Tres generaciones que viven de las sobras
El gobierno ha tenido éxito en combatir la pobreza. Pero el gran drama que enfrenta Montevideo es la marginalidad que interpela a la convivencia social.
(POR GABRIEL PASTOR)
Hoy, muy temprano, observé decenas de carritos tirados por caballos, circulando por Avenida del Libertador y otras calles adyacentes. En la mayoría de los casos, el conductor era un adulto, pero junto a ellos siempre había un niño o un muchacho.
Es una imagen que se repite desde hace muchos años en las calles de Montevideo. Esos niños ven a su abuelo y a su padre recoger basura de los contenedores, para luego clasificarla y venderla a quienes se dedican a reciclar desperdicios. Tres generaciones que viven de las sobras ajenas y en las peores condiciones ambientales y de salubridad.
Es una imagen a la que tristemente ya nos hemos acostumbrado en una capital a la que de europea –en el sentido de las buenas costumbres- no le queda casi nada.
Hasta hace algunos años, uno podía advertir en el Centro a algún trabajador de los barcos, que recaen en el Puerto, orinando medio escondido en un árbol. Hoy cualquier montevideano hace sus necesidades fisiológicas en donde le den ganas.
La degradación social y cultural de la tasita de plata es alarmante. Hace treinta años, cuando viajaba hacia una zona pobre de camino Maldonado, los niños que compartían el ómnibus podían mantener una comunicación verdadera. Lo mismo ocurría entre los jóvenes de liceos públicos y privados que compartían el mismo transporte colectivo que circulaba por zonas periféricas de la ciudad.
Hoy, en cambio, los jóvenes sienten miedo ante una persona “distinta” y si advierten que alguien de aspecto “diferente” pasará por su camino, cruzan de vereda.
Los escolares de colegios privados están hartos que a la salida de la escuela otros pares del barrio los ataquen porque sí, les roben la mochila, el celular o alguna prenda de vestir. He escuchado en boca de los menores agredidos reivindicar la pena de muerte a los “pichis”.
Hace unos 40 años, quienes pedían algunas monedas puerta a puerta eran las gitanas a cambio de “leer” el destino que marcaba las manos.
Hoy se piden monedas con el argumento de no querer robar, por prestar servicios compulsivos de “cuidar” autos en la vía pública…
Los ciudadanos dan unas monedas en la calle no en uso de su libertad, sino por miedo a que en el futuro sean víctimas de una agresión.
Ese panorama desesperanzador ocurre en un contexto de fuerte crecimiento de la economía, de tasas de inflación de un dígito, de 6% de desempleo y de casi siete años y medio de gobiernos de izquierda que desembolsaron millones de dólares mediante políticas sociales para atacar la pobreza.
Y la pobreza bajó. Entre 2004 y 2011, disminuyó a 13,7% y, además, aumentó el salario real de los trabajadores. El Ministro de Desarrollo Social, Daniel Olesker, afirma que si se tiene en cuenta los ingresos y las carencias sociales desde 2006 a 2011 hay 650 mil personas nuevas que “no tienen pobreza por ingresos ni ninguna carencia social”.
Olesker tiene razón. Pero su lectura de la realidad económica es por lo menos ingenua: es probable que si se da vuelta la tortilla económica, una buena parte de esas familias que mejoraron su nivel de vida, si dejan de recibir la ayuda del Estado, vuelvan al umbral de la pobreza, pues salieron de esa condición por las transferencias de recursos públicos. Podría decirse que el gobierno logró mejorar la vida de las familias que vivían en la penuria pero sin una política a largo plazo que necesariamente pasa por la educación de calidad, un empleo genuino y políticas de familia.
Si hoy o mañana nos golpea la crisis internacional, el Estado no tiene resto para financiar la tarjeta social que mes a mes llega a manos de las familias más pobres. No tenemos en caja US$ 20 mil millones como Chile para aprobar medidas anticíclicas y así sortear el vendaval de la crisis económica europea que ya está sacudiendo al mundo.
En un escenario que frene el aumento de la actividad, como ya está ocurriendo en Argentina y Brasil, los más pobres reforzarán la actividad de la basura.
El último dato oficial disponible, muestra que hay casi 8.000 carritos circulando por las calles de Montevideo, unos 15 mil clasificadores y más de 20 mil personas vinculadas a esta actividad. Por esta labor, obtienen alrededor de $ 14.000 y si se agregan las transferencias sociales podrían llegar a los $ 17.000 mensuales. Es más del salario de un docente de los primeros grados, una empleada doméstica y de ciertos administrativos del Estado o de una empresa privada.
En Montevideo es dramática la cultura marginal, no la pobreza. Una persona puede tener un ingreso que estadísticamente no figure como indigente ni pobre, pero sí marginal. El marginal “vive o actúa, de modo voluntario o forzoso, fuera de las normas sociales comúnmente admitidas”. Y ese es eln partido en el que está en juego la convivencia social. A no ser que la meta sea que todos circulemos en carritos.

















