"Cuando era chico, para mí el barrio era Macondo"

El escritor uruguayo Mauricio Rosencof acaba de publicar La calesita de doña Rosa, una novela en la que homenajea a su madre, al barrio y a mil vecinos inolvidables
A punto de cumplir 84 años, Mauricio Rosencof tiene claro que lo mejor está por venir, porque la vida es una fiesta. Mira siempre hacia el futuro, pero tampoco olvida nada, porque se trata de vivir para contarla. Dice que si no fuera escritor, trataría de serlo. Está casado, tiene una hija y una nieta. En su escritorio hay un libro de Felisberto Hernández que está releyendo. En la pared, una foto con Fidel Castro y una obra plástica que representa su perfil, regalo de otro preso que lo hizo con el interior metálico de un envase de pasta de dientes. De fondo está la biblioteca, no muy grande, donde destacan cuatro ediciones distintas del Quijote, su gran amor literario. En ese marco, conversó con El Observador.

Su último libro, La calesita de doña Rosa, tiene como protagonista a su madre y parte del momento en que, intimados por un desalojo, la familia debe abandonar la casa y el barrio. ¿Por qué eligió ese momento particular de la saga familiar?

Se trataba de contar la historia de mi madre y yo creo que su vida pasaba también por sus recuerdos. Me imagino que su pensamiento era como una calesita que da vueltas, que iba del ciruelo de su juventud en Polonia, donde mi padre le contó que se iba a la guerra, hasta el momento en que ya en Montevideo siente que los muebles de toda la vida flotan a su alrededor, a la hora del desalojo, cuando la familia debe abandonar el barrio. Mi madre, además, cargaba con el peso de tener, como solía decir, dos hijos bajo tierra: mi hermano, que murió muy joven, y yo, que estaba preso.

La novela también retrata un Uruguay que ya no existe, donde cada vecino se conocía y la solidaridad era cosa de todos los días. ¿Qué piensa que pasó?

Creo que hay un cambio cultural impresionante. Hoy la gente vive en edificios y no sabe quién vive al lado suyo. Además, se hace una vida de interiores, entre la computadora, el celular y la televisión, hay como para entretenerse en casa. Hoy se terminaron los juegos en la calle y perdimos aquel refrán que dice Sancho Panza: "Al hijo de tu vecino, suénale las narices y mételo en tu casa". Nosotros vivimos una época así, donde todos se ayudaban. Con el Boxing Club Palermo enfrente, la peluquería de don Simón, el almacén de doña Catalina y el boliche de don Tomás, nuestra vida era como una casa de inquilinato. Para mí, el barrio era Macondo.

¿Cómo y cuándo se convirtió en escritor?

Empecé a escribir ficción cuando estudiaba en un liceo nocturno, a raíz de una novia que tuve, que me escribía poemas y yo me sentí en la obligación de devolver el gesto. Además, me gustaba eso de los poemas, parecía que daban poco trabajo, porque eran cortitos. Después salté al periodismo y nunca más paré de escribir.

¿Su literatura está vinculada a su militancia política de alguna manera?

Yo siempre separé una cosa de la otra. La literatura no es una herramienta para hacer política. Algún texto mío quedó como testimonio, como el de la marcha de los cañeros, que marcó a mucha gente. O Memorias del calabozo, que lo escribimos en 15 días en Las Toscas con (Eleuterio Fernández) Huidobro, con la supervisión de Pepe Mujica desde Montevideo. Escribo porque tengo necesidad de narrar el mundo en que viví, escribo por los que vivieron conmigo en ese mundo, por los que están y por los que ya no, pero dejaron una huella. Hasta hoy hay gente que llama a la radio para decir que vio al viejo Varela (uno de sus personajes más queridos) por la calle. Y yo digo, ¿por qué no? Si Lázaro pudo levantarse de la tumba, Varela también.

Nunca dejó de escribir, ni siquiera los años que estuvo preso, ya que lo hacía en su cabeza. ¿Reniega entonces de aquella frase de Adorno, que dijo que después de Auschwitz no se podía escribir más poesía? Se lo pregunto también como judío.

No me afilio para nada a la frase de Adorno. Para mí, Holocausto sí, pero resistencia también. Hubo alzamientos en todos lados. Y tengo pruebas. Acá en Montevideo conocí a un judío, Mendiuck, mecánico de máquinas de escribir, que me preguntó una vez de qué pueblo de Polonia era mi familia y yo le dije que de un pueblito que no figura en el mapa. Entonces el tipo va y trae del cuarto un mapa gigante que era de los nazis, que mostraba todas las conquistas en Polonia. Y al lado de cada pueblo había cruces y espadas. Las cruces representaban los miles de muertos, las víctimas, pero las espadas indicaban donde hubo resistencia y combates. Fue un orgullo ver que el pueblo donde nació mi padre tenía una espada. Pienso en Primo Levi, más que en Adorno. No solo hubo muerte y corderos yendo al matadero, hubo fugas, sabotajes, lucha, resistencia. Me quedo con eso.

¿Por qué se inclinó hacia la dramaturgia?

También a raíz de una novia que tuve (otra), que se puso a estudiar teatro en El Galpón y yo tenía que esperarla a que saliera en el boliche de enfrente y para no aburrirme escribí Las ranas. También creo que influyó la fuerza de la movida de la gente de teatro, que en ese entonces no paraba. Si se quería expresar algo, comunicarse, lo mejor era el teatro del barrio.

Su amor por el Quijote


La pasión de Mauricio Rosencof por la mayor obra de la literatura en español comenzó con su autor, Miguel de Cervantes. "Estuvo preso como tres o cuatro veces y vivió luchándola. Todavía no entiendo cómo pudo inventar una obra con tanta belleza, humor y honestidad. Además, nunca me olvido de uno de los primeros episodios, cuando el ingenioso hidalgo defiende los derechos del peón Andruco, que está siendo azotado por su patrón, que además no le quiere pagar el sueldo. Ese embrión de sindicalismo, ese gesto casi gremial del Quijote, me parece maravilloso. Más le digo, las instrucciones que le da Don Quijote a Sancho para gobernar su ínsula, es un programa válido para hoy día en el Frente Amplio.

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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli