Dioses de Egipto es un espectacular desastre

El cine más somnífero de Hollywood se manifiesta de forma bizarra en este ostentoso drama entre deidades y monstruos

En la última ceremonia de los premios Oscar, la Academia intentó rectificar la falta de diversidad racial en sus nominaciones a través del monólogo de su anfitrión, Chris Rock, así como de varios segmentos dedicados a la polémica. La entrega y los cambios internos de la organización anunciados previamente fueron vistos por la comunidad afroamericana de Hollywood como los primeros pasos para generar una industria más inclusiva. La película Dioses de Egipto, por su parte, llegó al cine en el peor momento posible de esa discusión.

Protagonizada por Gerard Butler, Nikolaj Coster-Waldau y Geoffrey Rush, antes de su estreno el filme fue muy criticado por haber contratado a actores blancos para interpretar a personajes egipcios, algo que también se repite con el elenco secundario. Previo a su estreno, el director Alex Proyas y el estudio Lionsgate publicaron disculpas oficiales por estas elecciones. "El proceso de elegir el reparto de una película tiene variables muy complicadas, pero es claro que nuestras elecciones podrían haber sido más diversas. Sinceramente me disculpo a los que se ofendieron por las decisiones que tomé", escribió Proyas.

Más allá del problema racial que muy seguramente no afectará la recepción de la película en Uruguay, el cineasta también debería haber emitido una disculpa adyacente por haber confeccionado una de las películas más insulsas en lo que va de 2016. Dioses, mortales y monstruos se mezclan en un relato de pretensiones épicas que, al final de dos estiradas horas de metraje, concluye en una película de puro estilo y poca sustancia.

La revisión de Hollywood de las mitologías antiguas ha tenido en el pasado resultados más divertidos como La momia (1999) y más recientemente las películas de Duelo de titanes (2010 y 2012). En Dioses de Egipto la diversión es reemplazada por la ostentación de paisajes históricos generados por computadora, efectos especiales desparejos y un grupo de actores cuya única dirección parece haber sido gritar más fuerte.

El relato inicia cuando el dios Set (Butler) decide proclamarse rey de Egipto, quitándole los ojos y exiliando a su sobrino Horus (Coster-Waldau) en el proceso. Una pareja de mortales interpretada por los carismáticos jóvenes actores Brenton Thwaites y Courtney Eaton idean un plan para recuperar los ojos de Horus y darle la fortaleza para derrocar a Set, quien se ha convertido en un tirano que ha esclavizado a Egipto y condenado a sus dioses.

El problema es que esa premisa prometedora de un espectáculo dramático se termina asimilando más a un videojuego muy costoso que a una superproducción de Hollywood.

Por ejemplo, los dioses son representados como seres antropomórficos de mayor tamaño que los humanos, pero ese recurso es pocas veces explotado a lo largo del filme y, en cambio, es remplazado por una edición que quiere hacer creer que dos personajes están conversando en el mismo espacio. Además, estos dioses pueden transformarse en monstruos voladores metálicos que lanzan rayos, un elemento que parece agregado para cautivar al adolescente más distraído.

Parte del gran problema de Dioses de Egipto es que jamás establece sus propias reglas narrativas y explica cómo funciona este mundo de dioses hechos figuras de acción. Los enemigos, los laberintos y los monstruos que los protagonistas van enfrentando se vuelven cada vez más complejos, y a su vez cada vez más fáciles de derrotar. No hay peligro alguno que se perciba como real para los personajes. El mayor reto de Dioses de Egipto es mantenerse despierto durante la película lo máximo posible.

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