Cuando termina la fiesta

Es melancólico, es pop, es bailable, es actual y es un disco casi perfecto: Broken Bells y un genial acopio de influencias y estados del alma en “After the disco”

Cuando uno se enfrenta a un disco desde una perspectiva histórica y de género hay un error frecuente: suele haber una nebulosa entre lo que puede llamarse como un “ejercicio de estilo” y la mera repetición de fórmulas y esquemas. Lo primero, si está bien resuelto y mirando hacia adelante, es mucho más válido en términos de progresión artística que lo segundo, aunque lo segundo es lo habitual porque, en general en todos los estilos hay más  repeticiones seriadas que verdadera reinterpretación de las influencias del artista que propone la obra. Puede tomarse como ejemplo el reciente disco de la banda local Iván y los Terribles, que trabaja la violencia del post punk –género propuesto hasta el hartazgo en el Uruguay rockero- con pinceladas de modernidad y efectividad sin caer en la previsibilidad de tantas otras que han pasado por registros similares.

Pero también un artista puede trabajar en estas coordenadas desde el pop, para muchos un área en la que la ambición artística tiene, si acaso, poco margen. Es en este sentido en el que quiero hablar cuando digo que After the disco, de Broken Bells, es uno de los mejores discos del año 2014, un trabajo que pone el tick en la mayoría de los requisitos que hoy necesita un disco para que volverse relevante.

Broken Bells  es en sí mismo una señal de los tiempos. Conformado como dúo en una época en la que este tipo de estructuras y proyectos proliferan quizá por temas de flexibilidad para grabar, tomar decisiones, salir de gira, etcétera, el proyecto está liderado por Danger Mouse y James Mercer, la voz de The Shins. A The Shins le cabe el sayo de ser la que impuso el rock indie en las universidades estadounidenses, con todo lo que eso significó para el género en los últimos años. De Danger Mouse (su nombre civil es Brian Burton) se puede decir que es el productor musical más importante de nuestros tiempos: fue el alma mater del (también dúo) Gnarls Barkley donde creó éxitos innegablemente contemporáneos apoyados en el viejo soul, en sonidos de juegos de Nintendo y en el rythm n´ blues. Además produjo y dejó su marca en el disco Modern Guilt de Beck y es el responsable directo del estallido global de los Black Keys (quizá la última actualización posible del rock más básico y guitarrero) que sacudieron nuestro Teatro de Verano el año pasado. Ahora está camino a producir el nuevo disco de U2, lo cual en los tiempos que corren es sin duda un paso consagratorio y un desafío a llevar todas sus habilidades a un disco que será escuchado por el mundo entero.

After the disco, el segundo trabajo del dúo, puede verse de varias formas. En su faz más evidente es un trabajo de canciones que oscila entre el pop de sintetizadores y algunas baladas más instrumentales, todo apoyado en cierta melancolía propia del pop de los años ochenta. De alguna forma, esa idea de melancolía-mientras-estoy-en-la-discoteca nació en 1984 con la canción Dancing with tears in my eyes, un tema que parece una evidente influencia en este disco que sale 30 años después. La influencia es reconocida por los propios Burton y Mercer: “Más que de la composición, hablamos mucho sobre música que todavía no habíamos podido hacer y nos gustaba mucho, como cosas de los años 80 que sonaban melancólicas y al mismo tiempo un poco bailables”, dice Burton en una entrevista con Stereogum sobre cómo se fue armando este disco.

Se podría decir, en primer lugar, que el universo de After the disco está generado a partir de este concepto musical y espiritual. Aquí hay que aclarar que el concepto “después de la disco” no tiene que ver con el género disco en sí. “Nos pareció bueno ese concepto de que, una vez que termina la discoteca, volvés al resto de tu vida y todo lo que hay ahí”, dice Mercer.

Es apenas un par de las influencias rastreables desde el pasado en este trabajo que -es cierto- aplica perfecto al concepto de “retromúsica” del que tanto se habla hoy, y no solo por lo dicho antes. Perfect world, la primera canción, tiene una personalidad forjada incluso más años atrás que el tema de Ultravox: el disco inaugura con unos sintetizadores que suenan a disco de Kraftwerk para luego pasar a un beat de batería que evoca el “motorik” de aquellos grupos germanos a los que luego los ingleses llamaron “krautrock”. La conexión no es rara, porque fue esto lo que influenció a los Ultravox y tantos otros en los 80.

