El libre comercio y el chivo expiatorio
Un latinoamericano dirigirá por primera vez la Organización Mundial de Comercio que jugará un papel clave en el rumbo de la economía internacional: más protección o más libertad.
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04
2013
Por Gabriel Pastor
El próximo director de la Organización Mundial de Comercio (OMC) será de Latinoamérica, pues los dos candidatos en carrera son los postulantes mexicano Herminio Blanco y el brasileño Roberto Azevedo.
Es una oportunidad histórica que la región no debería desaprovechar pues la OMC representa el ágora principal para dilucidar las grandes políticas económicas internacional. En el futuro será más relevante que el FMI.
De los dos candidatos, Blanco es el que presenta mejores credenciales para timonear los retos del comercio. Este doctor en Economía por la Universidad de Chicago ha sido el principal referente de México en los más de 30 acuerdos de libre comercio que firmó este país y fue un actor clave en la concreción del TLC de América del Norte.
Hace años que los países de América del Sur se quejan de los subsidios agrícolas europeos que impiden colocar en el viejo continente nuestros bienes primarios. Algo similar ocurre con las políticas comerciales de Estados Unidos.
Los desafíos son enormes. Nuestro mercado interno es muy pequeño y la diversificación de las ventas en el exterior requiere de más libertad de comercio para vender pero también para comprar. Y sobre esto último, el alto Arancel Externo Común del retórico Mercosur es un escollo que debería revisarse si existe la convicción de que el desarrollo en el largo plazo ocurrirá en un comercio mundial en libertad, donde los países compitan en función de sus ventajas competitivas y por el éxito que demuestren sus políticas económicas. Esos representan los escollos “naturales” que cada país resolverá como mejor le parezca.
Con el cumplimiento de esas reglas de juego desaparecería el mito de que los demás son los responsables de nuestros propios males. Y que dejemos de escuchar que “no exportamos más porque no nos dejan”. Es más fácil inventar chivos expiatorios para justificar nuestros pecados que realizar un mea culpa y hacer lo que se debe hacer, sin cálculos políticos ni miradas miopes.
12
2012
Por Gabriel Pastor
Chile pertenece a otra galaxia económica Latinoamericana. Y no es un reflejo de un gobierno de izquierda o de derecha. Es un reflejo de madurez política. Y punto.
Alcanza con leer los diarios de Santiago para darse cuenta lo lejos que está el país trasandino del resto de sus pares de la región y ni que hablar de Uruguay. Me refiero a una distancia sideral sobre los temas que inquietan al sistema político y a la sociedad civil. Un solo punto podría ser considerado más de un tono “latinoamericano” y es sobre el financiamiento de la educación superior.
Por ejemplo, en Chile el debate sobre el gasto público ha estado centrado en una controversia política sobre aspectos estadísticos, pero no es un asunto central de la agenda. Claro, tiene superávit fiscal, algo imposible para la mentalidad del sistema político uruguayo. ¿Por qué al Estado le debe sobrar recursos?
Bajo un gobierno de izquierda, el de Michelle Bachelet, se dio una controversia interesante sobre la decisión oficial de ahorrar para poder afrontar eventuales períodos difíciles en el futuro y así el Estado tendría oxígeno para ayudar a las familias más pobres.
El miércoles, la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, recomendó a los países de América Latina justamente eso. Pidió a los gobiernos que se preocupen en serio por los que está ocurriendo a nivel externo, a raíz de la crisis que afecta principalmente a las economías de Europa. Y en ese sentido, planteó ahorrar los ingresos que generan los commodities para los años "no tan buenos" en el futuro y diversificar las fuentes de crecimiento.
Chile hace tiempo que hace eso y es de miopes creer que Chile es igual al cobre. El cobre tiene un peso enorme en la economía, pero el desarrollo del país de Salvador Allende responde a múltiples factores, entre ellos, los tratados de libre comercio que ha firmado con decenas de países del mundo y que sus dirigentes políticos y sociales comprendieran que el crecimiento sostenido no es posible si uno no se adapta a las reglas de juego del comercio mundial.
Es por ello que cuando uno lee los diarios chilenos encuentra que al tope de la agenda no se encuentra –como en Uruguay- el enorme crecimiento del gasto público, la inflación, los aviones, los trenes…
La discusión del próximo año en Chile estaría enfocada en temas como la innovación –para mejorar la productividad y la competitividad- y el incentivo a los emprendimientos. En este momento, el Congreso tiene para su discusión un proyecto de ley para que se pueda crear una empresa en un día y a costo cero. Además, el gobierno quiere discutir en 2013 una agenda sobre “impulso competitivo”.
Esos temas, junto a la educación, son los verdaderos motores para superar la pobreza. Poner todos los boletos en el asistencialismo es muy peligroso, aunque tenga réditos políticos en el corto plazo, porque si en algún momento escasean los recursos públicos -por males propios o ajenos- quienes hoy estadísticamente dejaron de ser pobres porque reciben beneficios del Estado pasarán otra vez a bañarse en un latón. Esto sería un drama social y además puede derivar en protestas y estallidos que dañarían a la democracia.
