Diego Ruete: educocinero en acción

Intenso y decidido, utiliza la huerta y la cocina como herramientas educativas, es embajador de Food Revolution, y se ha convertido en uno de los referentes más visibles de la movida saludable en Uruguay


Hacer, hacer, hacer. Es el verbo que está en el ADN de Diego Ruete (41), con esa intensidad que brinda la constancia. Maestro preescolar y cocinero desde hace 20 años, es el creador de Petit Gourmet, una iniciativa para niños en la que utiliza la huerta y la cocina como herramientas educativas. Es uno de los 12 superembajadores del movimiento mundial Food Revolution, liderado por el chef británico Jamie Oliver, y uno de los fundadores de Huertas Comunitarias, que transforma espacios no aprovechados en lugares donde plantar y socializar. Un hombre de acción. Alguien que no se queda quieto, ni se ahoga en un vaso de agua. Y que, a pulmón, se ha convertido en una de las caras más visibles de la tendencia de lo saludable, que implica una lucha por un cambio de hábitos.

Pregona que cada escuela debería tener una huerta y una cocina que fueran consideradas como aulas de clase. La educocina, término acuñado por el propio Diego, implica, de una manera vivencial, la transmisión de conocimientos científicos (química, matemática, biología) y el desarrollo de habilidades motrices y sociales a través de la cocina. Por eso insiste en que es "más que una receta", como reza el eslogan de su emprendimiento.

En la web pueden verse videos de Petit Gourmet, donde queda claro el histrionismo de Diego y la hipnosis que ejerce sobre los niños. Cada uno con su tablita, cortan con cuchillo (el terror de los padres) y hacen desde pan de aceituna y tomate hasta la famosa tortilla voladora de espinaca.

En Viejo Pancho, en el corazón de Pocitos, la feria se despliega con todos sus gritos y colores, haciendo juego con los grafitis del muro de Petit Gourmet. Diego me abre el portón apartando a su perro. Es como entrar a un oasis. En la pequeña huerta se asoman unos tomatitos cherry que recién están tomando color. Diego se disculpa. Acaba de llegar de Cabo Polonio y solo ha podido limpiar un poco: "Esto es una selva, mirá el cedrón, se está cayendo".

En el vidrio de una de las ventanas hay escritos nombres de vegetales; con el huerto de fondo se forma una especie de cuadro indicador. En otra de las ventanas, unas minimacetas con tunitas enmarcan una cocina de las antiguas que no está de adorno.

Nos sentamos en la mesa larga donde los niños suelen hacer las preparaciones. Petit Gourmet está en silencio. No se escuchan las vocecitas ni las risas, como en tantos de los días de los últimos diez años. Pequeños delantales cuelgan de un perchero y hay fotos de los alumnos en una cartelera.

La segunda quincena de enero lo tiene preparando la colonia de vacaciones que llevará adelante en febrero, contratando personal para Petit Gourmet, contactando voluntarios para las acciones comunitarias, haciendo coleccionables para El Observador y juntando fuerzas para escribir un libro de recetas para niños que publicará a mediados de año.

Le pregunto cómo hace rendir el tiempo. Con sinceridad responde que no podría hacer todo lo que hace sin su mujer, Inés Marracos. Ella es cocinera autodidacta y la productora gastronómica de las aventuras que emprenden.

El camino a la primera huerta

La madre de Diego es educadora y un día le pidió que ayudara en el colegio en el que trabajaba. Tenía 16 años y fue así que descubrió una de sus vocaciones. Estudió educación preescolar y luego se inscribió en Ciencias de la Comunicación. "Hice solo primero; me filtró la teoría", reconoce. Necesitaba algo más, por lo que estudió cocina en el ITHU.

Luego hizo temporada en el Conrad de Punta del Este. Pasó allí el año nuevo del 2000, cocinando para el público en el salón. Estaba concentrado haciendo volar unos espaguetis, cuando vio que el actor Christopher Lambert, el de Highlander, le decía por señas que quería probar la pasta voladora.

Eran sus primeras armas en la cocina, pero ya se había dado cuenta de la dosis de show que implica. Y se fue a trabajar con Francis Mallmann, "el número uno del show y del marketing gastronómico".

Vivió y trabajó durante dos años en José Ignacio. Durante el año, Los Negros —el restaurante de Mallmann— abría solo de viernes a domingo, por lo que en la semana trabajaba en un colegio en Punta del Este. "Fue divino. Durante el año éramos cinco, y en verano unos 45, una locura. Mallmann estaba solo en verano. Es un crack, un salado", recuerda.

