Cristina Fernández logró hacer política pero desnudó un liderazgo débil

Mantiene su carisma pero no puede hacer valer sus mayorías
El ataque como estrategia de defensa. La autovictimización ante las acusaciones. El uso de las analogías históricas para explicar la situación actual. Y una sobredosis de "relato" para una masa deprimida y con síndrome de abstinencia.

La actitud de Cristina Fernández en su regreso al centro de la escena política –y judicial– argentina parece sacada del manual del kirchnerismo básico.

Esto no es de extrañar si se considera que, desde el conflicto con los sojeros de 2008, siempre ha salido de cada crisis con la receta de "redoblar la apuesta".

Pero claro, esta vez hay una diferencia fundamental respecto de las crisis anteriores: ocurre con Cristina y sus seguidores en la oposición y no en el poder.

Entonces, lo que está por verse es si alcanza con el carisma de Cristina y la fascinación que sigue ejerciendo sobre los medios, que cubrieron el antes, el durante y el después de su audiencia con el juez Claudio Bonadio en Comodoro Py.

Con el carisma intacto

El primer objetivo de la exmandataria parece haberse cumplido: logró que la imagen temida y ominosa de la entrada a los tribunales no tuviera el efecto negativo y transformó el evento judicial en un hecho político.

Frases como "no les tengo miedo", o "me pueden citar 20 veces más, me pueden meter presa pero no lograrán callarme" o "estoy segura de que si pudiesen prohibir la letra K del abecedario, lo harían" cumplieron con el objetivo de desestimar la causa judicial del dólar futuro como una mera persecución política.

Su planteo es, básicamente, que las medidas de política económica no pueden ser judicializables. Y que, en todo caso, si hay alguien a quien culpar por la pérdida de 77.000 millones de pesos argentinos que le costó al Banco Central la venta de esos contratos futuros a los bancos, es al propio Macri, por haber devaluado la moneda.

Su defensa tuvo un sustento mucho más político que jurídico. Para Cristina, lo que se pretende es juzgar al propio "modelo K".

O, por usar una de sus frases preferidas, que se pretende castigar al gobierno kirchnerista no por lo que hizo mal, sino por lo que hizo bien: desde ese punto de vista, vender dólar a futuro a 10 pesos cuando en Wall Street cotizaba a 16 era una forma de defender el poder adquisitivo y la producción nacional.

La confesión del punto débil

Hasta ahí, la parte exitosa de la vuelta de Cristina. Pero hubo también un flanco en el que mostró vulnerabilidad.

Porque la expresidenta no solo criticó y acusó a la gestión macrista, sino que trazó un diagnóstico del momento político del país. Y en su análisis estaba contenido, entrelíneas, un reconocimiento de debilidad.

Acusó el golpe de que, a pesar de que el Frente Para la Victoria –y ni que hablar del peronismo en su totalidad– contaba con una amplia mayoría en el Congreso, no consiguió transformar esa fortaleza en una estrategia política capaz de frenar las iniciativas de Macri.

Y dejó en claro que le preocupan las deserciones, rupturas y disidencias que su sector está sufriendo a diario en el Congreso.

De hecho, el único momento en que se puso seria para "retar" a sus seguidores fue cuando, ante un cantito insultante para con el diputado Diego Bossio, advirtió: "Miren que así no van a convencer a nadie".

Ahí hubo toda una definición política: a diferencia de lo que ocurría antes, cuando el kirchnerismo salía de sus crisis por la vía de radicalizar más su discurso, ahora no es negocio la tendencia al "sectarismo" ni el escarnio a los "traidores" del modelo. Por eso, el planteo de la expresidenta fue el de formar un "frente ciudadano" para que el Congreso funcione como una "escribanía del pueblo".

De manera que dejó en claro cuál es su gran desafío del momento: su propuesta-amenaza de crear un frente capaz de bloquear al gobierno no resulta creíble en estas circunstancias.

Como analiza el politólogo Sergio Berensztein, esto implica todo un cambio cultural: "El kirchnerismo siempre se concibió como un movimiento Estado-céntrico".

"Todas las manifestaciones kirchneristas han sido desde el Estado, con el uso de los recursos públicos, el liderazgo presidencial, la capacidad de constituir actores desde el Estado. Y lo que plantea ahora Cristina es un desafío, porque construir un movimiento desde la sociedad civil es muy inusual en la historia argentina", apunta Berensztein.

Macri hace su negocio

El otro ingrediente de la vuelta de Cristina no se vio en el acto pero estuvo presente todo el tiempo: Macri. Y el debate del momento radica en si esta demostración de fuerza debería preocupar al gobierno o, más bien al contrario, le resulta funcional.

Hasta ahora, los hechos parecen dar la razón a quienes creen que el presidente gana con la polarización.

Si algo tiene bien presente la alianza Cambiemos es que muchos de sus votantes estuvieron motivados más por el rechazo al kirchnerismo que por la adhesión a Macri.

Y que, por consiguiente, un momento de duro ajuste económico se torna más tolerable con la presencia protagónica de Cristina.

Por otra parte, la posibilidad de ver a toda una oposición unida en contra del presidente resulta muy difícil de imaginar si ella forma parte de ese frente.

El jefe de Estado, más bien, tiene motivos para temer cuando las críticas provienen de Sergio Massa, Margarita Stolbizer o, por cierto, Elisa Carrió. En esos casos, se muestra dispuesto a revisar actitudes o, al menos, a dar explicaciones.

En cambio, cuando los cuestionamientos llegan desde el kirchnerismo, actúa como si estuviera recibiendo un certificado de aprobación para sus políticas.

Los miles que vivaron a Cristina y que cantaron "vamos a volver" no solo la deleitaron a ella. También deben haber sonado como música para los oídos de Macri.

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