El ejemplo indio para competir
Lo que está haciendo el gobierno de la India para mejorar la educación de los pobres es una buena inspiración para Uruguay
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08
2012
(POR GABRIEL PASTOR)
Esta semana, el prosecretario de la Presidencia, Diego Cánepa, planteó dos conceptos clave para la reforma de la educación: más calidad y más disciplina.
Es importante que lo diga Cánepa, pues en uno de los funcionarios del gobierno de mayor vínculo político con el presidente José Mujica.
Lo que sugiere Cánepa es que los alumnos tienen que adquirir las habilidades adecuadas –hoy ajena en la enseñanza “humanista” de nuestro sistema- para poder lidiar en un mundo cada vez más competitivo y con más apertura comercial que en el pasado. Y es interesante que el prosecretario de la Presidencia ligue la calidad educativa con la libertad: si un país tiene una formación distinguida, entonces los ciudadanos serán más libres.
Y eso supone plantearnos como meta que Uruguay sea competitivo sin la necesidad de protección (arancelaria o para-arancelaria). Solo así sabremos si somos eficaces para vender bienes y servicios a empresas y familias de otros países. Es allí donde juegan el partido el qué y el cómo de la reforma de la educación.
El planteo de exigir más disciplina es también muy atinado y está muy vinculado con la calidad de la educación. La actitud de los educandos cuando deban insertarse en el “mundo real” también determinará si recorren el camino del éxito o el del fracaso.
Una interrogante que surge del interesante planteo de Cánepa es si la educación que gestiona el Estado puede ciertamente encarar en serio esos cambios. Creo que no y me remito a la actitud de la corporación de los docentes agremiados -por lo menos desde 1985- que en general se abroquelan en defender a rajatabla el sistema educativo del pasado, cuando los liceos estaban lejos de estar masificados, y cada uno de ellos defiende el espacio de su asignatura con uñas y dientes sin plantearse, sin prejuicios, si ser parte del mundo hoy no requiere de otras materias o de menos materias, por ejemplo. En síntesis, ven el árbol y no el bosque y con esa actitud es imposible que algo cambie porque lo que prevalece es la defensa del statu quo.
Estimo que para salir del actual atolladero podríamos inspirarnos en una reciente medida de la India que autoriza por ley a que las familias pobres puedan elegir una escuela privada para la formación de sus hijos, sin pagar un centavo. Los establecimientos privados deben reservar 25% de sus plazas a estudiantes cuyos hogares tienen ingresos anuales inferiores a unos mil ochocientos dólares.
Y es el Estado quien financia el costo de cada uno de esos puestos escolares. Es obvio que los indios han advertido problemas en ese plan, pero que son solucionables. Lo más relevante es que los niños y adolescentes beneficiados han logrado mejorar el rendimiento escolar.
No tengamos temor en impulsar alguna medida similar en Uruguay. Además, se trata de un plan ejecutado en la India y no en el “imperio yanqui” y sin la intervención de ningún pope “neoliberal”. Es la India de Mahatma Gandhi, la que retó con éxito al imperio británico. ¿Qué más podemos pedir como argumento para vencer nuestros miedos y prejuicios?
08
2012
(POR FEDERICO COMESAÑA)
Si hay una variable económica que obsesiona a los uruguayos es el tipo de cambio. "¿Qué va a pasar con el dólar?", es la pregunta por excelencia a la que todo economista se enfrenta en su vida cotidiana.
De esa manera, le damos al billete verde una importancia que no tiene. El dólar es, para los uruguayos, el termómetro por excelencia del clima económico. A una suba brusca en la cotización le acompaña siempre un período de prudencia exacerbada y una menor propensión al consumo y a la toma de grandes decisiones económicas.
Uruguay es un país con dos monedas, una propia y una ajena. El dólar es la moneda en la cual los uruguayos realizamos las transacciones económicas más relevantes y dejamos el peso para las compras cotidianas.Es como una fobia a los números grandes que tenemos todos, a los muchos ceros en las cifras. Con dos o a lo sumo tres nos sentimos cómodos, tranquilos. Pero cuando aparecen cuatro ceros en un mismo precio, no cobramos consciencia de su magnitud hasta que la dividimos mentalmente, primero entre 10 y luego entre dos.
