Difícil lidia con Brasil

Uruguay no puede prescindir de Brasil, que sigue siendo nuestro segundo mercado principal de exportación después de China

En 1825 nos separamos políticamente de Brasil en una proclama independentista, con la idea de ser vecinos amistosos y sacar provecho comercial de esa cercanía. Pero casi dos siglos después las relaciones comerciales con nuestro gran vecino no terminan de asentarse. Incluso Brasil actúa a veces de forma poco amistosa, como si quisiera cobrarse cuentas. Algunas tal vez vienen de otras épocas. Otras son más recientes, como la generada por la imprevisora defensa del Frente Amplio a la destituida presidenta Dilma Rousseff. Otras veces serán producto de intereses divergentes. Se evidenció a raíz del freno brasileño a un tratado de libre comercio de Uruguay o del Mercosur con Corea del Sur, como había hecho antes en igual curso con China. El ministro de Agricultura, Blairo Maggi, le propuso sin ambages al gobierno surcoreano que deje de comprarle carne a Uruguay y compre la de Brasil si quiere acceder a un mercado más vasto para sus automóviles y todo tipo de electrodomésticos.

Es comprensible que el gobierno del presidente Michel Temer utilice todos los recursos a su alcance para sacar al país de dos años de la peor recesión de su historia. Ya puso en marcha una drástica reforma laboral y programa igual curso con la seguridad social para abatir el desmesurado gasto público de sus antecesores del izquierdista Partido de los Trabajadores. Con el objetivo de recaudar US$ 14.000 millones, ha lanzado un vasto programa de privatización de 57 empresas públicas que incluyen yacimientos petrolíferos, complejos eléctricos, carreteras, el aeropuerto Congonhas de San Pablo, la Casa de la Moneda y la lotería nacional.

Ahora cierra la puerta a un tratado de libre comercio con Corea del Sur, que se empezó a negociar en 2005 pero que recién tomó fuerza últimamente. Argentina, Paraguay y Uruguay son partidarios del acuerdo pero Brasil remolonea, preocupado por la posible inundación de productos surcoreanos de bajo precio que compitan ventajosamente con la producción local. Prefiere limitarse a venderle carne, soja y otros rubros del agro, en expreso detrimento de las exportaciones uruguayas, ofreciéndole a cambio la zanahoria de ingresar al mercado brasileño de 200 millones de personas, aunque con restricciones arancelarias. La administración Temer había tomado igual curso proteccionista sobre un TLC con China, que el presidente Tabaré Vázquez anunció primero como acuerdo bilateral con Uruguay y que luego ni siquiera caminó con el Mercosur en su conjunto.

La posición brasileña es un severo golpe a la política de nuestro gobierno de mayor penetración en los atrayentes mercados asiáticos, a través de asociación con la Alianza del Pacífico, que integran Chile, Perú, Colombia y México. Uruguay no puede prescindir de Brasil, que sigue siendo nuestro segundo mercado principal de exportación después de China. Tampoco puede abandonar el Mercosur. Sería una deseable corrección del error de haber alentado su formación hace un cuarto de siglo en la ingenua creencia de que era posible una unión aduanera y zona de libre comercio con economías asimétricas y el dominio del eje Argentina-Brasil. Pero es imposible hacerlo sin deteriorar el comercio exterior y otros vínculos económicos esenciales con ambos vecinos. Solo nos queda la necesidad de que la administración Vázquez trate de asegurar la buena voluntad del gobierno brasileño, enmendando su error de haber generado gratuitamente enemistad con costosas simpatías ideológicas de su bancada parlamentaria.


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El Observador

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