Cuando túnica y moña se exilian

Tres maestras uruguayas cuentan cómo es trabajar en la escuela que
financia el Estado en Asunción, Paraguay
Por Camila Bello

"No soy de irme lejos de los pagos, pero fue un desafío personal", dice Silvia Reyes con respecto al trabajo que la hace vivir a varios kilómetros de su San José natal. Maestra de profesión, tiene 56 años y reside en Asunción hace cinco. Su hijo, "el tesoro" –como lo define-, no está con ella y vive en Montevideo. Es una de las ocho compatriotas que trabajan en la escuela "Solar de Artigas", una institución que el Estado uruguayo le regaló a Paraguay en agradecimiento por haber acogido a Artigas durante su exilio.
Daniela Devincenzi es la directora, tiene 49 años y llegó a la escuela en 2015. Ella se instaló con su marido porque "había que esperar a que la situación familiar pudiera arreglarse como para organizar una mudanza". Sus cuatro hijos viven en Uruguay y están en la universidad, tres de ellos en Salto, departamento del que Daniela es oriunda. Solo vino de visita una vez desde que se instaló en Asunción y cuenta que terminó con "un montón de preconceptos" relacionados con la sociedad paraguaya.
Las bases del concurso para trabajar en la escuela "Artigas" cayeron en las manos de Isabel Cayetano de casualidad. Hace cinco años, cuando la maestra tenía 36, uno de los funcionarios del Instituto de Formación Docente de Salto se equivocó y le dio los papeles a ella. "El plazo vencía ese mismo día y me presenté sin consultarlo con mi familia", cuenta. Fue una de las seleccionadas y viajó a Asunción al poco tiempo, con su marido y sus tres hijos.

La escuela "Solar de Artigas" vincula historias de uruguayos desde hace 94 años, cuando se inauguró el 28 de abril de 1924. El predio se recortó del jardín botánico de Asunción, en donde se ubicó la casa del presidente Carlos Antonio López, quien mandó a buscar a Artigas y le dio un lugar para vivir. "Yo vine con la ilusión de conocer en dónde había vivido, pensé que podría ver los vestigios del rancho, pero no se sabe bien en dónde estaba", explica Silvia. La docente se especializó en Ciencias Sociales y la figura del prócer fue una de sus principales motivaciones a la hora de aceptar la propuesta.
"Salir al recreo y ver a los niños de túnica jugando en el mismo predio donde estuvo Artigas no tiene calificativo", cuenta Isabel. El lugar se mantiene prácticamente igual, aunque ahora tienen un jardinero que se encarga de cuidarlo. Las tres maestras coinciden en que el legado de Artigas y de Uruguay están presentes en todo momento, no solo para los niños, sino también entre ellas. Los abanderados, por ejemplo, prefieren "el pabellón nacional uruguayo más que el paraguayo", relata Silvia, y todos los estudiantes pueden entonar los dos himnos.

Los ocho puestos para trabajar en esta escuela son concursables. Según la directora, "la formación constante" es imprescindible para ser elegido. La mayoría de las maestras que se presentan vienen del litoral del país, aunque también hay algunas de la capital. Silvia opina que esta tendencia puede darse porque "la gente de Salto se ahorra seis horas de viaje cada vez que quiere ir de visita", lo que igual implica 900 kilómetros de distancia desde Asunción.
Isabel ya conocía la ciudad porque había sido su destino de luna de miel con su marido. Silvia había recorrido las Cataratas del Iguazú un año antes de mudarse y esa excursión –cuenta- "fue una premonición" de lo que vendría después. Daniela, en cambio, nunca había ido a Paraguay y eso también influenció su primera impresión: "Quizás para el que viene de Montevideo es distinto; pero a mí que soy de Salto me impresionó lo grande que es esta ciudad".
Las tres maestras reconocen que esta experiencia marcó "un antes y un después" en sus carreras. Sin embargo, vivir en Paraguay les implicó un cambio fuerte al que se tuvieron que acostumbrar. Los cortes de luz y de agua son frecuentes, muchas calles no están asfaltadas y "un aguacero arma riadas que llevan el colectivo", cuenta Silvia. En las afueras de Asunción, según explica Isabel, "el agua es roja y si te lavás el pelo, lo sentís más sucio que antes".
A pesar de estas diferencias, Daniela destaca la "amabilidad y la hospitalidad" de la gente del lugar. "Esta ciudad está creciendo a ritmos agigantados, verticalmente, antes era chata", dice Isabel, quien reconoce que la sociedad paraguaya hace un esfuerzo por modernizarse.

