Deja vú informativo
Nuestras oficinas públicas están invadidas por la variante más burocrática de mosca tse tse: de otra forma no se explica porqué nuestros ministros se duermen tanto en los laureles.
Mensaje error
07
2012
En la tapa de ayer hubo un recurso que pudo parecer autorreferencial, aunque la intención era otra bien distinta.
Debajo del título principal pusimos la imagen de la tapa de El Observador del 10 abril de 2012, donde se anunciaba un “plan de shock edilicio” para centros de estudios. El asunto es que ese plan nunca se aplicó y hoy los estudiantes están con un poco más de frío que hace tres meses. Ahora las autoridades de la educación anuncian que el inicio de las obras se aplazará hasta octubre, para cuando nuestros educandos anden de short.
La idea de repetir la tapa no era decir “lo dijimos primero”, sino más bien “perdón por volverles a dar una noticia repetida”.
Cada vez es más recurrente caer en una especie de deja vú a la hora de llevar a la tapa los anuncios de nuestros ministros. Y entonces se producen diálogos como el del lunes de noche:
-“¿Pero esto ya no lo dimos?”, preguntamos los que hacemos la tapa.
-“No, eso lo habían anunciado pero no lo hicieron”, dice con cierto fastidio el editor de la sección.
-¿Entonces, la noticia es que ahora lo van a hacer?”, pregunta el que tipea el título.
-“No, ahora decimos que lo postergan”, responde -ya definitivamente caliente- el editor en cuestión.
Es así como nos hemos acostumbrado en Uruguay a que nuestros ministros “posterguen” cosas que ni siquiera han hecho.
07
2012
La prensa y los políticos tiene un matrimonio disfuncional, de ahí que a cada una de las partes le cueste admitir cuando el otro tiene razón. Es una relación que no llega a los bifes pero que es rica en recelos. Sin embargo, fue evidente lo importante que es para el sistema que dos políticos como expresidente Tabaré Vázquez y el actual vicepresidente Danilo Astori pidan perdón por errores cometidos en la gestión de gobierno respecto a Pluna.
En un gremio habituado a echarle la culpa al que pasó, admitir un error es más que destacable. Incluso cuando el desgastado argumento de la “herencia maldita” sobrevoló en las cartas de disculpas de ambos, ayer no quedaban dudas de que el tema merecía un lugar en la tapa de El Observador, en especial después que sacamos cuentas y descubrimos que los actos de constricción son más bien raros en la política.
El antecedente inmediato tiene como protagonista al senador Luis Alberto Lacalle. Durante la pasada campaña electoral por la Presidencia de la república, el líder herrerista tuvo la mala idea de calificar como “sucucho” la casa en la que vivía su contrincante, el actual presidente José Mujica. En aquel entonces, Lacalle también pidió disculpas.
Pero hay que viajar una década en el tiempo, para encontrar a otro político que pidió perdón. Fue Jorge Batlle cuando dijo que “los argentinos son todos ladrones, del primero al último”. El no haber notado que la cámara de la cadena Bloomberg estaba encendida mientras lanzaba su diatriba, lo hizo acreedor a un viaje a Buenos Aires, a una conferencia de prensa televisada en vivo y hasta tuvo que incluir algún que otro puchero. Visto a la distancia y ante los dolores de cabeza que hemos coleccionado gracias a nuestros hermanos del Plata, hay quienes opinan que el expresidente se perdió una oportunidad histórica de quemar los puentes que después los propios argentinos cortaron.
En fin, a lo que quería ir es que ver pedir perdón a un político es más bien raro, pero sobre todo es honesto para con los ciudadanos y particularmente saludable para nuestra democracia. Claro que no hay disculpas que tapen las consecuencias de los errores, en especial cuando tienen más de seis ceros, pero sincera muchas cosas y hasta se puede decir que es un buen ejemplo, en especial a la hora de asumir responsabilidad.
Justamente la última palabra del párrafo anterior me lleva al lado crítico de este blog. Y tiene que ver con la vieja tradición de los políticos uruguayos de hacerse los sota, es decir el refinado arte de hacer como que no pasó nada.
Al contrario que con el caso de la disculpas, no hay que ir lejos para encontrar un ejemplo, de hecho una referencia de lo que menciono la encontramos en la misma tapa de hoy, apenas unos centímetros más debajo de la foto de Vázquez y Astori. Sí, es la nota ilustrada con la cara del Ministro de Salud Pública, Jorge Venegas.
