Desvíos y traspiés ministeriales

La designación de María Julia Muñoz como ministra de Educación conllevaba dos responsabilidades básicas

La designación de María Julia Muñoz como ministra de Educación y Cultura conllevaba dos responsabilidades básicas. Una era contener los excesos huelguísticos de sindicatos docentes, especialmente en Secundaria, que hicieron trizas el período lectivo del año anterior. La otra era propulsar la aplicación del ADN de la enseñanza pública, anunciado por el presidente Tabaré Vázquez como comienzo de la reforma que el sistema necesita. En más de un año de función no ha cumplido ninguno de esos objetivos. Los sindicatos mantienen impunemente su obstruccionismo. Ha dejado en blanco a Vázquez sobre el ADN. Y ha caído en el destrato verbal e injusto a las dos personas que llevó al ministerio para ayudarla a concretar los planes presidenciales.

Degradó el plan reformista de Vázquez al limitar el ADN apenas a que más liceales terminen el ciclo básico. El presidente lo había presentado como un conjunto de cambios drásticos para sacar a la educación pública de su marasmo. Incluían, entre otras medidas, unificar los ciclos de Primaria y Secundaria para evitar el actual salto abrupto de uno a otro, que induce un alto nivel de repeticiones y deserciones. Pero en extensas declaraciones a Búsqueda sostuvo ahora que “la apuesta del cambio de ADN” consiste en que “todos los muchachos que salen de la escuela se queden en la enseñanza media”. Ni noticias de las reformas de fondo que el presidente prometió y para las que nombró a Muñoz.

Para concretarlas, la ministra llevó inicialmente consigo a dos técnicos de confianza del presidente. Fernando Filgueiras asumió como subsecretario y Juan Pedro Mir como director de Educación. Filgueiras enfrentó desde el comienzo la oposición del inefectivo presidente de ANEP, Wilson Netto, que hasta amenazó a la ministra con retirarse de una reunión si el subsecretario seguía exponiendo los planes reformistas de Vázquez. Y Mir osó censurar públicamente las obstrucciones a esas reformas, por lo que inmediatamente removido. El resultado fue que ambos desaparecieron rápidamente del ministerio bajo el peso de una estructura de la educación pública que sigue hundiendo al país en un atraso pavoroso respecto al resto del mundo.

Acerca del profundo error oficial de desprenderse de los dos técnicos encargados de las reformas anunciadas por el presidente cayó, durante varios meses, un manto de silencio. Hasta que la ministra resolvió calificar a los colaboradores que ella misma había nombrado por recomendación presidencial. A Filgueiras lo trató mejor, diciendo solo que carecía de autoridad por ser “técnico y alejado”. Pero a Mir lo definió como un “resentido social” y lo descalificó por ser apenas “un maestro de sexto año de escuela”. El traspié verbal de Muñoz, luego ratificado en conferencia de prensa, que se agrega a los de gestión, provocó la previsible reacción airada de la Federación Uruguaya de Magisterio (FUM). Los maestros dijeron sentirse “indignados” por la peyorativa referencia ministerial a Mir por su condición de docente de Primaria y exigieron la renuncia de Muñoz. Igual demanda planteó el líder nacionalista Jorge Larrañaga. Es improbable que se concrete su salida, a menos que Vázquez reconozca el fracaso del programa reformista que le había encargado a la ministra y a los otros dos jerarcas principales de la cartera, antes de que quedaran por el camino de las disidencias internas en la conducción de la enseñanza pública. Hacer la plancha en cargos de gobierno no es nada nuevo. Pero por lo menos hay que hacerla con habilidad y decorosa prudencia.


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