Contando ovejas

Los ovinos ejemplifican lo difícil que es agregar valor en Uruguay
Estoy convencido de que si Uruguay fuera culturalmente como alguno de los países que admiro, una Holanda, una Dinamarca, una Noruega, una Islandia, una Nueva Zelanda, un Japón... Pues en ese caso, Uruguay tendría el doble de los ovinos que tiene. Pastarían alegres sobre nuestro verde tapiz ondulado unos 12 o 13 millones, es decir una cantidad similar a la que Uruguay tiene de vacunos.

No creo que se vuelva nunca a los 24 millones de ovinos que hubo a fines de los años 80, cuando no había exportación de vacunos en pie y los australianos hicieron la locura de fijar estatalmente el precio de la lana a una cotización muy alta. Pero estoy seguro de que no habría los 6 millones que actualmente van quedando.

Son altamente rentables, se adaptan a todos los ecosistemas de Uruguay, resisten sequías. La lana tiene precio récord en Australia, donde se forma la referencia mundial. Hay una industria potente instalada aquí. La carne de los corderos se vende a un precio más alto que la carne vacuna. Y aquí el stock baja sistemáticamente.

Estoy convencido, decía, de que si fuéramos una gran Colonia Suiza, o una gran Colonia Valdense pero con un nivel de seguridad similar al de la Unión Europea o al de Nueva Zelanda, Uruguay tendría cantidades similares de ambas especies. Porque a la rentabilidad y la baja del riesgo que generan se suma la adaptación que tienen a nuestros campos.

El ovino tiene que ser parte importante de la gran oportunidad que Uruguay mantiene. Pero no solo por lo que tiene para aportar en términos de alimentación a la población, turismo y exportación, sino porque nos muestra algunos de los problemas estructurales que Uruguay tiene.

Ya dijimos, el problema no es el precio internacional ni que falten en Uruguay productores e industriales excelentes, con años y décadas desarrollando el sector. Y agronómicamente el pastoreo conjunto entre ovinos y vacunos es mejor que el pastoreo único de cualquiera de las dos especies. Se aprovecha mejor el pasto, se protege mejor el tapiz, se previene la invasión de malezas. Se genera un sistema diverso que hace buen uso del campo natural.

Un problema principal de los ovinos es que generan mano de obra y eso se ha vuelto un castigo. Tanto productores como industriales ven en los vacunos una ventaja de simplicidad. Es más fácil para el frigorífico procesar un animal grande que uno chico, y produce más kilos de carne por hora trabajada. Es más simple. Y eso castiga a los ovinos. En estos últimos meses, en los que abundan novillos y vacas gordas, los ovinos no son aceptados y el productor que los tiene prontos para vender, debe quedar esperando sin saber cuándo los comercializará.

Tanto o más que esos inconvenientes, lo que desalienta e indigna a los productores son las pérdidas no controlables. Vienen en una moto, matan a unos cuantos ovinos y se los llevan. Llega una jauría de perros, también mata a unos cuantos y ahí los dejan tirados. La desazón y la indignación llevan a decisiones que no van por los fríos números de la economía. Los economistas ya saben que los humanos no somos meros optimizadores de rentabilidades. A rentabilidad parecida, los vacunos ganan solo porque son más difíciles de robar o de ser comidos por un perro.

La consecuencia es que se retiran ovinos en zonas muy apartadas. Tampoco en la cercanía de poblados o carreteras se pueden tener y entonces quedan en una franja media donde no haya mucha gente ni demasiado poca. Donde el dueño pueda estar siempre alerta. Seguramente no es como funciona Nueva Zelanda o Islandia, o cualquier otro país que ha llegado a una convivencia social razonable, culta, solidaria.
Sin perros salvajes, sin viveza criolla, sin "hecha la ley, hecha la trampa", Uruguay tendría su polo de productores de lana muy fina y valiosa, sus nichos de lanas finas, aunque no en extremo, sus majadas prolíficas, sus variantes doble propósito generando carne y lana, sus tambos y queserías de ovinos rivalizando por captar a los consumidores.

Veríamos más ovinos en las sierras y los duros campos de basalto en el norte, y muchos más en los cultivos forrajeros que protegen a los suelos agrícolas, en mayor o menor proporción los veríamos en todo Uruguay.

Por supuesto que los propios productores y el Secretariado Uruguayo de la Lana tienen sus discusiones y decisiones para tomar. La mejora del estatus económico de los chinos –como siempre compradores principales– parece empujar la demanda cada vez más a lanas finas. Uruguay ha apostado históricamente al doble propósito carne y lana como estrategia para enfrentar la inestabilidad. Pero ese doble propósito seguramente tiene que hacerse con lanas de un grosor mucho menor que en el siglo XX. Una discusión que ya se está dando pero que tiene detrás a veces un componente de pasión y de "mejor no hablar de ciertas cosas" que enlentece los procesos.

La necesidad de más mano de obra, la inseguridad y el alto costo pesan más que el buen precio que puedan tener los productos. Hay otro costo que se agrega. Para transportar un producto no perecedero el transporte ferroviario tiene poco uso. Seguramente en otros países sería más lógico transportar por trenes. No ya como los de Holanda, que son desde este año impulsados exclusivamente con energía eléctrica originada en parques eólicos. Apenas trenes que sean más económicos que los camiones para productos que no precisan frío ni velocidad en el traslado. Los industriales han dicho infinidad de veces que es más caro llevar la lana de Salto a Montevideo que de Montevideo a Pekín.

Duele ver cómo la industria textil uruguaya depende cada vez más de importaciones. Duele ver que se faenaron en lo que va del año el doble de ovejas que al empezar el año pasado.

¿Hasta dónde puede agregar valor la lana uruguaya? ¿Cuánto puede impactar en un consumidor sofisticado un cordero preparado por un chef? ¿Por qué no desarrollar más el dulce de leche y quesos de cabra y de oveja? Paradojalmente la respuesta muchas veces es porque requiere mano de obra.
Los ovinos ejemplifican lo difícil que es agregar valor en Uruguay y la gran distancia que media entre la oportunidad que tenemos y la realidad que viven aquellos países que han pasado de las oportunidades a las concreciones. El ovino funciona bien con vacunos y en sistemas agrícolas de cualquier tipo. Se las arregla en los mejores suelos y en los peores. Solo es difícil su desarrollo bajo plantaciones forestales de gran escala. Es decir, si no se aceleran los cambios, su población puede seguir bajando.

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