El funcionario en cuestión salió ayer a los medios a decir que no hay otro brote de la bacteria resistente KPC. Lo grave no es que intente marearla ante cámaras sino que con sus dichos más que desmentir a la prensa, descalifica la opinión de los técnicos de su propia cartera. Ese tipo de actitudes no son saludables, ni para los ciudadanos, ni para el sistema, ni menos aún para el que se agarre la consabida bacteria. Obviamente, que el ministro no será responsable por los contagios futuros, pero sí lo será por la pérdida de confianza de la ciudadanía en la palabra de los funcionarios que llevan los hilos del Estado.
Aún cuando no exculpe, el pedido de perdón de un funcionario público siempre será bienvenido porque, mientras se reconozcan los errores, habrá posibilidad de perfeccionar las cosas. Hacerse el sota por TV puede darle a un funcionario la posibilidad de tener su propio reality pero no logrará desterrar la desconfianza, un mal que cuando se instala es más resistente que cualquier bacteria.
07
2012
En la tarde de ayer llegó a la redacción del diario un mail dirigido a la sección “Cartas del lector”. En la misma se contaban las penurias de un grupo de vecinos de Pocitos que son copropietarios de un edificio habitado por un conocido deportista, al que identificaban con nombre y apellido, que al parecer es demasiado dado a las fiestas.
Concretamente el problema que contaba la carta firmada por cinco copropietarios –debidamente identificados- era que el personaje en cuestión ponía el volumen de la música por el cielo y que reunía a una gran cantidad de personas –nada discretas según el relato- hasta altas horas de la mañana.
Los vecinos aclaraban que habían intentado hacer entrar en razón al nochero, que informaron a la Policía y afirmaban haber llegado al extremo de hablar con un abogado vinculado a la institución en cuyas filas revista el deportista.
La carta tenía todos los ingredientes para ser un éxito en la industria del boca a boca: el protagonista era una figura pública, había detalles sobre la vida de los famosos, tenía un enemigo al que todos despreciamos (el clásico vecino molesto) y un grupo de personas ignoradas por las autoridades.
Pero había un par de problemas en la misiva: infería demasiado sobre lo que ocurría dentro del departamento del personaje público, y producto de la indignación vertía una serie de duras descalificaciones personales.
La solución salomónica sería apelar al derecho que tiene el diario de editar las cartas que contengan pasajes agraviantes. Sin embargo, de haberlo hecho, al quitar esos fragmentos no se entendería bien de qué se quejaban los firmantes.
El debate entre los editores acerca de si publicábamos o no la carta fue intenso. Estaba claro que la vida de privadas de las personas debe ser preservada, aunque en este caso el asunto desbordaba lo que sucedía puertas adentro del departamento, porque, en definitiva, los vecinos se quejaban de que la música no los dejaba dormir. Otros entendían que el famoso era un tipo molesto pero que, sin embargo, no cometía ningún delito.
La discusión tomaba los más diversos rumbos, hasta que el editor del Fotografía hizo una pregunta pertinente: “¿Si fuera Juan Pérez lo publicaríamos?”. Y cuando dijo eso imaginé cuántas páginas tendría que crecer El Observador si nos viéramos obligados a publicar cada carta que llegue a la redacción reportando un conflicto entre vecinos.
Decidí no publicar la carta, aún siendo conciente de que hay posiciones bien fundamentadas en el sentido contrario.
Paso a argumentar. Me pareció que el gran sex appeal de la historia radicaba exclusivamente en el hecho de que el vecino molesto era una figura pública. Es cierto que la fama trae consigo obligaciones y responsabilidades, pero tampoco le revoca a los famosos el derecho a tener una vida privada, porque en definitiva el edificio no es un ámbito público –a ningún transeúnte se le ocurre meterse en un edificio para dar un paseo-. Por otra parte ser egoísta y maleducado, es altamente reprobable, pero tampoco configura un delito.
Entiendo que, por ahora, las páginas de los diarios no sustituyen las asambleas de copropietarios para atender estos problemas, ni están por encima de la Intendencia a la hora de solucionar conflictos por ruidos molestos. Una persona famosa, por impertinente que sea, también tiene derecho a su privacidad. Si un día los diarios dejan de respetar esta máxima, entonces servirán para otra cosa.
Simón Gómez es editor jefe de El Observador. @simondiceno Jimena Abad es editora de cierre de El Observador.
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