Economía argentina no arranca y Macri empieza a pagar el costo

El gobierno no logra ganarse a los inversores lo que dificulta el apoyo político

En estos días donde todas son malas noticias, Mauricio Macri debe añorar como nunca aquellos tiempos felices en que recibió la visita de Barack Obama.

Pocas veces se lo había visto tan contento. La victoria de Donald Trump parecía imposible y el presidente argentino se animaba a trazar un paralelo entre su inicio de gestión y la que le había tocado a Obama en 2008.

Macri hablaba sobre cómo Obama había sido "una inspiración" para la toma de decisiones: elogiaba su convicción para superar las dificultades del ajuste inicial, a la espera paciente de ver los frutos en el crecimiento de la economía.

En aquel momento hasta tiró una pista sobre cómo esperaba que fuera la evolución de su plan económico. Recordó que Obama llevaba 72 meses consecutivos de crecimiento económico y creación de empleo. Lo que significa que Obama, antes de ver resultados, tuvo que tomar medidas desagradables de ajuste durante 15 meses.

El mensaje que se podía leer entre líneas era que había que asumir que todo el 2016 sería recesivo y que recién sobre el segundo trimestre del 2017 se podrían percibir los beneficios de una economía estable y en crecimiento.

Los presidentes populares

Pero Macri omitió en aquel entonces un detalle importante, la parte de la analogía que no le convenía recordar: Obama sufrió una paliza electoral en las legislativas de medio término de 2010, cuando perdió la cuarta parte de sus bancas en el Congreso, que quedó bajo el control de la oposición republicana.

De manera que hay allí una lección para el macrismo: los aceptables resultados de la economía obtenidos por Obama habían sido logrados al alto costo del descontento social. Logró desactivar la "bomba" recibida por el gobierno anterior, pero pagó un alto costo en las urnas.

En su autocrítica poselectoral, Obama había reconocido la "gran frustración" de la gente por la baja velocidad de recuperación de la economía y la todavía escasa creación de fuentes de trabajo.

Si se evalúa por el resultado electoral siguiente, el de la elección presidencial de 2012, podría concluirse que Obama logró recuperarse de ese revés político, dado que logró el voto para un segundo mandato.

Pero la analogía no es tan fácil: Macri sabe que él no puede darse el lujo que tuvo Obama de recibir una paliza electoral a dos años de haber asumido.

La primera gran diferencia entre ambos es que Macri depende de un buen resultado electoral para que se produzca la llegada a gran escala de inversiones productivas.

En cada foro en el que se buscó persuadir sobre las bondades de Argentina como destino de inversiones, los empresarios no preguntaron acerca de los recursos naturales del país ni su potencial de crecimiento. En cambio, todas las interrogantes apuntaban a qué tan consolidado estaba el cambio político.

El mensaje que Macri decodificó es que solamente cuando hubiera certeza de que no existiría una marcha atrás que reinstalara al populismo en el poder, se produciría la ansiada "lluvia de inversiones".

Problemas de diagnóstico

A diferencia de lo que le ocurrió a Obama, Macri no puede mostrar estadísticas de cómo la economía retoma el camino ascendente tras un año y medio de penurias. Cada vez con más claridad, se está poniendo de manifiesto la urgencia por tener resultados ahora.

Y en ese sentido, las noticias son decepcionantes: lo que dos meses atrás se interpretó como la llegada de "brotes verdes" en la actividad productiva, rápidamente quedó descartado.

De hecho, todos los rubros importantes de la economía, a excepción del campo, siguen mostrando un panorama recesivo. Por caso, la industria registró en su última medición una caída de 7,6% interanual, mientras la construcción acumula en el año un retroceso de 13%. La pérdida de empleos en el sector privado se estima en más de 120 mil.

La ansiedad empieza a hacerse evidente en el equipo gobernante argentino, a tal punto que el propio presidente reconoció en público que había discusiones internas.

En medio de ese clima, el gobierno sufre presiones cruzadas. Por parte de los sindicatos y la oposición política, iniciativas preocupantes cuyo común denominador es un mayor costo fiscal.

Por caso, la llamada Ley de Emergencia Social, que promueve la "creación de un millón de empleos" –un eufemismo para consagrar subsidios estatales a un millón de desempleados– supondría una carga que, según algunas estimaciones, subiría el déficit fiscal en un punto del PIB.

Ese reclamo fue el punto central de los reclamos en la multitudinaria marcha convocada por las centrales sindicales y las organizaciones sociales.

En paralelo, las agremiaciones empresariales reclaman por la excesiva presión impositiva. Según la Unión Industrial, la actividad fabril caerá este año 4,5%, mientras el costo productivo sigue cada vez más caro en dólares.

En otras palabras, que en estas condiciones sería una utopía esperar un aumento de las inversiones.

Y desde el gremio de los economistas, las críticas llegan cada vez más impiadosas. Luego del reconocimiento por haber evitado una crisis financiera en los primeros meses, empezaron a llegar las quejas por la demora en bajar el nivel del gasto y por la propensión al endeudamiento.

Según el exministro Ricardo López Murphy, el gobierno tiene "un problema serio de diagnóstico", y comete un error al combinar laxitud fiscal con dureza monetaria.

"El gradualismo tiene el problema de todos los meses dar malas noticias. El problema que está subyaciendo es que hay un gasto fenomenal", apuntó el influyente economista, para quien no habrá un repunte inversor mientras no se restablezca la confianza.


El factor peronismo en el juego de coincidencias


Por un lado, presión para mayor gasto público como forma de auxiliar los problemas sociales. Por el otro, reclamos de alivio impositivo y dólar más alto. Y un nuevo contexto internacional que ya no asegura ni financiamiento barato ni el entusiasmo inversor.

Ese es el repentino nuevo diagnóstico que tiene nervioso al gobierno macrista, con un ojo en los indicadores económicos y otro en el calendario electoral.

A esta altura, ya nadie se anima a pronosticar un buen resultado para Macri en las legislativas del año próximo. Las encuestas dan preferencia al peronismo en los mayores distritos electorales, lo cual abre una incógnita sobre el margen de gobernabilidad para el resto del mandato.

Ahí radica la otra gran diferencia que Macri pasó por alto cuando jugó el juego de las coincidencias con Obama: en Estados Unidos no hay peronismo. De manera que él no puede darse el lujo de perder para recuperarse dos años más tarde; tiene que ganar ahora.
El diagnóstico es claro: para Macri, es imprescindible que la economía empiece a dar buenas noticias. Y no hay señales de una recuperación sin un ajuste al plan.



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