Cuando la hipocresía es reina

Uruguay, a diferencia del resto de América Latina, optó por el silencio.

Que Venezuela es una dictadura militar disfrazada y corrupta no es, precisamente, la noticia de la semana: como tal la diseñó el farsante que la instaurara, y él mismo lleva ya muerto cuatro años.

Que la dictadura venezolana es un sistema político llamado a tener una hermandad raigal con el régimen frenteamplista tampoco es novedoso: ambos llevan en su frente la marca inspiradora de la dictadura cubana, ambos sueñan con instaurar en la tierra las tinieblas del igualitarismo autoritario, ambos están reñidos con la prosperidad del individuo y, por ende, de la sociedad.

Apenas los distancia la geografía, y el ritmo.

¿Cómo interpretar, por tanto, el terrible dilema en el que se ha visto encerrado el oficialismo la pasada semana, y su forma de administrarlo?

La hipocresía, por cierto, ha cumplido su papel: cuando el sistema dictatorial venezolano consumara su golpe de estado efectivamente anulando al poder legislativo del país en el que la oposición es mayoría, Uruguay, a diferencia del resto de América Latina, optó por el silencio.

No es que se tuviera confianza en que el problema desaparecería: es que el concierto etiológico que existe entre el partido gobernante uruguayo y la dictadura venezolana requería de toda la imaginación posible para que Montevideo pudiera darle la espalda a Caracas sin que en Caracas ello cayera mal, y mucho menos en las tolderías del frenteamplismo más extremo.

El Frente Amplio, por cierto, se abocó de inmediato a este milagro de calistenia política: horas, agua mineral, pausas para el café, se pusieron en funcionamiento a fin de producir una declaración que recuerda a la pilatuna forma en que la gente reaccionaba hace cincuenta años cuando sabía que un vecino golpeaba a su esposa regularmente: “los problemas del matrimonio se arreglan en el matrimonio”. Que el chavismo se haya cargado las instituciones de Venezuela, para el Frente Amplio, “no aporta” a un proceso democrático. Y esta hipócrita hoja de parra, nótese bien, no fue siquiera acompañada por la totalidad de los asistentes al encuentro.

Munido de esta guiñada, el gobierno frenteamplista dio el siguiente paso que, por cierto, no fue el de pronunciarse sobre el hecho, sino el de sumarse al pronunciamiento de los demás países integrantes del Unasur, confiado en que el puntapié que le tendría que propinar a Caracas se hiciera menos evidente en medio de un tumulto. Muchos proceden así en las refriegas que estallan en los estadios.

¿Podrá este país de política exterior empequeñecida, de voz inaudible y signo timorato, eludir sus responsabilidades en esta materia? Obviamente la administración Vázquez así lo quisiera, pero no va a poder ser, entre otras cosas porque la OEA, y el secretario general que a su frente pusiera José Mujica, se encuentran claramente dispuestos a aplicar a Venezuela los términos de la llamada Carta Democrática Interamericana: Uruguay va a tener que votar por sí o por no a la propuesta de suspender a Venezuela de la OEA.

La diplomacia no es, por cierto, cuestión de imponer buenos parámetros de conducta: para eso está la ISO. La diplomacia es abrir canales de comunicación que, precisamente, haga posible mejorar, en una incierta medida, lo que luce malo u horrible. Con ello quiero decir que, tal vez, la herramienta más efectiva de ayudar a Venezuela a sacarse de encima la pesadilla chavista es mantenerla sentada en una mesa desde la cual aplicar un ejemplarizante torniquete democrático.

La canija presencia internacional que el frenteamplismo le ha impuesto al país no lo hace, por cierto, instrumento hábil para esta tarea: Uruguay ha dejado, merced a su fiel y prolongada complicidad con una dictadura que ya lleva 18 años de instalada, de ser portavoz legítimo de principios democráticos. Menos fuerza aún le restaría para plantear, en este escenario, soluciones diplomáticas alternativas: nuestro mejor escenario es que el país vote con la mayoría, como lo terminará por hacer.

Recordemos que la pasada semana comenzó con la exigencia uruguaya, junto a otras cancillerías de la región, a fin de que se liberen “presos políticos” venezolanos: esos que nadie, absolutamente nadie, que ostente la condición de frenteamplista podría o querría aceptar que existan. Ni aun los grupos democratistas que le crecieran al Frente Amplio esta semana. Y recordemos, igualmente que el singular canciller Nin, en el mismo acto, señaló que Uruguay no acompañaría el lógico corolario de aplicar a Venezuela los términos de la Carta Democrática Interamericana: al fin y al cabo, el presidente Vázquez contó tres poderes del estado en Venezuela… cuando allí afirman que hay cinco. Vamos ahora a ver qué queda de esta intención.

Una vez más, este gobierno opta en materia internacional por la línea política que se reduce a decirle al mundo, con empaque de astuto criollo y frente a cada evento relevante: “Ustedes vayan armando el fuego sin mí, que yo en cuanto quede libre, llego”.

La pobreza conceptual de la administración en materia internacional no quedó, sin embargo, ceñida al caso venezolano: éramos pocos, y recuerden que apareció el embajador de Corea del Norte en Perú, solicitando la expedición de una visa a fin de visitar Uruguay.

¿Cabe negarla? ¿Por qué? El embajador norcoreano hubiera visitado Uruguay en carácter de turista, y ya había informado que llegaría a fin de participar de un encuentro con las autoridades del Frente Amplio: partido de gobierno, pero partido político al fin. El rechazo de su solicitud fue, por tanto, descomedido e irregular.

La explicación oficial lo fue más: el rechazo de la visa (repito: a un turista norcoreano) se debió a que nuestro país… ¡pronto presidirá el Consejo de Seguridad de la ONU, que hoy analiza el dictado de sanciones a Corea del Norte en razón de sus amenazas bélicas en Asia!

De esta tontería debemos, pues, inferir que cada país al que le toca en suerte presidir el Consejo suspende, automáticamente, la expedición de visas a visitantes norcoreanos, obligando a éstos a ser los únicos del globo pendientes de lo que en ese desvaído órgano ocurre. Y después los acusan de vivir aislados.

¿Detecta sorna en mis palabras? Aguarde.

Es que, a continuación, y sin reírse, el gobierno frenteamplista nos ha dicho, guiñándonos el ojo, que una vez culmine el término de la presidencia uruguaya del Consejo, el embajador obtendrá su visa, al igual que un representante del partido único de aquella monarquía marxista, quienes así podrán, finalmente, intercambiar emociones con sus almas gemelas de Rodelú.

(Solo que no lo repita en voz alta, porque nadie se tiene que dar cuenta en el Consejo…)


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