De madera noble

Un homenaje a un periodista excepcional, ajedrecista de nota y cinéfilo apasionado, entre muchas otras cosas

Nada retrata tan fielmente, a mi parecer, lo que era Lincoln Raúl Maiztegui Casas, que la portada del libro “De Madera Noble” publicado por El Observador en 2003, recogiendo unos cuantos artículos que había publicado hasta ese momento en el diario. La portada era muy simple: el título “De Madera Noble”, el nombre del autor y una pipa suelta que cubría casi toda la carátula.

Lincoln era un periodista excepcional, un profesor de historia, un historiador, un ajedrecista de nota, un cinéfilo apasionado, amante de la música de todos los géneros y especialista en Mozart, un erudito en fútbol y un fanático del Club Nacional de Fútbol, y un formidable literato y conocedor de la literatura nacional y universal. Y no sé cuantas cosas más me estoy olvidando porque realmente era un hombre enciclopédico en sus conocimientos, saberes, gustos y aficiones. Pero sobretodo, era una gran persona. Un hombre pasional, capaz de discutir sobre lo más importante y sobre lo más nimio. Frontal y transparente. Incapaz de ocultar su filiación partidaria –blanco como huesa e bagual- y su filiación deportiva –el Club Nacional de Fútbol- que en este país suele ser más importante que la partidaria porque se tolera que se cambie de partido pero parece un pecado cambiar del club de fútbol al que se adhirió quizá desde la infancia.

Por eso, más allá de sus vastos conocimientos, por los cuales será recordado en cada una de las disciplinas en las que incursionó y en las que dejó su huella, me parece que es justo recordarlo como una persona “de madera noble”. De eso estaba hecho Lincoln. De madera tan noble como la de la pipa que usó por muchos y que parecía un símbolo de su persona. La dejó luego pero allí está, en la tapa del libro, enhiesta, como diciendo: aquí estoy, no me voy.

Es que más allá de los dones de la naturaleza (o del Creador, como creía Lincoln), lo que siempre me impresionó de Lincoln fue su nobleza, su pasión, su bonhomía, su capacidad infinita de defender las causas justas y de meterse en líos por causas baladíes. Y eso fue algo que captaron muy rápidamente, no solo quienes trabajábamos con el, sino especialmente sus alumnos de historia en preparatorios. No solo atraía por sus clases sino que la amistad con ellos se trasladaba fuera del aula y, cuando ya abandonó la docencia, su casa se convertía en una especie de areópago donde se discutía de historia, de política, de fútbol, y se jugaban unas fenomenales partidas de truco. Por sus alumnos, Lincoln daba la vida y los defendía a capa y espada, tuviesen o no en lo justo.

Lincoln era un tipo de madera noble. Y ello es más importante que todos los saberes que tuvo y que compartió durante su vida. Con errores y aciertos, como todos los seres humanos, Lincoln era un espíritu independiente, que enseñaba a pensar y se hacía querer. Que defendía la libertad en tiempos de intolerancia. Que era muy amigo de sus amigos, de sus compañeros de trabajo. Que era, también cascarrabias, y podía discutir sobre quien debería ser “El personaje de la semana” en la contratapa de El Observador. Pero era de madera noble y creo que ese es un elogio mayor que el recordar todos sus éxitos literarios, académicos, artísticos, etc. Por supuesto que disfrutamos de ellos pero más aún disfrutamos de que quien los generó fue una hombre honesto, frontal, transparente. Una persona que concitaba no solo admiración, que puede ser lejana y fría como un glaciar, sin especialmente afecto, que es cercano y cálido.

Lincoln deja en El Observador un lugar imposible de llenar. Por supuesto, por la universalidad de sus conocimientos, pero sobre todo, por la cercanía de un gran

tipo. De un tipo “de madera noble”. Necesario para el periodismo pero más necesario para el país, que echará en falta alguien que como él diga las verdades, con su elocuencia, con su arte pero sobretodo con su corazón y con su enorme lealtad hacia su patria y hacia sus principios. Un hombre que no vacilaba en decir la verdad en tiempos en que decir la verdad no está bien visto.


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