Sería injusto no reconocer el esfuerzo de los dos gobiernos de izquierda de Uruguay por las áreas de investigación y el desarrollo, y el emprendurismo. Quizás en estos temas es la propia sociedad que se muestra inmadura para aceptar los riesgos de un negocio propio. Y en esos nuevos retos de las economías, las administraciones de Vázquez y de Mujica han tenido mucho mérito.
No obstante, observemos por un minuto los temas de análisis y de preocupación del barrio… ¡qué cerca y qué lejos estamos de Chile!
12
2012
Gabriel Pastor
Un signo bien interesante para el país que el nuevo presidente de la Cámara de Industrias (CIU) provenga del sector de la elaboración de vinos finos.
En primer lugar, la producción de vinos supone una combinación de la agricultura –que representa lo más genuino de la matriz económica de Uruguay- y del valor agregado industrial. Desde siempre, el Uruguay estuvo asociado al campo y los desafíos que impone la naturaleza de la globalización es justamente el valor agregado que se le pueda sumar a esos commodities, como la carne, el arroz y ahora la madera, que hoy se venden al exterior sin más. Hay mucho para hacer al respecto.
En segundo lugar, el sector vitivinícola ha tenido desde mediados de 1980 hasta la fecha una fuerte reconversión: Uruguay produce vinos de calidad como nunca antes y, aunque el fuerte de sus exportaciones es el vino a granel, poco a poco está logrando introducirse en restoranes del mundo cuyos clientes quieren probar cepas “raras” como el tannat. No ha sido fácil el recorrido que ha hecho este sector al lado de mercados tan potentes como Argentina y Chile, pero ha logrado hacerse un lugar y así lo muestran diversos certámenes de cata en los que marcas locales han sido reconocidas por la calidad de sus vinos.
Esa reconversión se concretó pese a que el sector tiene altos costos internos –desde la botella, pasando por el etiquetado, el tapón de corcho, la carga tributaria y una excesiva regulación-. Es cierto que el vino como tal ha ido perdiendo peso en el mercado interno frente a otras bebidas alcohólicas sustitutas y que el precio final de venta no es competitivo respecto a vinos de calidad de Argentina o de Chile que se ofrecen en las góndolas de los supermercados. Sin embargo, nada de ello minimiza el mérito de la industria del vino, que produce un bien de calidad y que hace rato ya que mira el mundo para colocar sus productos, pues el mercado interno es pequeño para consolidar al sector.
La mirada y la experiencia del nuevo titular de la CIU, Javier Carrau, socio de Vinos Finos Juan Carrau S.A., son una bocanada de aire fresco para el sector manufacturero, que en los últimos años ha perdido presencia y parece resignado a ceder su lugar a la cúpula de la dirigencia sindical que presenta una imagen distorsionada y mentirosa sobre el empresariado.
Eso sí, Carrau debería emular a empresarios como Domingo Ordoñana -que hizo un gran aporte a la modernización del campo- que supo ser un gran líder en defensa del sector privado, algo que hoy falta.
Los empresarios deberían involucrarse en el debate de las ideas y enfrentar a quienes los presentan como piratas o chupa sangre. Sin esa batalla, siempre serán vistos como los malos de la película.
11
2012
(POR GABRIEL PASTOR)
Desde que se aprobó el impuesto a la renta durante el gobierno socialista de Tabaré Vázquez -con la falacia de “que paguen más los que tienen más y que paguen menos los que tienen menos”-, ha ocurrido un comportamiento en ciertos profesionales o empleados de ingresos medios que razonan del mismo modo que lo hacía el expresidente Ronald Reagan antes de llegar a la Casa Blanca cuando vivía de sus ingresos como actor de cine.
Reagan razonaba lo siguiente: “Comencé a ganar mucho dinero haciendo películas durante la Segunda Guerra Mundial” cuando el impuesto a la renta era del 90%.
Contaba Reagan de que si trabajaba en más de cuatro películas anuales los actores dejaban de filmar y se iban “al campo” porque en los hechos a partir de ese número empezaban a perder dinero.
En Uruguay existe una percepción similar de una parte de los contribuyentes.
Conozco médicos que suman el número de guardias semanales para evitar aumentar de franja tributaria o asalariados que renunciaron a un trabajo porque entienden que el aumento del gravamen sobre el salario no compensa el esfuerzo de un segundo ingreso.
Lo que no es una sensación sino un hecho es que el impuesto a la renta lleva a trabajar menos o a trabajar en “negro”.
Hay otros problemas con la política impositiva de Uruguay: el impuesto a la renta convive con un IVA (impuesto directo al consumo) de 22%. El impuesto a la renta ya es un padre de familia y la baja del IVA no ocurrió ni va a ocurrir.
