Cuatro momentos hace treinta años

El año 1986 dejó en mi retina de niño algunos recuerdos perennes
Mis abuelos se habían comprado un televisor color para ver el Mundial de México: un Philips con caja de cármica, muy elegante. El mundial era en invierno, pero ellos lo compraron en verano. Todos nos reuníamos alrededor del chiche nuevo, fascinados con sus imágenes multicolores, como adelanto de los goles que gritaríamos de la camiseta celeste.

Yo tenía seis años y era un niño precozmente ávido de geografía. Quizás por influencia de mi otro abuelo, era muy aficionado a los mapas. También al pequeño Larousse ilustrado, que leía todos los días de manera casi compulsiva. Me interesaban los países, sus contornos, sus ciudades, sus ríos. Cuelgues de niño.

A fines de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger despegaba en una misión para observar y estudiar, entre otros fenómenos, la órbita del cíclico cometa Halley, que pasaría cerca de la Tierra en marzo, con un telescopio de última generación. Siete eran sus astronautas, entre ellos unos maestra que enseñaría astronomía para sus alumnos desde el mismísimo espacio.

Pocos segundos después del despegue, el Challenger explotó, se incendió y dos columnas de humo blanco y espumoso llenaron el cielo celeste de la Florida. El televisor de mis abuelos me mostró esa imagen icónica y mis ojos de niño quedaron como huevos fritos. Adiós Challenger, adiós maestra, adiós a los sueños de miles de niños en el mundo que querían ser astronautas. Con mis dedos pequeños busqué en el mapa Cabo Cañaveral y repasé sobre el papel el sitio donde debió haber ocurrido el accidente. Uno de los símbolos maravillosos de los Estados Unidos había volado en mil pedazos.

Luego vino el Halley. Las maestras en la escuela nos explicaron que pasaba cada ochenta años, que formaba una estela alfombrada de estrellas detrás. No lo vimos bien en vivo; se vio mejor en la televisión.

A finales de abril otra imagen se fijó en mi memoria infantil. El techo de una fábrica grisácea y gigantesca había cedido y una más gigantesca cantidad de radiación atómica se había expandido desde la URSS hacia Europa y luego al mundo. Había gente con ojeras que hacía declaraciones frente a las cámaras de televisión, sin entender demasiado. A los pocos días, habían muerto por radiación. Aprendimos rápido la palabra "Chernobyl". Varias ciudades quedaron vacías. La lluvia ácida asoló el continente. Ahora era el imperio soviético el que se sacudía y comenzaban sus estertores.

Apenas un mes después, en junio, por fin comenzaba el Mundial de México y Uruguay debía debutar en Querétaro contra la siempre poderosa Alemania. Vería el partido a puro color, pero nunca calculé que la hora del encuentro coincidiría con el horario de clases. Estaba en primer año de escuela, y mi maestra Lilián nos llevó a todos a un amplio hall donde nos sumamos al resto de alumnos de la escuela para ver el partido de Uruguay. Pero la tele era blanco y negro, y no se veía con detalle. A pesar de esto, recuerdo la corrida solitaria de Alzamendi, que dribleó al arquero y pateó. La pelota pegó en el travesaño y picó más allá de la línea. Tan solitario fue su gol como su festejo, enardecido antes de que sus compañeros llegaran a abrazarlo. Los niños gritamos y nos abrazamos. La sensación era nueva: nunca habíamos visto un Mundial.

Pasaron treinta años de estos hechos. La memoria se renueva con la chance de ver esas imágenes ahora, más nítidas, más transparentes, en HD y HQ. YouTube devuelve una realidad que en algunos casos reafirma el recuerdo de la mente infantil y en otros casos se bifurca de ella. La URSS ya no existe, el Halley volverá a pasar cerca recién dentro de medio siglo, Alzamendi vive en Cardona, tomando mate, retirado. Mis abuelos tienen un plasma. La Historia pasó de largo, pero dejó aferradas en las hojas del almanaque interno las palabras que se acaban de leer.

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