Corea del Norte: el infierno en la Tierra y su líder

El del país asiático es el régimen totalitario más opresivo del planeta y ni siquiera las ficciones más delirantes han podido superarlo
Hay maneras y maneras de equivocarse. La del diputado uruguayo Jorge Meroni cuando dijo "se podrá compartir o no el régimen norcoreano, pero es un régimen que lo han elegido sus ciudadanos" es una de las más atroces. Parecería que el nombre del programa de radio en el que lo dijo hubiera sido pensado para un caso como este: Suena tremendo.

En Corea del Norte el concepto de "elegir" ya es subversivo. No solo no se elige al gobierno sino que no se elige una forma de pensar ni de vivir. Se hace lo que el régimen dicta para cada caso. Los individuos están supeditados a las órdenes del Estado, que está comandado por una persona, a quien se le rinde un culto que trasciende lo político para llegar a lo religioso. No hay título para ningún monarca en el mundo que se le pueda parecer a "Nuestro querido líder".

Desde que los niños tienen uso de razón, aprenden que "nuestro querido líder" es un ser superior desde el punto de vista moral, físico y mental. Los niños deben recitar de memoria sus proezas, y las proezas de sus antepasados, durante todos los años de aprendizaje.

La población de Corea del Norte se divide según su lealtad al régimen durante las últimas tres generaciones. Es un sistema en el que lo que hicieron tus padres, y los padres de tus padres, pesa sobre la condición social que te toque a vos.

Existen tres grandes "clases" de ciudadanos: los leales, los sospechosos y los hostiles. Solo quienes pertenezcan a la primera de estas calificaciones tienen la posibilidad de vivir con un mínimo de dignidad.

La cultura es propaganda de la forma más brutal que se pueda imaginar. Todas las expresiones del arte manifiestan su amor incondicional por el liderazgo del régimen y el odio al enemigo. La censura no aplica solo a los medios de comunicación –todos ellos controlados por el Estado– sino a las expresiones de la vida cotidiana.

Por esa razón se ha desarrollado una tendencia a la sobreactuación de la población, que expresa su amor por el líder y el régimen de maneras grotescas, como si la única manera que tuviera el pueblo norcoreano de sobrevivir fuera por medio de una ironía salvaje.

Hace unos años, un cirujano estadounidense entró al país para operar a cientos de pacientes con cataratas. Mediante una intervención sencilla, estas personas volvieron a ver. En cuanto se les quitaba el vendaje que les cubría los ojos y percibían otra vez las formas y colores, lo primero que hacía, invariablemente, cada uno de ellos, era postrarse ante un gran cuadro de Kim Jong-il y agradecerle el milagro.

Esa falta total de la libertad más elemental no está compensada de manera alguna. La pobreza de la población es enorme, y han llegado a sufrir hambrunas que la diezmaron de manera literal. Entre 1995 y 1998 murieron unos 2 millones de personas de inanición y enfermedades relativas a la malnutrición.

Los campos de concentración en todo el país albergan a cientos de miles de personas, que caen allí por razones que en la gran mayoría de los casos ni siquiera ellos mismos son capaces de adivinar. Caen, además, junto a sus familias, en una interpretación de la ley de una severidad que haría empalidecer de envidia al régimen más cruel que haya existido en el planeta.

En el Mundial de Sudáfrica, en 2010, la hinchada de Corea del Norte estaba compuesta por actores chinos. ¡Actores chinos! Ni siquiera se atrevieron a dejar viajar a unos cientos de sus ciudadanos más leales para acompañar a su selección de fútbol.

El gran orgullo de Corea del Norte es su aparato militar, que llega a involucrar a 8 millones de personas, entre militares, reservistas y paramilitares, en una población total de 25 millones. Eso y el detalle de que en su arsenal poseen armas nucleares completa un cuadro ominoso.

¿Qué parte de todo esto será la que no entiende una persona que dice "se podrá compartir o no el régimen norcoreano"?


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