas el 2,7% del producto bruto del Mercosur, tienen economías más abiertas y han crecido por más tiempo.

Uruguay necesita de un comercio exterior fuerte para continuar creciendo a buen ritmo, como ocurrió entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Aún restan algunas esperanzas, como el tratado de libre comercio con la Unión Europea, que se comenzó a negociar en 1999 y que se retrasó hasta el ridículo por las tendencias proteccionistas en uno y otro bloque. Pero es improbable que surja de allí algo realmente bueno, como lo que obtuvo Chile en 2005. Los miembros del Mercosur son potencias agroindustriales que se dan de frente contra el proteccionismo agrícola de la Unión Europea, con Francia como severo guardián.

Un aporte no menor de Tabaré Vázquez y Danilo Astori a la modernización de la izquierda han sido su realismo político y económico y su escasa autoindulgencia. “Llegó el momento en que los latinoamericanos, ante nuestras frustraciones, no le estemos echando la culpa de todos nuestros males al imperio de turno”, dijo Vázquez en Berlín. Suena muy bien. Durante demasiado tiempo demasiados líderes carismáticos y autoritarios han explotado reflejos viscerales, miedos y dogmas para mantenerse en el poder, y han condenado a sus países al aislamiento y el atraso.


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