De la guerrilla al impeachment: el camino de Rousseff

Cómo la presidenta pasó de las celdas de la dictadura a
luchar por mantener su cargo al frente del gobierno de Brasil
Hace poco más de 45 años, Dilma Rousseff comenzaba a vivir una de las etapas más oscuras de su vida, luego de ser apresada y sometida a torturas por la dictadura brasileña en la década de 1970. Ahora, con la decisión del Senado sobre el juicio político, la mandataria entrará en la fase final de otra de las etapas más complicadas que le ha tocado afrontar, más allá de que las diferencias entre un caso y el otro son muy grandes. En una especie de analogía entre ambos episodios, se podría decir que Rousseff se apresta a encarar una etapa de confinamiento político, en la que deberá esperar un eventual veredicto final de un juzgado, con una mayoría que quiere verla alejada del gobierno. Por esa razón, una salida, pese a ser "transitoria", podrá significar el punto final para una gestión que se estiró por seis años y que afrontó todo tipo de dificultades.

Rousseff nació el 14 de diciembre de 1947 en Belo Horizonte, en el seno de una familia de clase media formada por un inmigrante búlgaro y una maestra de escuela. Entró en la resistencia contra la dictadura que comenzó en 1968 y en 1970, con solo 22 años, fue condenada a prisión por ser parte de un grupo armado clandestino. Más allá de que esa época de la vida de la mandataria brasileña se encuentra un tanto en penumbras por la falta de información, la mayoría de los historiadores aducen que su participación se ligó más a tareas de apoyo logístico que a su involucramiento en operaciones armadas.

Varias décadas después, bajo la tutela del entonces presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y con el apoyo del Partido de los Trabajadores (PT), uno de los más importantes del país, Rousseff se convirtió en la primera mujer presidenta del país más grande de Ámerica del Sur.

Un año después de asumir la jefatura de Estado, ya era considerada la tercera mujer más poderosa del mundo según la revista especializada Forbes, detrás de la canciller alemana, Angela Merkel, y de la entonces secretaria de Estado estadounidense y hoy virtual candidata demócrata, Hillary Clinton.

El desgaste de la función de gobierno, la recesión económica y una sucesión de escándalos de corrupción política la relegaron no solo en la consideración internacional –en 2015 cayó a la séptima posición de la lista de Forbes–, sino que también minaron su aprobación interna, que se ubica en 10%.

Las corruptelas en la petrolera estatal Petrobras –por las que fueron arrestados varios políticos de su partido, aliados y empresarios– fueron el combustible arrojado a la hoguera en la que hoy se encuentra.

Antes de asumir como presidenta en 2011, Rousseff fue ministra de Minas y Energía durante el primer gobierno de Lula y jefa del Gabinete Civil de la Presidencia durante todo el segundo mandato de este.
De sus tiempos como ministra, Rousseff ganó una reputación de tecnócrata sin carisma, de actitud firme y severa, pero sin grandes habilidades negociadoras. Eso no fue obstáculo para que Lula la escogiera como su delfín político, y esa cercanía con su mentor fue la responsable de que, en plena crisis de su gobierno, ahora recurriera al auxilio al expresidente, en particular por su habilidad política para articular alianzas. Sin embargo, la Justicia trabó su designación ya con el proceso de impeachment avanzado y la asunción de Lula jamás se concretó.

El juicio se precipita

Varios fueron los hechos que precipitaron el juicio político contra la presidenta, pero lo que le dio el impulso definitivo fue la salida del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) de la alianza de gobierno. A ese partido pertenece el vicepresidente Michel Temer.

El PMDB, pese a haber llegado muy pocas veces a la presidencia, es el partido más popular y poderoso de Brasil. La decisión provocó, a su vez, una reacción en cadena de otras fuerzas aliadas, que emularon esa maniobra de escisión.

Estrictamente, Rousseff afronta el proceso de destitución acusada de maquillar las cuentas públicas y por la creación de partidas presupuestarias sin autorización del Congreso, de manera de "mejorar" el déficit fiscal de su gobierno.

La presión social también fue un factor clave, y si bien se hizo más intensa en los meses previos al Mundial de 2014, recrudeció al inicio de la segunda presidencia de Rousseff, que obtuvo por escaso margen. Los brasileños salieron a las calles varias veces para mostrar su descontento con la forma de conducir el país o por situaciones más específicas, como los escándalos de corrupción vinculados a Petrobras.

En marzo de este año, 3 millones de personas expresaron su apoyo a la salida de Rousseff, un pedido que se replicó en cada rincón del país. Lava Jato, la investigación sobre la corrupción en Petrobras, funcionó además como un catalizador que aceleró la caída en picada de la popularidad de la presidenta. Pese a que ella nunca fue objeto de acusación ni de una investigación judicial, varios de sus allegados sí. La investigación, liderada por el juez federal Sergio Moro, desencadenó una catarata de acusaciones contra la elite política del PT y otros grupos aliados, lo que repercutió directamente en la imagen de la presidenta.

Estos factores, entre otros no tan conocidos, empujaron a Rousseff a un pozo del que parece ser cada vez más difícil salir y que se ahonda con cada fase del proceso de destitución que se cumple.

Fuente: Agencias

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