De todas formas After the disco tiene muchas más lecturas. Para empezar, aquí las fascinantes obsesiones sonoras "retro" que Danger Mouse suele plasmar en otros proyectos colaborativos se mueven a sus anchas: la canción que da nombre al disco –y hit inmediato- encuentra a un Mercer jugando a hacer coros estilo Bee Gees y al mismo tiempo a evocar al mismísimo Bono, todo en una pieza artesanal con puentes y estribillos que lo mismo empujan al baile como se pegan al costado derecho del cerebro. Perfecto en esa canción es el momento de sintetizadores que parecen haber tomado prestado de Café Tacuba (con coreografía de los mexicanos incluida).

Pero hay más: Holding on for life también suena a los Bee Gees en un contexto también ochentas pero Leave it alone –una especie de versión propia de la power ballad indie, para escuchar a volúmenes altos tanto como las viejas de Aerosmith- tiene un dejo ineludible a los Black Keys cuyo sonido ayudó Burton a propagar por el mundo.

El toque melancólico pulsa aún más en The changing lights, una canción en la que todo ese clima ochentero se cruza con un bajo estilo Rickenbaker. Es esta la canción más emocionante del disco, una que en medio de esos estribillos da voz a una persona que propone una última conversación a esa pareja con la que la suerte está ya echada, con el siempre entrañable Bowery neoyorquino –esa zona tan del mundo por su movimiento rockero, ineludible en cualquier tour de force y a la vez tan cotidiana para sus habitantes– como escenario. No es difícil encontrar aquí el probable punto de conexión de Danger Mouse con  los Beatles, algo que vuelve a aparecerse en Control, la siguiente canción y en Medicine, otra que llega más adelante y en la que también aparecen por momentos algunas armonías estilo Beach Boys, todo con esos sintes que siguen derrochando modernidad “retro” alrededor. Hasta aquí, cada estribillo del disco es una pequeña obra de arte capaz de encantar y el dúo maneja los tiempos a la perfección para que el que escucha llegue a ese punto de la canción sin más remedio que cantarlo. Para el final, Mercer se mantiene imbatible en No matter what you´ve told con otro tema que bien podría haber sido de los Black Keys si estos no tocaran tan fuerte la guitarra. Mejor en Broken Bells, que además hacen bailar un poco más.

El disco se remata con dos canciones que refuerzan la noción de “ejercicio de estilo”: The angel and the fool sería como una especie de Starway to heaven a la Danger Mouse y The remains of rock´ n roll (en español: los restos del rock) despide el disco saludando con una consigna que de alguna manera parece ajustarse al estilo del dúo: “Preferimos antes que el oro el amor / y los restos del rock and roll”. Esa frase podría definir a buena parte de lo que inspira a este dúo de señores que cierran un disco casi sin margen para el reclamo.

Llegados a este punto hay que decir que sería una estupidez –aunque no por eso menos escuchable en sitios como Montevideo- comparar a este disco con sus referencias de otras épocas: Broken Bells añade sus propios recursos a un estilo que viene desde atrás. Se suele caer bastante seguido en la trampa de escuchar poco y decir “esto ya lo hacía mejor tal o cual banda” sin poner un oído en el juego que el artista hace con esas técnicas e influencias, lo que en definitiva es uno de los rasgos que tiene la producción de arte. After the disco  está lejos de ser igual a un disco de los Bee Gees, Ultravox, los Beatles o cualquier otra banda vieja de la que Broken Bells se alimente.

Hay una sensación en las reseñas que han salido desde la edición del disco de que apenas estamos ante un trabajo correcto y parejo. Pareciera que en estos tiempos de deformidad del formato CD y de los discursos artísticos musicales dentro de la música pop ya no se le da valor a un disco completo de canciones que funcionan bien. Pero además, Broken Bells logra con After the disco generar estas canciones a partir de unas técnicas del pasado que en estas épocas no solo son reivindicadas sino que además están particularmente bien recibidas. A ellas le agregan una voz de las mejores que tiene hoy la música indie y a un productor que domina con maestría referencias y emociones. Un precioso disco para escuchar cuando salís de la discoteca y también en casa y en la calle. Un disco que tiene todo. Uno de los mejores del año y un disco para tomarle cariño. Qué interesante sería ver a una banda local intentar el camino de este tipo de pop que juega con la apropiación de influencias sin quedarse en la réplica. Siempre es interesante encontrar algo a contracorriente del público musiquero que desprecia cualquier cosa que esté conjugada en presente. 


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