¿Dominación o libertad?

Uruguay no es Yemen ni Venezuela, y más que la dominación, caracteriza la libertad

Por Adolfo Garcé*

Suena fuerte la palabra “dominación”. Hace una semana, en la manifestación callejera más numerosa y emocionante en mucho tiempo, decenas de miles de mujeres y hombres denunciaron la ola de feminicidios y clamaron contra el machismo en todas sus dimensiones. A juzgar por lo que una y otra vez puede leerse en editoriales y columnas de medios de comunicación de la oposición como el diario El País, calculo que a esta altura deben ser decenas de miles, también, los que piensan que el predominio electoral del Frente Amplio desde 2005 en adelante no puede explicarse sin tomar nota de su capacidad para generar y reproducir hegemonía cultural.

Desde luego, no puede negarse que subsiste el machismo (público y privado, en la vida laboral y en la actividad política, abierto o larvado, con guante de box o mano de seda) ni que existe un potente “sentido común” de izquierda sin el cual es imposible entender la política nacional. Pero, ambos actores colectivos corren el riesgo, en el entusiasmo de sus respectivas causas, de perder de vista el signo fundamental de los tiempos que nos tocan vivir. Soy de los que piensa que no vivimos una época signada por la dominación sino por la libertad. Esto, que vale para la civilización occidental en general, es todavía más cierto en Uruguay. En sendos excesos, en ambas exageraciones, está la prueba más simple del error de percepción que, por otro lado, hay que celebrar en tanto son expresión de una sociedad que sigue teniendo un sistema inmunológico potente. El razonamiento tiene varias partes así que vayamos de a poco.

Empecemos por las mujeres. Esto no es Yemen. Por el contrario. Vivimos en un país en el que hace un siglo, intelectuales como Carlos Vaz Ferreira y políticos como José Batlle y Ordóñez, tomaron nota de la asimetría entre hombres y mujeres e impulsaron leyes y políticas para corregirla. Esto no es Siria. Nuestras mujeres ni se callan ni se esconden. Son poderosas y orgullosas. Al contrario. A veces hablan tan fuerte o formulan argumentos tan persuasivos que no dejan que se escuchen otras voces. Por ejemplo, qué bueno sería que se hablara mucho más en este país de la situación de la población afrodescendiente. Pero volviendo a la cuestión de género, la magnitud de la manifestación del miércoles pasado no demuestra la debilidad (subordinación, opresión, como quieran decirle) de las mujeres uruguayas sino su impresionante y bienvenido poderío.

Sigamos con el no menos trillado asunto de la hegemonía política y cultural de la izquierda. Esto no es Venezuela. Acá nadie persigue a la oposición, ni la encarcela, ni la tortura, ni flecha sistemáticamente ninguna cancha. Acá no existe un espacio público hegemonizado por el gobierno. En este país se discute libremente sobre política. Sobre aciertos y errores del gobierno, sobre sus verdades a medias y sus mentiras a secas, sobre sus traiciones y corrupciones. Dentro y fuera de las casas. En las radios tradicionales y en las redes sociales. Dentro fuera de las clases, en liceos y universidades. En el Teatro de Verano, en presencia de ministros, legisladores y dirigentes del FA. Esto es Uruguay.

De todos modos, si tengo que elegir un error, me quedo con éste. Prefiero el exceso de las mujeres y su (incluso prepotente) imperialismo discursivo. Prefiero el exceso de la oposición y su ascendente predisposición al escándalo. En primer lugar, porque ambos excesos son, en esencia, claras demostraciones de la vitalidad de esta sociedad, de su capacidad crítica, de la vocación por la libertad que la ha caracterizado desde siempre, de su secular resistencia ante todo lo que huela a dominación o discriminación. Carlos Vaz Ferreira, a quien vuelvo a evocar, decía: “La sensación de crisis solo ha faltado en razas o sociedades estagnantes o muertas”. Sendas críticas, la del movimiento feminista y la de los ideólogos de la oposición, constituyen claros testimonios de la vitalidad de nuestra sociedad. En segundo lugar, porque no es el conformismo sin el ejercicio de la crítica lo que asegura la libertad. Será solamente criticando, denunciando y escandalizando (llegado el caso), que se terminarán de corregir las arraigadas asimetrías que subsisten en el terreno de la relación entre hombres y mujeres. Será solamente criticando, denunciando y exagerando (si fuera necesario), que la oposición evitará que se consolide la hegemonía política que viene disfrutando el FA. Ninguna hegemonía es buena. Ni la de los hombres ni la de las mujeres. Ni la del FA ni la de la oposición.

Esto no es Yemen. Esto no es Venezuela. Pero además, no vivimos en el siglo XV ni en el siglo XIX. Durante milenios predominó, en todas partes, la dominación sobre la libertad. Ya no. Nos toca vivir una época muy especial, un tiempo inédito de expansión de libertades y derechos. La democracia avanza, tropieza, a veces se cae, pero vuelve a avanzar. Los cambios revolucionarios en las tecnologías de la información, que tienen, por cierto, un lado peligroso (sobre el que hasta Hollywood y Netflix nos vienen alertando), ponen todo el tiempo a disposición de la ciudadanía toneladas de información y generan nuevas oportunidades para que las personas puedan formular sus preferencias y expresarlas sin tomar riesgos. No vivimos en los tiempos de Carlos Marx, Gaetano Mosca o Max Weber. Ni siquiera en los de Michel Foucault. Proteo hizo bien su trabajo. Vivimos una era de libertad y no de dominación.

*Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar /adolfogarce@gmail.com