El primer día en la escuela fue distinto para todas. La directora dice que lo que más le llamó la atención fue la colaboración de las familias, que están en permanente contacto e intercambio con los docentes. "Llegás sin nada, con tus conocimientos y tu túnica", recuerda Isabel, que afirma que se animó a viajar porque "era joven".
El programa de ANEP se complementa con lo que se dicta en las instituciones paraguayas y se hace un especial hincapié en Historia y Geografía. También tienen clases de guaraní varias veces a la semana: "Los niños son de acá y viven acá", dice Daniela. Dos hijos de Isabel son exalumnos de la escuela "Artigas" y su inserción en el liceo paraguayo fue muy buena: "El maestro uruguayo brinda el pensamiento crítico y creativo, mientras que acá se usa más una metodología memorista", dice.
Aunque se rigen por el programa uruguayo, el calendario académico es el local. Tampoco se adhieren a los paros que puedan realizarse en Uruguay, incluso cuando hay maestras gremializadas. Los docentes que viajan tienen que estar preparados además para no faltar, porque no tienen suplentes que puedan cubrirlos.

Las diferencias culturales también están presentes en la experiencia, sobre todo en el contacto con los niños y sus familias. "Paraguay es como el Uruguay rural de hace 40 años", dice Isabel, quien explica que los mitos y las leyendas aún están muy arraigados en la sociedad. La profesora de guaraní enseña algunos de estos relatos en clase y el del "hombre de la bolsa" es uno de los más recurrentes. Asimismo, muchos problemas médicos se solucionan con yuyos y hierbas, como el té de mango, que se usa para tratar todo tipo de afecciones.
Alrededor de un 20% de los alumnos de la escuela son uruguayos, por lo que se ha formado una pequeña comunidad que vincula a los padres y a las maestras que viven allí. Las culturas se cruzan todo el tiempo y hasta se han organizado asados en la parrilla de la escuela, además de bailar candombe. "Es un pedacito de Uruguay en Asunción, nosotros lo sentimos así", dice Isabel.
Los buenos momentos no eliminan el desarraigo; trabajar allí implica un sacrificio en cuanto a lo afectivo. Silvia dice que "al principio lloraba por los rincones" y aunque ahora está adaptada, vuelve a Uruguay casi una vez por mes. Isabel reconoce que nunca hubiera viajado sin su familia y ha llegado a ir a Salto a pasar el día. El contrato es a tres años y tienen la opción de extenderlo durante otros tres; Isabel y Silvia regresarán en 2017, luego de seis años en Paraguay. Daniela, por su parte, hace menos de dos que está instalada allí.
La remuneración es distinta, porque se trata de cargos diplomáticos. "Se sacrifica mucho a través de esta experiencia y lo económico sirve como una compensación", dice la directora. Las tres maestras coinciden en que son "representantes" de la cultura uruguaya en el extranjero y a menudo reciben delegaciones que van a conocer la escuela.
Las desventajas de la lejanía o de una nueva cultura, se ven pronto compensadas por una experiencia única de aprendizaje, que para Silvia es el "broche de oro" a su carrera, mientras que para Daniela es un "un sueño". Isabel resumió: "Tienen que venir a conocer la tierra de Artigas".

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