Cuentos de la naturaleza salvaje uruguaya

Peces mudos, de la uruguaya Rosario Lázaro Igoa, reúne 13 relatos de gran calidad que tienen en común la presencia de animales y la lucha por la supervivencia
Siempre que se piensa en una literatura poblada de animales la mente remite a las Fábulas de Esopo e inmediatamente después a Horacio Quiroga. En el primer caso todo es algarabía, juego, ingenio y moraleja; en el segundo, desesperación y lucha sin cuartel contra las fuerzas vivas de una naturaleza que puede ser letal con los débiles.

Rosario Lázaro Igoa (Salto, 1981) también puebla de animales estos relatos que se desarrollan en campaña y en balnearios oceánicos, pero sin alejarse nunca del realismo más estricto y renunciando a cualquier tipo de alegoría como premisa básica.

A veces los bichos simplemente están de paso por el lugar donde suceden los hechos y son meros testigos; otras anuncian un suceso que se avecina, y en varios casos están para poner en evidencia el salvajismo primario de todos los seres humanos.

A pesar de esta presencia evidente y deliberada en casi todos los cuentos que componen Peces mudos, los animales no son el fondo de la cuestión. Están para resaltar cada una de las decisiones que toman los personajes, pero no forman parte de las mismas.

En Dos perros, por ejemplo, la llegada de un solitario animal al rancho de un matrimonio sirve de excusa para poner en evidencia la vida atormentada y sin sentido de la mujer, absolutamente presa de la voluntad obtusa de su marido. Igoa logra un poderoso relato situándose a una distancia respetable de los personajes y esa mirada, más objetiva que omnisciente, le da al lector confianza para seguir leyendo.

Las dotes narrativas de la autora se confirman en Gatos de la cuadra, que narra la pelea entre dos hermanas, aún niñas, que sentadas en el muro de su casa ven pasar la vida. En tres páginas quedan perfectamente delineadas las dos personalidades, el amor y la rivalidad que las une, y el triunfo inevitable de la más fuerte.

Poco a poco se descubre que la autora no busca finales felices y que prefiere describir la vida salvaje del pantano como en Los diques o narrar con brutalidad la castración de un perro por parte de un veterinario atroz, que escribir un relato convencional.

A veces, como en 21 grados, Igoa es capaz de realizar un corte afilado en la vida de sus personajes y resumir en una sola imagen toda su realidad. Hay algo cinematográfico en ese procedimiento y en la forma de narrar de la autora, que presenta en el relato a una madre con dos hijos pequeños que espera, aparentemente, un ómnibus.

Chamizo, uno de los mejores cuentos del libro, narra una relación absolutamente desapasionada y desoladora entre una prostituta rural y un viejo cliente. Resulta impresionante la nitidez de las escenas y la forma en que la autora sugiere que ninguno de los dos podría escapar de su destino aunque quisiera.
Igoa exhibe un magnífico dominio de los tiempos narrativos, lo que le permite trazar grandes elipsis sin que el relato se resienta en absoluto. Bastan dos palabras del viejo y su particular forma de pararse y de mirar a la muchacha, para saber cómo es por dentro.

Alcanza con seguir la mirada de la chica que durante el acto sexual se distrae viendo los objetos del rancho para sentir su vacío absoluto.

El libro cierra con Lengua de cascarudo, otro texto estupendo que describe el despertar sexual y amoroso de una muchacha que va contra la corriente. La sombra de un embarazo no deseado le agrega suspenso a un relato ya de por sí apasionante.

En cada uno de los textos Igoa se luce al describir lugares, atmósferas y animales. Pero es su capacidad para hablar de lo importante sin nombrarlo y su neutralidad al presentar a sus personajes, con todas sus fallas y todos sus aciertos, lo que hace a Peces mudos un libro de cuentos distinto y muy recomendable.

Peces mudos
Editorial: Criatura Editora
Páginas: 114. precio: $ 360

Acerca del autor

Andrés Ricciardulli