Dudas de una cumbre binacional

Los dos socios mayores vuelven a arrogarse el derecho a manejar por su cuenta al Mercosur
Los presidentes de Argentina y Brasil proclamaron en su reciente encuentro que el Mercosur buscará la integración económica continental para enfrentar las actuales incertidumbres mundiales.

Los objetivos enunciados son inobjetables. Nada mejor para el rengo bloque regional que estrechar conexiones con México, aprovechando el distanciamiento azteca con Estados Unidos por las restricciones impuestas por Donald Trump. O vincularse más con la exitosa Alianza del Pacífico, que integran Chile, México, Perú y Colombia. O acelerar el tratado de libre comercio con la Unión Europea, adormilado durante casi 20 años por culpas mutuas como la renuencia de Francia al ingreso competitivo de exportaciones agrícolas y las trancas que ponen Brasil y Argentina a la apertura de sus economías.

Pero hay factores de peso que cuestionan los anuncios de Mauricio Macri y de Michel Temer. Los dos socios mayores vuelven a arrogarse el derecho a manejar por su cuenta al Mercosur, como ocurre de hecho desde hace 26 años por las circunstancias de su creación. El bloque nació de un acuerdo bilateral comercial entre Argentina y Brasil, al cual se incorporaron a las apuradas Uruguay y Paraguay por temor a exclusiones comerciales. La historia parece repetirse, luego de una cumbre en la que los dos socios menores estuvieron ausentes.

Se agrega como fuente de dudas que, antes que liderar rimbombantes planes de integración continental, Macri y Temer están forzados a enfocar sus esfuerzos en sus críticas pesadillas internas. La mayor es la necesidad de recrear confianza inversora externa para apuntalar economías golpeadas por períodos recesivos. Brasil la necesita también de su poderoso sector empresarial interno que, después del desastre dejado por la destituida Dilma Rousseff, por ahora se limita a simpatizar con Temer pero sin comprometer capitales, a la espera de que el presidente pueda imponer la reforma a la seguridad social y otras profundas medidas de ajuste. Macri, por su parte, ha avanzado en recomponer la economía del descalabro kirchnerista pero con más lentitud y obstáculos que lo anticipado. El ritmo de sus reformas, por otra parte, está condicionado por la necesidad de conquistar votos para ganar la elección legislativa de este año.

Estas realidades complican a Uruguay. Por un lado, el llamado de Temer a "más cooperación e integración" para combatir la "desunión y proteccionismo" es por ahora apenas una posible expresión de deseo. Solo el tiempo dirá si tiene fundamento o si, como ha ocurrido tantas veces en el último cuarto de siglo, se lo termina llevando el viento. Por otro, las dificultades internas que son prioridad para Argentina y Brasil no solo relegan el objetivo integrador sino que dilatan la propia expansión exportadora de Uruguay.

Brasil sigue siendo el principal comprador de productos uruguayos, pero con tropezones y sin crecimiento. Y las ventas a Argentina aumentan a un ritmo mucho más lento que el anticipado. Adicionalmente, la buena voluntad de Macri hacia Uruguay contrasta con la frialdad de Temer, generada por los errores diplomáticos de nuestro gobierno al defender al mamarracho chavista venezolano y al recibir con bombos y platillos oficiales a Dilma Rousseff después de su destitución. El costo ha sido archivar el TLC con China. Nuestro país necesita de su gobierno más tino e independencia si quiere ampliar mercados, con realismo ante vecinos cuyas tribulaciones internas diluyen las proclamas integradoras.

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El Observador

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