Dos artistas o cuando el tamaño importa

Me detengo en dos muestras que se ofrecen en Montevideo. Se podrá decir que son bien diferentes. Pero como los jurados de arte juzgan y comparan pedregullo con clara de huevo, aquí va la crónica

Por Linng Cardozo

Dos exposiciones, dos artistas. La primera es de Fernando López Lage (en adelante LL), que exhibe su trabajo en la sala alta, la más grande, en el Museo Nacional de Artes Visuales. Su trabajo se llama “Obra reciente”. La otra es de Alvaro Amengual (AA) y se expone en la sala Sáez de la sede del Ministerio de Transporte y Obras Públicas. Se llama “Lo real imaginado”.

Todo comenzó con un urinario. Sencillo. Fue a partir del famoso urinario de Duchamp (en 1917) que la expresión artística tuvo un enorme paraguas debajo del cual navegan las más diversas, insólitas, maravillosas y desopilantes expresiones. “Lo mío es arte conceptual”, proclama el pavo real frente a su obra, una gallina disecada con una hoz pendiendo de un alambre. La búsqueda de la originalidad y el vendaval de la contemporaneidad hizo el resto. Apareció el “arte conceptual” y otros juegos. (Bien fresquito: una artista de 27 años que vive en Nueva York acaba de inventar algo que denominó “arte invisible” y se lo está vendiendo a miles de personas entusiasmadas por adquirir estas novedosas piezas. Su nombre es Lana Newstrom y tiene un estudio vacío donde expone el arte que no está ahí. Es interesante observar la gran cantidad de coleccionistas de arte paseando en la galería mientras observan cuadros vacíos con una luz iluminando a la nada. Su representante dijo: “Cuando ella describe lo que no está ahí, te empiezas a dar cuenta por qué su trabajo invisible puede llegar a valer millones de dólares (…) trabaja muchas horas”.)

Una cuestión de tamaño. La muestra de LL es enorme: una estructura de madera, como una suerte de pista de skate pero con tablillas, un cuarto de elipse digamos; en el centro del enorme salón hay archiveros, estructuras de madera con ladrillos y otros cajones simulando libros, y en el fondo una enorme pintura, equilibrada, que juega con los colores que aparecen en las cajas de archivos. El tobogán de tablillas es una interesante estructura frente a un enorme ventanal que en la tarde el sol va arrojando distintas imágenes-sombras. Una trama bella en cambio permanente. La única dificultad que para ver eso hay que estar horas en la sala y dudo que alguien pueda hacerlo. (Fui dos veces a horas diferentes y funcionó). Apenas uno entra al salón encuentra a la izquierda esa estructura de madera compensada y enseguida el nombre del artista en letras de 50 centímetros de altura. El nombre de la exposición, “Obra reciente”, tiene un tamaño de 10 centímetros. Y junto a estos elementos gráficos, (parte de la obra, como se verá), Alicia Haber –la curadora de la muestra- escribe: “López Lage en esta exposición opta por crear una instalación en la que hay pintura, objetos, esculturas, y sobre todo le otorga un gran papel al espacio de la sala de exposición. La pintura integrada a una instalación proyecta el medio expresivo a un espacio y conquista la tercera dimensión. Esta muestra puede incluirse a lo que se llama campos expandidos e incluye en este caso, pintura expandida y escultura expandida, hoy lenguajes que apelan a numerosos artistas en el mundo y que se considera un cambio de paradigma”. En la otra pared, la de enfrente, LL le responde en un lenguaje ambiguo, críptico y antiguo: “El espectador será el encargado de diagramar la simbología”. Es como dice LL, cada cual dirá lo que quiera. Lo interesante es que cuando se tiene algo hermético por ofrecer –quizás busque la estupefacción del observador- aparece el grito. Las dimensiones del nombre de LL en el salón hablan de sí mismo y no de sus trabajos, aunque su obra puede ser la altura de su nombre, 50 centímetros. El discurso sígnico es claro. En un artículo escrito por la artista argentina Renée Lagos, en el Nro. 63  de la Revista “Generación Abierta” se aborda el tema de los “campos expandidos”. Citando a Arthur Danto en “La Transfiguración  de un lugar común”, Lagos dice que “nada es una obra de arte sin una interpretación que la constituya como tal”. La muestra de LL plantea un sinfín de interpretaciones; algunas cuestionan la concepción íntima de arte, porque ¿qué queda luego de ver la exposición?

Hay varios caminos: 1) No se entiende nada; 2) Interesante pero incomprensible; 3) Maravillosa obra. Quizás quede el nombre LL. Y nada más. Alvaro Amengual -que hace muchos años que no expone- es dibujante y docente. Más bien calmo, callado y extremadamente irónico.

Su nombre en la exposición es de 10 centímetros y la tipografía del nombre de la muestra va de 28 centímetros a 12 centímetros. En la sala se exponen retratos hechos con carbonilla en papel de la siguiente rara dimensión: 1,51 x 1,51 centímetros. El uno de 51 casi como un chiste.

Los retratos tienen un ademán de caricatura, estilo que AA ha transitado. Logra tan solo con la carbonilla, una enorme paleta de grises y una luz sin igual. El blanco del papel sin intervenir, es una luz que abruma. “Los personajes se plantan con solidez escultórica, paradójicamente vivas en su anomalía: algo inquietante se desprende de ellas, tal vez porque justamente respiran, porque son viables en su atipicidad”, escribe María Yuguero en la curaduría. Técnicamente AA no deja huecos y sus personajes interpelan desde cualquier lugar en donde uno se sitúe. El relato perceptual impacta. Los cuatro cuadros que se ubican en la pared del fondo –todos niños de una época imprecisa- provocan desazón y dolor: son niños solos que te miran de frente, desde el 1,51 del formato.

Esto es arte conceptual y una brillante instalación. (Todo para hablar en la jerga del arte contemporáneo). “Lo real imaginado”, reitero, se llama la muestra.

Las curadurías y las etiquetas de vino. Rafael Echevarría es un artista que asiste a la Escuela de Bellas Artes. El año pasado presentó un trabajo a sus docentes en donde colocó obras de arte y junto a cada una ellas una nota curaturial. El juego era definir cual nota era verídica y cual no.

¿Conclusión? Quienes participaron del juego advirtieron que muchas notas curaturiales calzaban en cualquier obra. Algunas pertenecían a críticos de relevancia y otras a la mente afiebrada de Echevarría. En el vino pasa lo mismo. Con permiso de Martín Viggiano y Valentín Trujillo, veamos esta etiqueta: “Tiene una nota vainilla, con un toque de madera.

En nariz ofrece una estridente sensación y en boca se presenta como un vino joven”. ¿Qué es esto? Un tinto Tannat, Merlot, Tempranillo, Malbec, Carmenere? ¿Qué rayos es? Es la retórica bodeguera que nadie quiere transgredir. Donde me apuren esa nota de cata puede hasta calzar en los vinos blancos. Siguiendo la comparación vitivinícola, hay vinos que amagan ser buenos, pero apenas los tragás, aquella primera sensación se va al diablo.  LL amaga; AA es una rebelión sensorial y te levanta la tapa de los sesos.


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