Cumbre de seguridad: cuando los políticos se miran el ombligo

Aún con mezquindades, el gobierno cedió y convocó al diálogo y la oposición es la que queda peor parada con la actitud que lleva a la reunión

Debe ser difícil para un político -y aún más para una persona que fue electa dos veces por la ciudadanía para el mayor cargo al que se puede aspirar por vía democrática- ser un actor de reparto. El presidente Tabaré Vázquez lo fue, hace 15 días, cuando en una semana plenamente futbolera tuvo que estar parado en la mitad de la cancha del Parque Central, haciendo tiempo, mientras la verdadera figura de esa noche, Álvaro Recoba, se llevaba todos los flashes.

Vázquez esperó tranquilamente, sin hacer nada y sin preocuparse demasiado. Recibió algunos saludos eufóricos y otros fríos de los futbolistas uruguayos e internacionales que estaban en la cancha. Pero no se preocupó porque no era la figura. La apuesta del presidente por esos días era más importante: reconectar con la ciudadanía.

Fue así que apostó al fútbol, la mayor pasión de los uruguayos. Visitó el estadio de Peñarol para la inauguración del lunes 28 de marzo, fue a ver a la selección al Estadio Centenario un día después, concurrió al Parque Central para la despedida de Recoba el jueves 31 y terminó la semana agotadora el sábado 2 de abril en el humilde Estadio Olímpico para ver a su querido Progreso jugando de visita ante Rampla, sentado sobre un cartón en una mañana de tortas fritas.

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Vázquez necesita recuperar terreno con la ciudadanía. Los números no son buenos para él. Una encuesta de Equipos publicada en marzo por Subrayado da cuenta que la aprobación de la gestión del gobierno cayó al 35%. Factum difundió en diciembre una encuesta sobre la aprobación presidencial y dio cuenta que en 2015 había caído del 78% al 36%.

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En noviembre, la consultora Cifra había consignado que "sólo el 35% de los uruguayos aprueba de la gestión de Tabaré Vázquez como presidente".

Por eso mismo es que desde este año volvió a salir al interior, una vez por mes, para realizar Consejos de Ministros pero también recorridas por barrios de los distintos departamentos. El "gobierno de cercanía", como lo llaman en el entorno del mandatario.

"Ahí, con la gente, no le gana nadie", dijo el prosecretario Juan Andrés Roballo hace un par de semanas a El Observador. Es la apuesta del gobierno. Que Vázquez, como sucedió en la campaña cuando todas las señales eran malas, reconecte con la población y logre revertir el mal momento.

Tal vez por eso mismo es que ahora el gobierno decida bajar la cabeza y aceptar un diálogo con la oposición. Por más que desde el Poder Ejecutivo afirmen que la idea estaba planteada desde el inicio del gobierno, lo cierto es que la convocatoria se da luego de varios acontecimientos que impactaron en materia de seguridad. Y luego también, que la oposición realizara una nueva arremetida con decenas de propuestas.

Vázquez no puede mirar para el costado en el tema de mayor preocupación de la ciudadanía según todas las encuestas. No es nuevo que este asunto sea el que más alerte a la población. Pero no es lo mismo tener un problema de seguridad en tiempos de bonanza, que sufrirlo cuando el bolsillo no está tan lleno.

¿Cuánto peor, mejor?

La convocatoria a la oposición no es inocente. Sin dudas que al gobierno le vendría bien un poco de paz en este asunto y nada mejor para eso que el diálogo con todo el sistema político. Mientras conversen no pueden criticar. Pero en el medio de la convocatoria, hay algunas decisiones del oficialismo que nada ayudan a ese diálogo.

Vea también esta nota en la que el editor de Actualidad, Federico Sierra, explica los motivos por los que gobierno y oposición dicen que quieren negociar pero luego dan señales en sentido inverso.

En primer lugar declaraciones que apuntan a rechazar algunas ideas, incluso antes de sentarse a negociar. Voceros del gobierno, incluido el ministro Eduardo Bonomi, descartaron algunas ideas opositoras como el aumento de penas o enviar al Parlamento leyes de urgente consideración sobre seguridad.

Luego, al incluir por la ventana a Edgardo Novick. Para el excandidato a la Intendencia Municipal de Montevideo es gol político. Pero por más que tenga "representación parlamentaria" (un diputado que responde a él), aún no tiene un partido político creado y la Concertación responde a blancos y colorados. Por ello es que el resto de la oposición ve ese ingreso a la mesa de negociación como un intento por partir al bloque antifrenteamplista.

Pero blancos y colorados tampoco parecen querer negociar en serio. Luego que el gobierno cursara la invitación abierta para que los partidos envíen a los delegados que crean relevantes, los líderes Luis Lacalle Pou, Jorge Larrañaga y Pedro Bordaberry decidieron no concurrir.

Es un desplante y las excusas son débiles. Si realmente la seguridad es un tema relevante como dicen, los preocupa tanto y están dispuestos a "poner el hombro" por solucionarlo, deberían ir con la mejor disposición posible a buscar soluciones. Y no condicionar un diálogo previamente a que remuevan a Bonomi (cosa que por sí sola no va a lograr ningún efecto), o que se aprueben determinados proyectos.

Porque de lo contrario, lo que están haciendo es dar señales de que más que soluciones quieren marcar los errores del gobierno. Acordar y negociar es justamente ceder posiciones. El gobierno ya cedió. Admite implícitamente con el gesto de convocar al diálogo de que solo no puede en este asunto. Y los líderes opositores, en vez de demostrar que quieren soluciones, le dan vuelta la cara.


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