De azares, volcanes y maldiciones

Cuando creía tener todo organizado, apareció el feo Calbuco. Crónica de una planificación de vacaciones casi perfecta en la que se acaba de entrometer un viejo amigo: el azar

Nunca en mi vida fui tan organizado. Tampoco es que hace falta mucho para vencer mi record personal porque siempre fui un desbolado bárbaro, pero lo juro y repito: nunca fui tan organizado con respecto a este viaje a Europa que, Dios mediante, comenzará el jueves 30 de abril.

Compré los pasajes hace seis meses; lo sé porque cuando veo el resumen de la OCA, afino la mirada para informarme cuántos de los 12 pagos llevo. Voy seis.

No dejé nada librado al azar como pude haber hecho algunos años atrás. Con un hijo me pareció que la diversión de un viaje iba a estar asegurada si y solo si estaban resueltos los hoteles, los pasajes internos y hasta los pases a los museos y los tickets de metro y ómnibus. Ya tengo todo comprado.

Me reía de mí mismo en enero pagando cinco días de un hotel en Berlín que recién iba a utilizar en mayo. Es que esto es muy poco característico de mis viajes anteriores, o de mi personalidad. Me reí también cuando compré el London Pass y el París Pass desde acá, ¡tres meses antes! Y el hotel en Euro Disney, el metro de París a Londres, el vuelo de GermanWings a Berlín -sí, de la GermanWings que usted conoce-, el otro a Valencia, etcétera.

Cuando todo estuvo listo, pensaba en cómo el azar, esa pizca de sal aventurera que en algún momento de mi vida significaba arriesgar la vida en las olas de la costa norte de Oahu, ahora se transformaba en elegir en qué lindo restaurante londinense cenaría y en averiguar qué vinos franceses bebería con mi familia.

Pero el azar tenía otros planes, según acabo de enterarme. Nada de vinos de Burdeos ni de comida étnica en el Soho o Shoreditch. Hoy, el azar, lo que dará la chispa de incertidumbre a mis vacaciones familiares superplanificadas, se presenta en forma de...

¡Un volcán!

Qué torpe fui el miércoles pasado cuando me fui del diario esa noche escuchando la radio en el auto. No se me ocurrió pensar que ese dato de ese tal Calbuco podía terminar jodiéndome la vida. ¡Qué pasmado!

Y para peor, trabajo en un diario. Ya a estas alturas, y con el viaje cerca, temblaba cada vez que a mis espaldas o a mi izquierda los compañeros de Actualidad y la web tiraban un dato. Tiemblo cada vez que un rumor recorre la redacción, cada vez que en Twitter MetSul dice una cosa, pero Nubel Cisneros, dicen que dice otra, y hasta me da envidia saber que hoy logró alguien subirse a un avión, escapando por los pelos a la ceniza volcánica que amenaza con complicar todos mis planes.

Y todo el mundo habla de eso. Comparten en Facebook el momento espectacular en que el Cabulco entró en erupción. ¡A quién le importa! ¡Es una desgracia!

Desde hace unas horas, mi vida se ha centrado en ese cenizaje malo, ese que causa partos prematuros, que complica la salud, que ensucia la ropa, los autos, las ciudades y que, por sobre todas las cosas, te termina arruinando las vacaciones.

Y para peor no tengo a quien reclamarle. ¿A quién diablos le voy a echar la culpa por esto? ¿A quién puedo culpar porque las cenizas podrían haber partido para todos los puntos cardinales posibles y decidieron enfocarse en el aeropuerto internacional de Carrasco?

Lo único que me queda por hacer es esperar lo peor: que las cenizas tapen Montevideo por un mes y yo pase mis vacaciones encerrado en mi apartamento, explicándole a mi hijo que esto no es Europa y que no nos fuimos porque un volcán… “Pero si acá no hay volcanes”, me dirá Felipe. Y yo le explicaré sobre esto mismo, sobre el azar.   

Pero todavía espero que eso no pase.

Continuará.


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