Diplomacia incoherente e ingenua

El gobierno fue renuente a censurar la dictadura de Nicolás Maduro, pero aceptó que se la suspendiera del Mercosur

La diplomacia uruguaya en torno a Venezuela oscila entre la incoherencia y la ingenuidad. El restablecimiento de contactos directos entre los cancilleres, informado por el ministro Rodolfo Nin Novoa durante la interpelación el miércoles, es otro de los muchos que ha tenido el gobierno sobre el tema. Primero, fue renuente a censurar la dictadura de Nicolás Maduro, después aceptó que se la suspendiera del Mercosur, luego el presidente Tabaré Vázquez argumentó en Alemania la ilusión de que en Venezuela hay democracia y remoloneó con acompañar a los otros tres socios fundadores del bloque en ir más lejos.

Pero poco tiempo atrás le bajó el telón a Maduro cuando su desenfreno lo llevó a insultar a nuestro canciller, acusándolo de complotar con Estados Unidos para derrocarlo. Vázquez anunció que el gobierno cortaba todo contacto con el régimen caraqueño mientras Maduro no se disculpara pública y oficialmente. Pese a que la disculpa jamás llegó, Nin Novoa informó en el Parlamento que ya había restablecido contactos con la canciller venezolana, porque había optado por “olvidar alguna ofensa” recibida de Maduro. Pero la ofensa no fue a nuestro canciller sino al gobierno y al país, como lo había dejado en claro Vázquez. Por lo tanto no se trata de que Nin Novoa olvide un insulto personal. Lo que ha ocurrido es que el gobierno renegó de una firme posición encomiable que había asumido en defensa de la dignidad de Uruguay.

Agrava esta situación el endeble intento de justificar el nuevo cambio de política para “ayudar y facilitar el diálogo”, como dijo Nin Novoa. Informó que esta cambiante posición del gobierno se tomó para incorporarse a otros cinco países en un intento de asegurar un diálogo conciliador entre Maduro y la oposición. Pero las naciones en cuestión son cinco pequeños Estados centroamericanos y caribeños, cuyo peso conjunto para influir sobre Maduro es insignificante. Es ilusorio pensar que la meta de restablecer el estado de derecho y el respeto a los derechos humanos, en la que han fracasado el papa Francisco y prominentes personalidades de la región y de Europa, pueda ser alcanzada por la Nicaragua bolivariana de Daniel Ortega, las Granadinas, San Vicente, El Salvador y República Dominicana, más Uruguay.

Por otra parte, el diálogo ya ha demostrado ser imposible debido a la intransigencia de Maduro ante los fundados reclamos de la oposición y de gran parte del mundo democrático. Lo único que aceptan el pequeño dictador y la estructura militar que lo mantiene en el poder es perpetuar un régimen abiertamente dictatorial, rechazando de plano restaurar la desaparecida división de poderes, liberar a los presos políticos recluidos en instalaciones militares luego de juicios sumarios o sin juicio, y fijar elecciones que ya están pasadas de fecha de convocatoria. Ante esta situación imposible de conciliar, es hacerse trampas al solitario pensar que seis países de ínfimo peso puedan persuadir a Maduro de abandonar el absolutismo que ha hundido a Venezuela y condenado a su pueblo desde hace casi dos décadas a una creciente miseria y a la represión de las libertades fundamentales. La única forma de lograrlo es a través de una firme presión internacional, realidad que ni el Frente Amplio ni su gobierno, vacilante en este tema, terminan de entender y aceptar.


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