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De allí se fue a trabajar a Salvador de Bahía y a Irlanda, un lugar "divino cultural y paisajísticamente". Regresó a Uruguay para el casamiento de su hermano. Y en la fiesta conoció a la mujer de su vida.

Junto a Inés vivieron un año en Europa; el primer destino fue Canarias. En un pueblo repleto de turistas alemanes él se encargó de la cocina de un restaurante; ella, que hablaba alemán, de la atención en el salón, pero terminó convirtiéndose en su ayudante.

Luego llegó el turno de Ibiza, "una locura", y otras ciudades. Hablamos de lo enriquecedor que resulta viajar y de cómo contribuye a la apertura mental, no solo en materia profesional sino humana.

Diego se queda pensando y recuerda una anécdota. Estaba en España y era su primer día de trabajo en una gran casa que se alquilaba a grupos numerosos de turistas con el servicio de cocina incluido. Contaba con la asistencia de seis marroquíes; todos indocumentados como él. De repente los marroquíes desaparecieron. Hacía poco que había ocurrido el atentado terrorista en la estación de Atocha y el miedo se apoderó del cocinero. Buscó en cada rincón. Los encontró orando en el cuarto del motor de la piscina. "Les pedí que me avisaran antes de desaparecer así", comenta. "Desde ese día, uno de ellos, que era muy gracioso, me decía tomándome el pelo: 'Diego, gasta hoy todo tu dinero, folla mucho, porque a las 14:00 horas, bomba'", ríe imitando el acento.

A su regreso a Montevideo, empezó a trabajar en el colegio St. Brendan's, que se había mudado a una casa con un gran jardín. Era un hermoso espacio verde, hasta frutillas tenía en los canteros, pero los niños lo "detonaron" en un mes. Diego propuso hacer una huerta. "La tierra estaba divina, las plantas crecieron en forma explosiva. Esos chicos están hoy cumpliendo 16 años y no se olvidan más", sonríe.

Esa fue su primera huerta. La pasión por las plantas la heredó de su padre. Recuerda el tiempo que les dedicaba, y cómo de niño, "de rebote, siempre estaba mamando cómo cuidarlas".

Diego aprovechaba para cocinar junto con los niños lo que se cosechaba. Un grupo le pidió ir por más y armó un taller en su casa. Eran seis los chicos que iban después de clase y así fue como se inició Petit Gourmet. Se fueron sumando pequeños y propuestas; y se mudaron a la casa de Viejo Pancho. Me muestra que el taller era un cuarto, y como "quedó chico al toque", debieron agrandarlo hasta unirlo con la casa donde vive con su familia. Ahora están pensando en que la familia se mude y que esa casa sea un centro de educocina, que también albergue actividades con empresas, adultos y adolescentes.

Resolver situaciones

Ha logrado vivir de sus pasiones. Asegura que trabaja "un montón". Todo el tiempo están surgiendo cosas. Aunque tiene un equipo, que incluye una persona para el área comercial y otra para la asesoría pedagógica, hay momentos en los que se ve desbordado.

Me muestra una cartulina. Escritas a mano, pueden verse todas las actividades de Petit Gourmet y los nombres de los colaboradores. En la parte inferior hay dibujos de sus hijas Lola y Juana.

Además de los talleres para niños que realiza en Viejo Pancho, otros a pedido de colegios, y la "guardería de cocina" en la tienda de uniformes Boomerang, Diego ofrece clases de arte y cocina junto con Infantozzi Materiales. Además tiene como clientes fijos al Ivy Thomas, Montevideo College y el jardín 216 de Parque Rodó. Una vez por semana prepara junto con los niños el almuerzo para todo el colegio. La actividad en el 216 es financiada por la comisión de padres. "Es algo que hago honorariamente pero mi equipo no. A la gente le tengo que pagar", explica.

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Desde junio realiza talleres con Teletón, financiados por Abitab. También lleva adelante un Kid Club en una sinagoga. Allí todo es kosher, es decir, elaborado de acuerdo a las estrictas reglas de la religión judía. Esto le impide realizar varias cosas como prender fuego y llevar utensilios propios.

Con Inés hace tres años que trabajan para una consultora que utiliza la cocina como herramienta para team building y comunicación interna. Otros clientes son instituciones de salud como el Hospital Británico o MP, que se dan cuenta de que impulsar la prevención es negocio.

Diego dedica tiempo a las redes sociales; las considera fundamentales. Es él en general el que saca las fotos y se encarga de algunos de los videos. Le encanta la fotografía y lo audiovisual. No tiene una cámara, todo lo hace con el Iphone. Sabe que la clave no es la cámara, sino la creatividad.

