De la caricatura considerada como una de las bellas artes

El título es una cita del escritor cubano Alejo Carpentier en un artículo sobre caricatura norteamericana, publicado en la revista “Letra y Solfa” en noviembre de 1956. Y no exagera.

Para Carpentier, “la caricatura ha logrado, en los Estados Unidos, una calidad de factura y de contenido difícil de igualar.” Alude en ese artículo a Saúl Steinberg, al que define como “caricaturista de ‘cosas’, tanto como caricaturista de hombre” y que hace pensar “en el nivel que ha alcanzado un arte, considerado hasta ahora como arte menor, en la multiplicación de sus enfoques satíricos.” Los caricaturistas norteamericanos de aquella época –mitad del siglo XX- eran elogiados por el escritor cubano, que indica que “cuyas ocurrencias diarias están constituyendo una suerte de recuento de las angustias del hombre civilizado en esta época.” El artículo menciona como “caricatura” al llamado dibujo satírico, de situación, que no siempre tiene un personaje conocido como protagonista.

Casi diez décadas después, si bien la caricatura ganó espacios, todavía es considerado un arte menor. Es “un modo de expresión que dispone de argumentos propios para decir las cosas”, argumentó Carpentier en el mismo artículo.

Los orígenes de la caricatura vienen de lejos en el tiempo. Las crónicas mencionan al italiano Annibale Carracci como el que comenzó esta tradición artística. En el siglo XVI fue inventado el concepto caricatura, que proviene de caricare, que significa “cargar”. Carracci se preguntó que “¿no es la tarea del caricaturista exactamente la del artista clásico?” Y respondió que “los dos ven la verdad perenne detrás de la superficie de la mera apariencia exterior. Los dos tratan de ayudar a la naturaleza a llevar a cabo su plan. Uno puede tratar de visualizar la forma perfecta y plasmarla en su trabajo, el otro aprehende la deformidad perfecta y así revela la esencia absoluta de la personalidad. Una buena caricatura, como toda obra de arte, es más parecida a la realidad que la vida misma”.

Los historiadores recuerdan que Leonardo da Vinci representó una ruptura con los modelos universales establecidos en su época. “Se opuso al concepto de "belleza" ideal, defendiendo la imitación de la naturaleza con fidelidad, sin tratar de mejorarla. Y así contempla la fealdad y lo grotesco, como en sus dibujos de personajes deformes y cómicos, considerados las primeras caricaturas de la historia del arte.”

Para el escritor Honoré de Balzac “la caricatura es un recurso agresivo y cordial”. Para Emil Dovifat, la caricatura es “cargar e insistir y es en sí la exageración satírica de las particularidades propias de personas o circunstancias, señaladas de forma certera o impresionante”.

La caricatura es una búsqueda de equilibrios, de armonía dentro de la fisonomía de un personaje, exagerando determinados rasgos, agrandarlos o hacerlos visibles de alguna manera. Esos rasgos pueden ser de la fisonomía del caricaturizado o algo vinculado a la actividad que realiza, a una situación, a un hecho noticioso que lo involucre. El punto es que esa exageración que lleva, generalmente, un vínculo cómico “cuando no se le toma como objeto sino como simple medio por el cual el dibujante presenta a nuestros ojos las contorsiones que ve en la naturaleza”, dice Henry Bergson en su ensayo “La risa”.

El crítico Gombrich menciona un aspecto que es clave en la caricatura, cuando dice que “si hay un tipo de imagen que se queda muda sin ayuda del contexto y el código, es la caricatura política”. Es fundamental que el espectador conozca la situación que se dibuja. Además, ponía de manifiesto la trascendencia de la labor del dibujante cómico cuando escribió que “el dibujante por desdeñable que sea su calidad artística, tiene más probabilidades de impresionar en una campaña de odio que el orador de masas y el periodista.”

Charles Baudelaire, que tiene un formidable ensayo sobre la caricatura y la sátira, indicó que “sin duda alguna, una historia general de la caricatura en sus relaciones con todos los hechos políticos y religiosos, graves o frívolos, relativos al espíritu nacional o a la moda, y que han agitado a la humanidad, resultaría una obra gloriosa e importante”.

Para el notable caricaturista norteamericano Al Hirschfeld, “una caricatura es algo que tiene una idea literal, un punto de vista. Con los años, dijo, simplemente me he preocupado sobre la línea, formando un espacio. Una caricatura no depende de la calidad, sino de la idea. Si es una idea buena, cualquiera puede hacerlo”

 

Uruguayos 

Podemos definir a Uruguay como tierra de caricaturistas. Sin embargo esta forma de expresión plástica no ocupa los lugares de preferencia que debería a juzgar por los nombres que participan de esa lista de notables dibujantes. Desde Hermenegildo Sábat (abuelo) de la revista “Caras y Caretas” de finales del siglo XIX, su nieto y homónimo Hermenegildo Sábat (Menchi), radicado hace cuarenta años en Buenos Aires, pasando por los actuales Rodolfo Arotxarena (Arotxa), Fermin Hontou (Ombú), Horacio Guerriero (Hogue), Francisco Graells (Pancho) dibujante del diario francés “Le Monde”, Tunda Prada (Tunda), Jorge Satut, Domingo Ferreira (Mingo), Pedro Seoane, o los emblemáticos Leonardo Galeandro, Jorge Centurión (Cent), Julio E. Suárez (Jess), Diógenes Hequet, por nombrar solo algunos. Pero además es justo mencionar la cantidad de artistas plásticos para quienes la caricatura ha sido en algún momento una salida laboral en la prensa o que por lo menos dibujan caricaturas. En este último caso la lista sería interminable.



Artículo publicado en "La pupila" Revista de Artes Plásticas. Montevideo, Nº 2. 


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