Los impuestos reducen el bienestar de los compradores y de los vendedores, lo que sería justificable si la recaudación del gobierno se volcara con eficiencia a los servicios básicos y naturales del Estado: escuela pública de calidad, una ciudad relativamente segura, carreteras en buen estado, calles iluminadas y limpias.
Pero nada de ello ha sucedido.
El Estado cada vez saca más dinero del bolsillo de los contribuyentes que no advierten en qué se gasta el dinero que el gobierno le extrae mes a mes y en cada compra de un bien o de un servicio.
Un estudio que difundió la CEPAL hace una semana, sobre la carga impositiva de 15 países de América Latina y El Caribe, sumado a ciertos miembros de la OCDE, mostró que Uruguay en 1990 el total de ingresos tributarios en porcentaje del PIB había sido de 18,5%; en 2010 trepó a 25,2%.
Eso supone un aumento de 6,7 puntos porcentuales en 20 años.
¿El Estado uruguayo mejoró sus servicios 6,7 puntos porcentuales en esas dos décadas? ¿Las escuelas son más óptimas hoy que en la década de los 90? ¿Y el pavimento de calles y carreteras? ¿Y la limpieza de Montevideo?
Después de responder mentalmente a esas preguntas, creo que los economistas tienen razón: los impuestos –por lo menos en Uruguay- producen pérdidas irrecuperables de eficiencia.
11
2012
(Por Gabriel Pastor)
No me gustaría en esta coyuntura estar en la piel de un empresario de Uruguay. Los problemas que enfrentan son múltiples. Algunos de ellos están asociados a las dificultades complejas del mundo.
La mayoría son nubes negras económicas (la crisis de Europa, la desaceleración de China y la luz roja que se enciende en Estados Unidos por el déficit público luego de la reelección de Barack Obama) y otras son tormentas políticas (como es el caso de Argentina) que golpean más temprano que tarde en el conjunto de la economía. Sobre todo ello, las empresas locales nada pueden hacer. Y menos desde un país de las dimensiones de Uruguay.
Pero hay un conjunto de vientos desfavorables que soplan en el propio país que podrían haber tenido una dirección que ayudara a que el barco avance en medio de la tempestad internacional. Más lento, pero un avance al fin.
La última encuesta de la Cámara de Comercio y Servicios deja en evidencia algunos de los problemas internos que podían no haber sido un problema y que en el marco del vendaval económico mundial debilita al país.
Solo un ejemplo. Un 21,6% de las empresas de Montevideo de comercio y servicios, dice el estudio, presenta “dificultades para conseguir nueva mano de obra con las calificaciones requeridas por el sector de actividad”.
Algunas respuestas de los empresarios advierten sobre falta de capacitación “fundamentalmente de las nuevas generaciones” que carecen de una conducta apropiada de “comportamiento, comunicación y actitud” para desempeñarse en el sector.
Esto no es otra cosa que un signo muy claro del desastre de la educación uruguaya que no ha sido capaz de que el estudiantado adquiera una cultura de trabajo.
Obviamente, que también es una señal del descalabro de las familias.Desde la década de 1990 el sistema político diagnostica, propone y vuelve a diagnosticar los problemas de la educación. Pero nos quedamos en eso.
Excepto la reforma que encaró Germán Rama –que fracasó por culpa de los dirigentes políticos que no tuvieron el liderazgo suficiente para enfrentar a las corporaciones de docentes- no ha habido un plan concreto para resolver este problema.
Cuando Rama lanzó su reforma educativa, en 1995, había dicho que era clave preparar a los jóvenes para el mundo en el que se van a desempeñar cuando sean adultos.
Los gremios docentes pusieron el grito en el cielo y ciertos dirigentes del Frente Amplio acusaron a esa propuesta de “neoliberal” a los solos efectos de denostarla.
Pero luego del período en que Rama gobernó el ente de la educación pública, no ha habido ningún cambio relevante en la enseñanza y por tanto la situación es hoy mucho más grave que en el último tramo del siglo pasado: se ha acumulado el abandono escolar, los pésimos resultados académicos, los problemas edilicios…
Todavía resuenan las palabras del presidente José Mujica, cuando dijo en la Asamblea General, el 1º de marzo de 2010, que durante su gestión la prioridad sería “educación, educación, educación”.
Hasta el momento nada de ello ha ocurrido y quienes enfrentan esta barrera (más bien un muro de contención que frena el crecimiento) son las empresas que no encuentran personal adecuado ni para atender en una tienda.
¿Hasta cuándo? En algún momento la sociedad, que ha mejorado su poder adquisitivo y reclama mejores servicios públicos, se va a revelar ante este sombrío panorama que frena el desarrollo del país.
“Las malas políticas económicas devastaron naciones y causaron mas victimas que cualquier epidemia”. (Guy Sorman)
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