Delega la mayoría de la contestación de mails y deriva las solicitudes de amistad en su Facebook al de Petit Gourmet. Pero es inevitable que le lleguen mensajes directos, incluso a su celular. Gran parte son de educadores que buscan trabajar con él.

"No me importa el currículum. Lo que necesito es gente proactiva que sepa resolver situaciones. Si además es cocinero y maestro, mejor", deja en claro. Muchos de sus colaboradores han sido voluntarios de Huertas Comunitarias o Food Revolution. Allí los conoce trabajando a la par.

Lo han llamado de multinacionales de alimentos y bebidas para ofrecerle ser la cara de sus productos pero los rechaza por ser patrocinadores que no van con su filosofía. "Les he dicho que si quieren los ayudo a empezar a elaborar productos saludables. Ahora estoy trabajando con (la empresa de productos naturales) Delatierra. Tengo que ser coherente, porque es mi capital", explica.

El ingrediente extra

Las actividades en Petit Gourmet son divertidas pero esconden una batalla a brazo partido. "Nos cuesta mucho incorporar vegetales, pero vamos ganando comensales. Al niño le divierte mucho cocinar pero a la hora de comer le servís ensalada y dice que no", comenta. Está convencido de que hay que seguir "metiendo marketing" y batallando contra las empresas de alimentos ultraprocesados que son "casi imbatibles".

Su hablar es pausado pero firme. Suele repetir algunas palabras, de esa forma las refuerza, casi que las saborea.

Todo lo que hace con los niños parece ir a contracorriente del desarrollo tecnológico que hoy abunda. Diego concuerda: quiere niños con los pies y las manos en la tierra.

"Los padres desconectados (de la naturaleza y lo saludable) son la principal causa de niños desconectados. Los padres usan la comida como un recurso, igual que la computadora: no me molestes, comé, no me molestes, jugá a la computadora, no me molestes, mirá la tele, quiero paz", argumenta.

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Hasta el momento la conversación había sido matizada con algún sonido, de los que Diego estaba pendiente, sin desatender mis preguntas. Terminaban siendo ruidos de la feria o del perro. Pero hacia la mitad de la charla me di cuenta de qué era lo que Diego estaba esperando: la llegada de su mujer y sus dos niñas. Lola y Juana corren a abrazar a su padre y desaparecen.

Con una sonrisa, Inés acomoda cosas en la cocina, al tiempo que se entera acerca de qué trata la conversación. A ella le impresiona la desconexión de algunos adultos. "Los niños tienen toda una vida para aprender. Pero no se puede creer que un adulto mande una milanesa cruda en la vianda de un niño. O que nunca haya visto plantar nada", comenta.

Diego subraya que la educocina, además de hacerles conocer el origen de los alimentos y probarlos ("hay niños que se creen que el sabor de la frutilla es el del yogur"), ejercita a los pequeños en hábitos como el de la paciencia y la tolerancia. Le resulta gratificante recibir fotografías de niños abrazados a sus plantas de tomates.

Disfruta las pequeñas batallas ganadas. Como un día en que estaban haciendo un licuado de frutas con remolacha. Una de las niñas lo estaba tomando y un varón le dijo que era un asco. Para satisfacción del maestro, la niña respondió: "Pensaba lo mismo y ya me tomé dos vasos".

Al final de cada almuerzo, los niños indican en un dibujo con un punto verde todo lo que probaron o comieron. Con el tiempo los puntos verdes van en aumento, y son información valiosa para los padres.

"La tortilla voladora tiene 99% de efectividad cuando la hago yo con ellos. Les doy la receta y se la llevan. Pero los padres me escriben porque en la casa no quieren comerla. Les respondo que le metan onda. El ingrediente extra es hacerlos participar, hacerlo divertido. No es magia", apunta.

Le consulto si la tendencia de retornar a lo natural será una moda pasajera. "Ojalá que no", responde. Sabe de muchos padres que están preocupados; pero lo que le resulta fundamental es que lo estén las instituciones educativas: "Todo empieza con la directora, se lo tiene que inculcar a la maestra, y esta a los niños y los niños a los padres. Los padres empiezan a notar un cambio, ven los aspectos positivos, y se vuelven conscientes".

Revolución comunitaria

Con Huertas Comunitarias Montevideo y como embajador de Food Revolution ha tenido mucha prensa, pero no ha logrado conseguir patrocinadores. Esta es otra batalla, y ya lleva años. "Siempre estoy buscando espónsores que me ayuden a ayudar, porque en definitiva es eso", dice con firmeza.

