Costará cerrar la herida

Se desconoce qué tan doloroso será el saldo de esta guerra
Especial para El Observador desde Los Ángeles

"Nunca imaginé que llegaríamos a esto", me dijo un colega estadounidense mientras mirábamos en la universidad el último debate presidencial entre Donald Trump y Hillary Clinton, el pasado 19 de octubre. Estoy seguro de que esta frase no solo la dijo él durante estos meses de campaña presidencial en Estados Unidos. Gran parte del país parece decir lo mismo cuando uno se abstrae por unos segundos en medio de un debate presidencial y presta atención a las caras de desconcierto de quienes están siendo testigos de lo que ven y escuchan que sale del televisor.

Otro grupo que uno puede observar con claridad aquí en Estados Unidos es el de los desencantados que –diferente a lo que muchos piensan– ya no son solamente los jóvenes, sino que también los votantes con más experiencia. Aquellos que llevan en sus espaldas varias elecciones son los que han preferido no entrometerse en esta elección y rehúyen a la conversación cuando unos les pregunta cuál es su opinión sobre los candidatos. Por momentos parecen no querer ser testigos de lo que hoy vive la democracia de su país.

Los debates han sido fiel reflejo del bajo nivel de discurso que han alcanzado estas elecciones. Asimismo, las tres instancias en que Donald Trump y Hillary Clinton estuvieron cara a cara fueron de las más vistas en la historia del país. Particularmente el primer debate alcanzó los 84 millones de espectadores en televisión, según la encuestadora Nielsen, superando al histórico debate entre Ronald Reagan y Jimmy Carter en 1980 que llegó a los 80 millones de telespectadores.

El tema es el mensaje que recibieron aquellos que vieron las discusiones entre los dos candidatos. Un análisis de The New York Times muestra que durante estos meses de campaña, Trump ha insultado a 282 personas ya sea en discursos o redes sociales. También se burló de un periodista discapacitado, alentó a la violencia y fue el primer candidato en la historia moderna del país en no asegurar que respetará el resultado de la elección del próximo 8 de noviembre.

El eje del problema pasa por ver que el terreno minado que dejó Trump y su estilo no fue recuperado por su principal oponente. La candidatura de Hillary Clinton tampoco contribuyó mayormente para alivianar la desmedida desconfianza que hoy existe en los votantes. Los problemas que enfrenta Clinton no solo pasan por las acusaciones por el uso de un servidor de correo electrónico privado cuando se desempeñaba como secretaria de Estado, sino más bien por los datos revelados por WikiLeaks, de que en 2011 habría existido una redirección de fondos de la Fundación Clinton para cuentas de la familia con el fin de hacer favores políticos.

Todo este panorama hace que la frase que más se instaura en el país es que esta elección se transformará en "la vez que la democracia hizo elegir entre el menos peor de dos candidatos". Y esta democracia bicentenaria parece no poder digerir fácilmente esta frase. Por todas estas razones, en Estados Unidos desde hace varias semanas ya no solo se está poniendo foco en quién resultará ganador el próximo 8 de noviembre, sino más bien qué tan grande será la herida con la que amanecerá el país la mañana del 9 de noviembre.

Entre la búsqueda de respuestas para entender por qué Estados Unidos llegó a esta instancia, resonó mucho hace unos días el análisis del autor inglés Andrew Sullivan para la New York Magazine. En su controversial articulo titulado "Las democracias terminan cuando son muy democráticas", Sullivan recurre a La República de Platón y concretamente al pasaje en que Sócrates conversa con sus amigos sobre la naturaleza de los sistemas políticos y señala que a la democracia le sigue el peor de los sistemas políticos, la tiranía. De estas reflexiones de Sócrates en La República se desprende que tanto en el Estado como en el plano individual la más salvaje esclavitud surge a partir de la más extrema libertad.

Claro que esta reflexión platónica es difícil tomarla como única explicación para entender el dilema que vive hoy la política estadounidense, pero bien puede ser algún día parte importante de la respuesta para comprender por qué a una de las democracias más longevas del mundo le está tocando vivir este difícil transe en su historia.

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