Dioses y hombres con coronas de laureles

Olympia fue la película que filmó hace 80 años la directora alemana Leni Riefensthal sobre los Juegos Olímpicos de Berlín; es una muestra soberbia de plasticidad, lenguaje audiovisual y avances técnicos que se utilizan hasta hoy
Maravillosa y horripilante. Con esos dos adjetivos opuestos un documental de casi cuatro horas definió la longeva vida de la directora de cine alemana Leni Riefensthal. Nacida en 1902, esta talentosa y polémica mujer murió en 2003, a los 101 años de edad.

En 1936, Riefensthal, que ya había protagonizado muchas películas como heroína escaladora en los Alpes y también el documental sobre el mitin nazi de Nuremberg El triunfo de la voluntad, recibió el encargo de Adolf Hitler de registrar los Juegos Olímpicos de Berlín. Era una oportunidad de mostrarle al mundo las virtudes de Alemania y la calidad de sus atletas.

Rienfesthal aceptó el encargo y concibió una película de honda significación simbólica.Imbuida de un espíritu pagano tan griego como alemán, viajó hasta Grecia para filmar el prólogo de la película que titularía Olympia y estrenaría dos años después, en 1938, para el cumpleaños del Führer.

La película comienza con las ruinas de los templos griegos, con la perfección del cuerpo humano reflejado en las estatuas clásicas. De pronto, las estatuas cobran vida y movimiento. Lanzan discos, jabalinas, corren, rinden tributo al sol, al agua y al fuego: la naturaleza y los elementos en plena armonía con el hombre, que los domina, los utiliza y luego agradece. La antorcha atraviesa un mapa hasta que llega a Berlín, penetra en el estadio y el resplandor de la llama olímpica se funde con el sol: planos aéreos El nivel lírico es extremo y la sutileza visual con que Riefensthal narra es emotiva.

Luego viene la fiesta del cuerpo. Los atletas, hombres y mujeres, compiten como nunca se los había visto antes. Riefensthal y su operador de cámara, Paul Holzki, crearon y diseñaron la forma en que hasta hoy vemos los Juegos Olímpicos. No solo porque realizaron la primera película documental sobre los juegos, sino porque también innovaron en la manera de filmar cada disciplina. Crearon rieles al costado de las pistas para filmar en traveling a los corredores. Cavaron pozos junto a las varas de salto alto y garrocha para poder captar mejor los movimientos de los competidores. Utilizaron primeros planos, detalles y sobre todo una maestría suprema en la cámara lenta, lo que le da a Olympia una vigencia magnífica. En el montaje también se destaca el uso de los cortes, por ejemplo, en la secuencia de los saltos ornamentales en piscina. Los clavadistas se lanzan al vacío y luego de sus estilizados torniquetes, la imagen monta al siguiente competidor, por lo que los cuerpos nunca terminan de caer al agua. Otro elemento que atrajo la mirada de los documentalistas fue la sombra de los atletas, genial en la secuencia de la esgrima.

Hay, por supuesto, una lectura política de la película. Si bien son explícitas las referencias a Hitler en el palco del estadio, a las victorias de los atletas alemanes y de países amigos, como Italia y Japón, también es relevante la cobertura de las sucesivas victorias del atleta negro estadounidense Jesse Owens, un auténtico Usain Bolt de la década de 1930, que se adueñó de buena parte de los récords en velocidad en esos juegos y obtuvo varias medallas de oro.

En la inauguración se lanzan centenares de palomas al cielo de Berlín y es inevitable pensar en esas formas como los centenares de aviones de guerra que unos años después tendrán otro papel, muy alejada de la paz representada, sobre el mismo cielo. Después de la guerra, Riefensthal representaba lo peor del nazismo en el cine y casi no pudo filmar en su país, quedando para siempre envuelta en la polémica de su colaboración.

En tiempos de juegos, ver Olympia es una buena forma de homenajear a una mujer en muchos sentidos infame, que forjó los ojos de millones en las décadas siguientes a base de talento y cine del grande. l


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