Con Food Revolution hace los mismos talleres que con Petit Gourmet pero en forma gratuita. "Hace cinco años que voy a escuelas públicas a cocinar gratis. Es mi tiempo, mi nafta, mis utensilios, a veces, hasta pago los ingredientes. Pero siempre estoy buscando quien se haga cargo de esos gastos", comenta en referencia a la posibilidad de que una compañía financie la educocina como parte de su estrategia publicitaria. Le gustaría ir más al interior y está conversando con una empresa que podría apoyarlo, pero todavía no se ha concretado.

Me resulta extraño que no haya más empresas que quieran vincularse a estas iniciativas. Diego tampoco entiende cómo no se ve el potencial. "En esa parte se ve que soy de terror. Hay algo que hago mal o que no hago", dice a modo de autocrítica.

Food Revolution es una "increíble" red mundial en la que están conectados quienes se preocupan por la educación y la cocina. "No hay muchos que hagan lo que yo hago. Me nombraron superembajador, somos doce en todo el mundo. Hay otros 1.200 que son embajadores", explica. ¿Cómo funciona? "Se ponen desafíos a cumplir por mes". Le consulto si aprovecha la red, si se contacta con gente interesante. "En realidad la gente se contacta conmigo, me llaman de todas partes", ríe.

Ha sido invitado a dar charlas en ciudades como Santiago o Lima, pero increíblemente aún no ha ido a Buenos Aires con Food Revolution. Y, como todo en su vida, en la charla los roles se entremezclan y habla también de Petit Gourmet. "No sé cómo no tengo un Petit Gourmet en Buenos Aires todavía, es un mercado enorme. Tengo familia allá que me insiste. No tengo tiempo, pero está en mi cabeza", reconoce.

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A esta altura, queda más que claro que Diego no pide permiso, pasa directamente a la acción. Fue lo que pasó con Huertas Comunitarias Montevideo. Un día, su amiga Inés Velazco le propuso generar una huerta en una casa de Cordón, que le prestaban mientras estaba en venta. Diego creó una página en Facebook e invitó a participar. En dos semanas eran 250 voluntarios. Se fueron sumando huertas en otros barrios. Hoy son casi 11.000 los seguidores en Facebook. Perdieron la "huerta madre", porque la casa se vendió, pero se presentaron al concurso "Patricia por la Naturaleza" y quedaron como uno de los tres finalistas entre 150 iniciativas. Los $ 50.000 del premio lo destinaron a los gastos de convertirse en una asociación civil.

"Se trata de aprovechar el espacio no solo para plantar sino para convivir, que es tan importante como el tomate que se cosecha. Se reúne gente de todo tipo, de todas las edades, y los vecinos vuelven a charlar entre sí. Esta experiencia comunitaria permite aprender y luego replicar en casa. Es genial", señala.

La movida más reciente de Huertas Comunitarias es trabajar con presos de la cárcel de Canelones. A fin de año, 120 plantines de tomates que nacieron en prisión fueron obsequiados a escolares. A Diego esas cosas le impresionan. Es una de las razones por las que brinda su tiempo. Porque, aclara, aparte de placer y gratificación, estas actividades no le dejan ni un peso. "No es un beneficio para nosotros, es para todos", insiste.

Mirando la huerta de Petit Gourmet, volvemos a hablar del "paraíso" de Cabo Polonio, de la tranquilidad de que sus hijas vayan solas al almacén y del placer de comer mejillones tres días seguidos. "Es fantástico procurarte tu comida. Que pueda existir eso naturalmente es genial", valora. Tiene decidido que en la próxima temporada hará talleres de cocina en el Polonio.

En la huerta de Petit Gourmet las zanahorias son las vedetes. Su cosecha es el deleite de los chicos. Ahora están dando semillas. Diego mira el cedrón. Hay que hacer algo con esas ramas, sin duda, sentencia.

Mejor la paz mental

A Diego Ruete le llueven propuestas de canales de televisión. Le ofrecen programas en vivo ("todos los días y por tres pesos") o ser panelista ("sin cobrar, porque da visibilidad), pero él no acepta. "Prefiero hacer lo que me gusta, no hacerlo todos los días como una rutina, ni tener que ir a sonreír a la cámara en vivo. No, prefiero mi paz mental. No es mucha, pero la prefiero", ríe.

Innovación en Doha

El año pasado, Diego Ruete dio una charla en la World Innovation Summit for Education en Doha. De una hora de duración, la presentación puede encontrarse en Youtube. Diego explica que lo primero es enseñar el respeto hacia la tierra, y que involucrar a los niños y a los educadores en el círculo de la vida a través de las plantas es una forma coherente de comprometerlos en los siguientes pasos hacia hábitos saludables.



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