El precio de un apartamento en el mercado inmobiliario uruguayo se expresa en dólares y en eso no hay dos escuelas. A la hora de firmar una compraventa, las que cambian de mano son divisas y nunca, jamás, pesos uruguayos. Lo mismo sucede en el mercado automotor y, con montos más bajos, en el de la informática y los grandes electrodomésticos.
Hay una explicación histórica detrás de ese comportamiento. Las décadas de alta inflación que dejó atrás el cambio de siglo, llevaron a los uruguayos a desconfiar del peso y su valor de reserva. Para mantener el poder de compra, había que pasarse a una moneda fuerte y el dólar era ideal porque siempre aumentaba de precio en el mercado cambiario. El billete verde fue durante mucho tiempo nuestro lugar seguro y si bien ya no tiene esa característica, esa noción sigue vigente en el imaginario colectivo, ahora como un mito o una verdad a medias.
En los últimos años, con algunos vaivenes, el dólar bajó y lo hizo de forma acelerada. En ese período, aquellos que cambiaron a dólares sus ahorros perdieron dinero. Hoy tienen menos pesos que hace cinco u ocho años. Pasarse a dólares fue un mal negocio porque, por más absurdo que pueda sonar, se trata de una opción arriesgada.
Pasarse a dólares es una apuesta a que su cotización va a subir. Si bien el razonamiento era válido en la década de 1990 y había suficiente evidencia empírica para sostenerlo, hoy ya no tiene sentido.Apostar por una suba del tipo de cambio en el mediano y largo plazo, en un contexto de recesión en Europa que amenaza con ser dura y prolongada, y de débil recuperación de Estados Unidos, es una jugada demasiado aventurada. Si uno quiere despreocuparse por sus ahorros y no andar arriesgando su dinero, el dólar no es una opción razonable.
En cambio, son las unidades indexadas la opción de ahorro más conservadora para un uruguayo, debido a que su ajuste de acuerdo a la inflación le permite mantener siempre su capacidad de consumo. Pase lo que pase con los precios y las cotizaciones, va a poder comprar siempre la misma cantidad de bienes y servicios. Eso es seguridad y no someterse a la timba que es hoy en día el mercado de cambios, con su enorme volatilidad e incertidumbre.
¿Pero qué pasa si ahorro para comprarme una casa? Más ventajosa aún es la unidad indexada. Si bien el precio de los inmuebles se expresa en dólares, se encuentran determinados por factores vinculados a la economía doméstica y por lo tanto, al peso uruguayo. A lo largo del tiempo, detrás de las subas y bajas en el precio de los inmubles medido en moneda local, está la evolución de los ingresos y en particular, de los salarios.
Es cierto que un inmueble que hace menos de una década costaba US$ 50.000 hoy anda en los US$ 100.000. Pero eso tiene que ver con que el dólar pasó de $ 28 a $ 21 y los ingresos nominales se más que duplicaron, más que con una burbuja en el mercado inmobiliario. Aun así, los uruguayos nos escandalizamos, "¡Qué caro que está todo!".
Con una inflación estabilizada por debajo de 10% e incluso con la posibilidad de cubrirnos fácilmente de esa suba con unidades indexadas, quizás sea tiempo de que los uruguayos empecemos a confiar en nuestra propia moneda y dejemos el dólar para las transacciones con el exterior. Debemos ser conscientes de las opciones que elegimos para nuestros ahorros, y no dejarnos llevar por las falsas creencias y los consejos anacrónicos. Desterremos al billete verde de nuestras preocupaciones cotidianas y tomemos decisiones en la moneda en que ganamos y en la que se fundamenta buena parte de nuestra canasta de consumo.
Adiós a los mitos y las verdades a medias.
Federico Comesaña es @fcomesana en Twitter
08
2012
(POR GABRIEL PASTOR)
El presidente está desanimado. O vencido. O sin fuerzas para concretar la reforma de la educación que había anunciado con entusiasmo el 1º de marzo de 2010, cuando asumió la primera magistratura con un talante de jefe de Estado que fue aplaudida por la ciudadanía.
