De la biblioteca al diván

Freud y la literatura, del psicoanalista Carlos Gustavo Motta, es un estudio accesible que demuestra la enorme cultura de una de las mentes más influyentes del siglo XX

Aunque hoy se lo reconoce universalmente como el padre del psicoanálisis y su aporte intelectual a la humanidad ya no se discute, no son pocos los que continúan atacando sin piedad a Sigmund Freud, que murió en 1939. Lo curioso es que los argumentos actuales no difieren demasiado de los que en el pasado se usaron para denostar al hombre que con un papel, un lápiz y un diván cambió el mundo.

La ciencia de hoy, como la de ayer, señala que su método terapéutico no es universal y que, por tanto, no vale nada. Para las religiones, fue y es un enemigo que niega a cada instante lo divino. Para los moralistas, es un maníaco sexual peligroso. Para las feministas, un machista incurable. Para los antisemitas, un judío más.

Freud se defendió en vida como pudo pero no estuvo solo, como lo demuestra este entretenido libro del argentino Carlos Gustavo Motta, que a pesar de ciertos pasajes confusos, logra poner de manifiesto cómo los artistas fueron una red de contención importante. Gente como Rainer Maria Rilke, Thomas Mann o Stefan Zweig lo admiraba profundamente.

Esas amistades no se basaban solo en lo novedoso de sus teorías sino que tenían su raíz en el respeto que generaba en los demás su enorme cultura, que abarcaba las más diversas ramas del saber y que no provenía de otro lado que no fueran los libros, que adoró desde su infancia hasta su muerte.

Freud y la literatura permite rastrear algunas de sus eclécticas lecturas, identificar a sus autores preferidos y, más importante todavía, ver cómo se sirvió de ellos para interpretar la historia, construir una singular filosofía propia y lanzarse después al vacío. Al leer se advierte que Edipo rey, de Sófocles, es solo la punta del iceberg, el principio.

El libro sería estupendo si no fuera por su estructura, que incluye fichas sombreadas, datos que a veces quedan sueltos y alguna falla del autor, que a veces se explaya demasiado en lo superfluo y se queda corto en lo importante.

No obstante, está repleto de información valiosa que el lector puede aprovechar. Saber que el último libro que leyó antes de morir fue La piel de Zapa, de Balzac, produce felicidad. Que aprendió español para leer El Quijote en su lengua original, también. Conocer este verso de Goethe, uno de sus héroes literarios, justifica el libro entero: "Lo no sabido por los hombres, o aquello en lo que no reparan, vaga en la noche por el laberinto del pecho".

Como es un texto didáctico, incluye además una biografía de los autores que Motta elige para ejemplificar la estrecha relación de Freud con la literatura, una entrevista que le hicieron en Estados Unidos (donde Freud cita al poeta Walt Whitman para ganar una discusión) y un capítulo llamado Literal, donde habla libremente de diversos temas.

Uno de los capítulos más interesantes del libro es el que explica el concepto de sublimación, en este caso aplicado a los artistas. Freud postuló que ellos tampoco escapan a la pulsión sexual que, junto a la de la muerte, rige la vida de todos los seres humanos y son su motor. Lo que hacen es cambiar, sublimar, el objeto de deseo, que pasa de biológico a objeto artístico, transmutación que permite alcanzar el goce y satisfacer la pulsión.

Se crea o no en el psicoanálisis, Freud y la literatura es un libro interesante que obliga a pensar. Contiene además un sinfín de perlas inolvidables como la respuesta de Jorge Luis Borges, que al ser consultado respondió que se trataba de una ciencia totalmente hipotética, ya que "¿Cómo se puede basar una ciencia en lo que recuerda o deja de recordar una persona?". Ironía y defensa personal, ya que, si algo tenía Borges, era su propia interpretación de los sueños.

$490

Freud y la literatura, de Carlos Gustavo Motta. Paidós, 135 páginas.

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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli