Cowboys versión siglo XXI

Se estrena Sin nada que perder, un brillante wéstern contemporáneo nominado al Oscar a Mejor filme en el que lo importante son las motivaciones de sus personajes y sus vínculos, por encima de la acción
Si en lugar de camionetas 4x4, pozos petroleros y televisores tuviera caballos, trenes y un saloon, Sin nada que perder funcionaría igual. Es que se trata de un wéstern como los que Hollywood ya no hace, con la salvedad de que el puntapié inicial de su narrativa lo otorga un dilema del Estados Unidos contemporáneo: una dupla de hermanos tiene que conseguir dinero para pagar la hipoteca que dejó su fallecida madre, para así mantener su rancho en el que se descubrió petróleo y asegurar el futuro de los hijos de uno de ellos.

El filme, que se estrena hoy en salas de cine de Uruguay, está ambientado en una serie de pueblos tristes y polvorientos del oeste de Texas, y retrata esa parte de Estados Unidos que a veces es olvidada por las grandes ciudades, uno de los motores del triunfo de Donald Trump como presidente.
Allí viven Toby Howard (Chris Pine), recientemente divorciado y sin trabajo, y su hermano Toby (Ben Foster), un exconvicto impetuoso y arriesgado, quienes deciden robar una serie de sucursales de pequeños bancos para obtener el dinero que necesitan, pero también como venganza contra la institución bancaria por dejar a su madre en la ruina.

El nuevo oeste

La falta de trabajo y la situación caótica del mercado inmobiliario luego de la crisis de 2008 son también tocados por esta película, cuya gestación se remonta a 2012, cuando su guion apareció en la Lista Negra, una selección que Hollywood produce de los textos más destacados que no se han producido por parte de ningún estudio.

El plan de los hermanos Howard es detectado e investigado por Marcus Hamilton y Alberto Parker, una dupla de rangers de Texas -policías- que proporciona los momentos más divertidos de la película.
Hamilton le valió a su intérprete, Jeff Bridges, una nominación al Oscar como Mejor actor de reparto, pero la categoría debería ser compartida con Gil Birmingham, que encarna a Parker, porque la dupla funciona como una unidad que intercambia chistes racistas –que tiene como foco a Parker, mitad nativo, mitad mexicano– y comentarios violentos que enmascaran un profundo aprecio entre dos colegas que están a punto de separarse, ya que Hamilton está cerca del retiro.

La persecución comienza a incrementar su intensidad, mientras se va pintando la relación entre los dos hermanos, que tienen sus conflictos en el método empleado para los robos, pero están unidos por el amor fraterno, que se refleja incluso en la forma en la que se comunican, con gestos y miradas. Foster y Pine logran una buena química y le dan impacto a los momentos más emotivos de la película, que se cuelan entre la acción y los tiroteos.

Nominación justificada

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Justamente los intercambios de disparos no son el eje de la película, sino simplemente un accesorio a lo que se está relatando, donde lo importante son los vínculos y las motivaciones de los protagonistas.
A esto se suma una cuidada e intensa banda sonora a cargo del músico australiano Nick Cave (que ya tuvo vínculos con el wéstern al ser el guionista de Propuesta de muerte) y el guitarrista de su banda, Warren Ellis, que acompañan sin molestar los hechos que se muestran, pero si se presta atención se nota la suma de matices al conjunto.

La película es pareja y completa, aunque no sobresale particularmente en ningún rubro por encima de sus competidoras en la categoría máxima; sus menciones en Mejor edición y Mejor guion original son adecuadas.

No tiene la espectacularidad de La la land, ni la relevancia temática de Luz de luna, pero es una historia excelente que está trabajada con cuidado y logra atrapar de principio a fin, y merece ocupar uno de los nueve espacios que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas destinó a la principal categoría de su ceremonia anual.

Quizás el wéstern sea un género muerto dentro del cine masivo. Pero por películas como Sin nada que perder, que se suma a un panteón moderno en el que ya están Sin lugar para los débiles, Temple de acero, los dos filmes más recientes de Quentin Tarantino (Los 8 más odiados y Django sin cadenas) y El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, queda demostrado que el oeste sigue vivo como uno de los mejores escenarios para el cine de calidad.

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