A la mitad de su gestión, admite que no le “llevan muchas de las cosas” que opina sobre los cambios de la educación pública y menciona en particular la independencia de la UTU, de los liceos y de las escuelas.
“En la educación, mucho gobierno es malo, cuanto menos gobierno mejor”, dijo ante la flor y nata del empresariado el jueves 9, según surge de una crónica del semanario Búsqueda de ayer.
El presidente enfrenta resistencias de una parte del Frente Amplio –no de toda la coalición de izquierdas- y es seguro que los padres apoyarían sus ideas para mejorar la educación como también buena parte de la oposición.
Esto significa que sus propuestas educativas serían apoyadadas por la mayoría de la sociedad. No se anima a llevarlas a cabo por una minoría corporativa que pone palos a la rueda y parece que él no tuviera fuerza para enfrentar.
Pero debería hacerlo. Durante el segundo gobierno de Julio Sanguinetti se concretó la reforma provisional con los sindicatos en contra e incluso del actual presidente del Banco de Previsión Social -que sigue alentando que el sistema jubilatorio sea del Estado-. Pero la gente apoyó la reforma lo que se refleja en el número de afiliados al sistema de las AFAPs.
Mujica debería dar una batalla en el campo educativo y pensar que su primera lealtad es con la ciudadanía toda. Es el presidente de Uruguay no del Frente Amplio. Llega un momento en que uno debe romper amarras para hacer lo que considera correcto para el desarrollo y, en este caso, para la igualdad de oportunidades (una bandera tradicional de la izquierda, además).
Dicho todo esto, me atrevo a sugerirle al presidente que lea los trabajos del estadounidense John E. Chubb, un doctor en ciencias políticas especializado en educación, que hace muchos años que se dedica a pensar e investigar sobre la formación de los educandos en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.
Algunas ideas innovadoras de Chubb (aunque ya tienen unos 15 años):
-La actuación escolar simplemente no se halla relacionada con las “mejoras” escolares convencionales, entre ellas mayores gastos por alumno, maestros mejor educados o más experimentados, y coeficiente más pequeño de alumnos-maestro.
-Las “mejoras” escolares hechas por los reformadores no tienen tanta influencia sobre la actuación escolar.
-La receta no es sencilla, admite el autor, y propone: un sistema de incentivos al estilo de la competencia del mercado junto a la libertad de los padres para elegir el colegio de sus hijos.
-Las mejores escuelas se distinguen por un claro sentido de finalidad, fuerte liderazgo de los directores, trabajo en equipo de los educadores y “altas expectativas académicas” para todos los estudiantes.
-Más autonomía a los establecimientos educativos (pero en serio: selección y diseño de textos para el programa de estudios, orientar a la escuela en torno a un tema que de pertenencia a la comunidad educativa). La idea básica es permitir a padres y estudiantes elegir sus escuelas.
-Pero la autonomía no es gratis. Las escuelas deben ser responsables de los resultados y si son buenas desde el punto de vista académico serán recompensadas. Las escuelas “no productivas” pueden ser castigadas.
-En resumen, el camino que hay que seguir es el de “autonomía y responsabilidad”.
En cierto sentido, Mujica tiene coincidencias con Chubb quien cree que “una excesiva regulación mina el profesionalismo y la vitalidad de maestros y directores” y, además, deriva en un aumento del conflicto político, el sistema se hace más burocrático, menos manejable y con menos éxito". “El control político de las escuelas alienta la burocratización; el control del mercado la desalienta espectacularmente”, dice el especialista estadounidense.
-Por último, el experto sugiere que “el gobierno tiene que reconocer también los límites de su papel y la necesidad de que actúen las fuerzas del mercado. El gobierno ha de confiar en y respetar el buen juicio profesional de maestros y directores, y los valores, preocupaciones e inteligencia de los padres”.
La página web de Hoover Institution Universidad de Stanford destaca el siguiente eslógan: “. . . las ideas que definen una sociedad libre”. Estoy seguro que Mujica está de acuerdo con ello. Entonces, presidente, adelante.
