Diez minutos que deberían durar para siempre

De cómo una simple actividad con mi hijo celebrando el día del padre en su escuela me dio una piña en la cara

En el medio del estrés de un día cualquiera tuve que ir a la celebración del día del padre que la escuelita de mi hijo organizó. Mis expectativas, tal vez un tanto bajas unos días antes, subieron cuando Felipe me contó antes de dejarlo que habían organizado algunas sorpresas. 

A medida que pasó el día me fui emocionando un poco más por el hecho hasta que finalmente dejé todo de lado y me dispuse a llegar en hora al evento.

Seguramente más por amor que por cualquier otra cosa -en esto gracias a Dios los uruguayos no somos desprolijos- no hubo un padre que llegara tarde. La cita era a las 16:00 y un papá que llegó 16:01 pidió disculpas por la hora. ¡De qué puntualidad inglesa me hablan muchachos!

En esa previa de padres puntuales esperando para entrar se dan situaciones interesantes. Uno da con el progenitor del nene que es amigo de tu hijo de tres años del que habla todo el tiempo, también con el del que no es tan amigo, del que le “pega” y no lo deja usar la moto del patio... Y también con el padre de la nena preciosa que el niño dice que es su amiga. Cada padre, por supuesto, tiene su estilo: hay de traje y corbata, otros van de sport, los hay incluso de jogging y hay, claro, algún barbudo un poco desprolijo, más viejos y más jóvenes. 

Lo que hay, que no varía entre ninguno de los que participan en la actividad, padres, hijos y maestras, es nervios. Parados ahí, todos, de alguna manera u otra estamos ahogados por la expectativa de encontrarnos con lo más importante de nuestras vidas en un territorio que no es común para reunirnos.

Finalmente nos dejan pasar. Como yo estaba atrás en la fila, me preocupé porque Felipe me viera rápido. No quería que pensara ni un segundo que no estaba, que demoraría, ni nada por el estilo mientras que los otros nenes saludaban a sus padres. Cuando nos vimos, por supuesto, corrimos para abrazarnos y besarnos.

Así entonces, comenzaron unos 50 minutos que para mí serán inolvidables. Éramos unos 20 hombres, 10 mayores de 28 y 10 menores de cuatro, tres maestras, una habitación con distintas propuestas y música alegre de niños preciosos, inocentes y buenos por encima de todas las cosas.

La actividad central consistió en fabricar un títere en una bolsa de papel con cascola, telas, botones y lana. La prolijidad para trabajos de este tipo nunca fueron un fuerte en mi vida (Dibujo de cuarto fue aprobada por mi madre con mi presencia en el aula. Si está leyendo esto, perdón profe: mire que después Secundaria me certificó por mis problemas motrices).

A pesar de mis falencias me divertí muchísimo. De lado quedaron todas las responsabilidades, los artículos, las visitas en la web que trabajo, los proyectos… Es decir: hice lo que todos profesan que debemos hacer pero nunca hacemos: disfrutar del momento. No me preocupé por el resultado, por la belleza del títere, me preocupé de hacer lo que me hiciera feliz cada segundo. E increíblemente me salió bien –me refiero a eso de sentir felicidad, no al títere-.

Felipe quería poner cascola en cualquier lado y no me importó que lo hiciera; pegamos tela, lana, botones y otras cosas en un muñequito que siempre recordaré como una lección. Hay que vivir más de esta manera, algo que mi trastorno por ansiedad no me permite, por siempre estar pensando en qué pasará, o lo que vendrá.

Cuando nos fuimos agradecí a las maestras pero seguramente no lo suficiente como para reflejar la verdadera gratitud que siento por haber creado el entorno necesario para que, por 10 minutos al menos, sea consciente de lo feliz que soy.


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