De torturas, violaciones y otras atrocidades que no debemos olvidar

Una película, un libro y el pasado ya no tan reciente, que sigue ahí

Como si el mundo se acabara ahora mismo, decenas de niños corren excitados. Es miércoles, cerca de las cinco de la tarde, y los cines del shopping parecen los pasillos de un colegio privado. Los pequeños, que no tendrán más de 7 u 8 años, aguardan su dosis de pop y Coca Cola antes de entrar a la sala 6. A unos metros de allí, yo hago fuerza para no llorar pero igual alguna lágrima se cae.

En la sala 3 el aire se corta con un cuchillo. En la pantalla está Migas de pan, de Manane Rodríguez, que cuenta la historia de un grupo de presas políticas de la dictadura. Es una película cruda, de esas que duele ver. Las escenas de tortura generan impotencia. La vida de las presas en Punta de Rieles, profunda tristeza.

El film, protagonizado por Cecilia Roth, Justina Bustos, y Margarita Musto (y con un sorpresivo papel muy secundario del exsubsecretario de Salud Pública, Miguel Fernández Galeano), cae en algunos lugares comunes de las películas que retratan esta época, pero ayuda mucho en reconstruir parte de un pasado ya no tan reciente que sigue ahí. Es imposible no trazar unas cuantas similitudes con la mítica película argentina La noche de los lápices.

Unos días antes leí Gavazzo. Sin piedad, de Leonardo Haberkorn. Es un libro casi adictivo, que se consume en apenas un rato. El autor intercala el testimonio de José Nino Gavazzo con las historias de los militantes tupamaros Roberto Gomensoro Josman y Eduardo Pérez Silveira, el gordo Marcos.

Uno se queda con ganas de conocer más de la mente perversa de Gavazzo (Haberkorn cuenta que en un momento el militar decidió cortar con las entrevistas que le venía concediendo) pero lo que hay ya es suficiente. Son particularmente significativas -y diría que tragicómicas- las evaluaciones que los superiores hacen de la labor de Gavazzo en su legajo y que el autor reseña en el libro.

Migas de pan y Gavazzo. Sin piedad son dos aportes para entender un poco más lo que pasó en aquella época, más aún para quienes no la vivimos o apenas tenemos vagos recuerdos del final de la dictadura.

Algunos dirán que es llover sobre mojado, que ya todo se sabe, que hay que mirar hacia adelante. Yo estoy en la vereda de enfrente: soy de los que creen que es casi un deber que sigan apareciendo películas y libros que miren hacia atrás. Porque para construir el futuro también hay que saber de dónde venimos, aunque suene a eslogan trillado.

De hecho, me parece un debate hasta ridículo. ¿O acaso alguien cree que está mal recordar lo que sucedió en la Alemania nazi o la España franquista?

En algo de eso venía pensando mientras en el shopping los chiquilines entran a la sala 6 cargados de pop y refrescos y yo los intento esquivar, como puedo y con el ánimo aún un poco cascoteado.


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