08
2012
(POR FEDERICO COMESAÑA)
Odio el fútbol. No como deporte, que si me apuran puedo decir que me parece entretenido. Sino por todo lo que trae consigo: las barras, los cantos, la violencia –física y verbal–, las amenazas, las piedras, la irracionalidad. Odio el fútbol. No simpatizo con ningún cuadro. No me simpatizan las banderas, las instituciones futbolísticas ni mucho menos, la guarangada del “dar la vida por mi cuadro”.
Pero por sobre toda las cosas, me indigna. Quizás sea yo el ignorante, quizás por mis venas no corra la misma sangre, pero no logro entender el comportamiento de una parte importante de los hinchas de fútbol. No de esos que van a la cancha y disfrutan con un gol a favor y padecen con un tanto en contra. Sino de aquellos que llevan al fútbol a un nivel que no merece y que además, considero patológico.
Hoy escribí una columna de opinión sobre la manera en la que algunos uruguayos viven la política y asimilé ese comportamiento al de las hinchadas de fútbol. La foto que elegí para ilustrar la nota mostraba a la parcialidad de Peñarol arengando en un partido con un muñeco gigante con los colores de Nacional y la palabra “hijos” grabada en el centro.
La reacción fue instantánea. No por el contenido de la nota, que quienes comentaron en el blog, en mi twitter o enviaron correos a mi casilla laboral, ni siquiera empezaron a leer. Sino por una fotografía que poco tenía que ver con la temática del artículo y que solo ilustraba mi punto a través de una situación extrema.
Por una decisión editorial, a nivel de El Observador, resolvimos quitar la imagen. Consideramos que la animadversión que genera su presencia en la web, es la fuente real de la violencia y no la imagen en sí misma. Si alguien se siente ofendido, debe saber que no fue mi intención ni la de El Observador herir su orgullo ni afectar susceptibilidad alguna. En particular, respeto a mis lectores sean cuales sean sus opciones y su concepto del honor, aunque largamente diste del mío.
Pero tengo que ser claro al respecto: no considero que la imagen, dentro de mi columna, sea ofensiva. Si estuviera contextualizada en un artículo que avala el comportamiento hostil y patotero, entonces sí sería una ofensa para la parcialidad tricolor. En cambio, en un post que busca defenestrar esa clase de iniciativas, sea cual sea su ámbito, la foto solo persigue la finalidad de resaltar ese hecho para que todos señalemos con el dedo a quienes tuvieron esa actitud u otras similares y digamos “¡qué estupidez!”.
Es por eso que no pido disculpas por la opción que hice. De hecho, el comportamiento de los cientos de lectores que me insultaron y adjudicaron todo tipo de intencionalidad parcial, legitiman mi artículo e ilustran el punto de mi preocupación inicial, que lejos está del fútbol y sus diatribas.
El comportamiento de hinchada en el fútbol le hace mucho mal a nuestra sociedad, pero mayor es el perjuicio cuando esa misma conducta se traslada a otros ámbitos, donde realmente nos jugamos mucho. Porque al fin y al cabo, una vez que termina un partido de fútbol, más que alguna pasión herida, no habremos de lamentar mayores daños. Pero cuando lo que se discute es una gestión de gobierno, entran en juego los intereses y las oportunidades de toda una población.
Si el fútbol es para muchos una pasión, bien nos haría a todos que la vivan de forma sana y positiva. Confío en la racionalidad de los lectores y en el espíritu crítico de una sociedad que no debe avalar esta clase de comportamiento. Ni el que está en la foto ya suprimida, ni el que aún se puede leer –porque nadie va a quitarlos– en los comentarios de mi post anterior.
Soy yo, en todo caso, el que debería esperar sus disculpas.
No se molesten, que no es necesario.
NOTA DEL AUTOR: El artículo original pueden encontrarlo en Abajo las banderas
Federico Comesaña es @fcomesana en Twitter
08
2012
(POR FEDERICO COMESAÑA)
El uruguayo nace envuelto en dos banderas, la de un cuadro de fútbol y la de un partido político. