04

07

2012

Hasta dónde la fama merece ser un cuento

Una carta referida a las ruidosas fiestas organizadas por una figura pública desató en la redacción un debate sobre la vida privada de los famosos

En la tarde de ayer llegó a la redacción del diario un mail dirigido a la sección “Cartas del lector”. En la misma se contaban las penurias de un grupo de vecinos de Pocitos que son copropietarios de un edificio habitado por un conocido deportista, al que identificaban con nombre y apellido, que al parecer es demasiado dado a las fiestas.

Concretamente el problema que contaba la carta firmada por cinco copropietarios –debidamente identificados- era que el personaje en cuestión ponía el volumen de la música por el cielo y que reunía a una gran cantidad de personas –nada discretas según el relato- hasta altas horas de la mañana. 

Los vecinos aclaraban que habían intentado hacer entrar en razón al nochero, que informaron a la Policía y afirmaban haber llegado al extremo de hablar con un abogado vinculado a la institución en cuyas filas revista el deportista.

La carta tenía todos los ingredientes para ser un éxito en la industria del boca a boca: el protagonista era una figura pública, había detalles sobre la vida de los famosos, tenía un enemigo al que todos despreciamos (el clásico vecino molesto) y  un grupo de personas ignoradas por las autoridades. 

Pero había un par de problemas en la misiva: infería demasiado sobre lo que ocurría dentro del departamento del personaje público, y producto de la indignación vertía una serie de duras descalificaciones personales.

La solución salomónica sería apelar al derecho que tiene el diario de editar las cartas que contengan pasajes agraviantes. Sin embargo, de haberlo hecho, al quitar esos fragmentos no se entendería bien de qué se quejaban los firmantes. 

El debate entre los editores acerca de si publicábamos o no la carta fue intenso. Estaba claro que la vida de privadas de las personas debe ser preservada, aunque en este caso el asunto desbordaba lo que sucedía puertas adentro del departamento, porque, en definitiva, los vecinos se quejaban de que la música no los dejaba dormir. Otros entendían que el famoso era un tipo molesto pero que, sin embargo, no cometía ningún delito. 

La discusión tomaba los más diversos rumbos, hasta que el editor del Fotografía hizo una pregunta pertinente:  “¿Si fuera Juan Pérez lo publicaríamos?”. Y cuando dijo eso imaginé cuántas páginas tendría que crecer  El Observador si nos viéramos obligados a publicar cada carta que llegue a la redacción reportando un conflicto entre vecinos.


Decidí no publicar la carta, aún siendo conciente de que hay posiciones bien fundamentadas en el sentido contrario. 

Paso a argumentar. Me pareció que el gran sex appeal de la historia radicaba exclusivamente en el hecho de que el vecino molesto era una figura pública. Es cierto que la fama trae consigo obligaciones y responsabilidades, pero tampoco le revoca a los famosos el derecho a tener una vida privada, porque en definitiva el edificio no es un ámbito público –a ningún transeúnte se le ocurre meterse en un edificio para dar un paseo-. Por otra parte ser egoísta y maleducado, es altamente reprobable, pero tampoco configura un delito. 

Entiendo que, por ahora, las páginas de los diarios no sustituyen las asambleas de copropietarios para atender estos problemas, ni están por encima de la Intendencia a la hora de solucionar conflictos por ruidos molestos. Una persona famosa, por impertinente que sea, también tiene derecho a su privacidad. Si un día los diarios dejan de respetar esta máxima, entonces servirán para otra cosa.

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2 Comentarios

  • Carlos Faldi - 08.07.2012 - 01:17 hs

    El tipo pierde su privacidad cuando sus ruidos y gritos invaden mi espacio. El suceso pasa a ser público y merece publicación y/o condena pública. Su derecho a "fiestear" es sagrado siempre y cuando lo haga en la playa o en el campo o en un teatro alquilado para ese propósito. Pero si lo hace en su casa sabiendo que va a molestar con ruidos y música fuerte a través de MIS paredes, entonces está invadiendo MI derecho a vivir en mi casa en paz. No importa si se llama Pepito, Alvaro Recoba o José Mujica. No tiene derecho a invadirme aunque tenga derecho a fiestear. Todo lo demás (publicar o no, editar o no, etc.) es caca de toro...

  • Amanda Guillén - 05.07.2012 - 17:55 hs

    Estimado Editor: Está muy bien vuestra postura, y no solo la respeto, la apoyo. El problema es la personalidad de Juan Perez y el famoso. En cuanto Juan Perez no se cree para nada mas que nadie y haciéndolo razonar se puede conducir a una conducta aceptable, tenemos al famoso que se cree más de lo que es gracias quizás a su fama, que su fama/dinero puede violar la libertad de los otros y que si es famoso/héroe, mancillar su nombre nadie puede. Acá está visto y por eso los apoyo, que el resto de copropietarios quiere darle una lección de humildad solamente humillándolo en público sin perder tiempo ni dinero en denuncias a la intendencia o poniendo un abogado para que sea expulsado del edificio. Quizás se lo tenga merecido -la humillación- y es preferible que recurran los copropietarios a una red social para tales efectos que a un periódico que no puede perder su credibilidad dejando de ser serios por inmiscuirse en temas "domésticos".

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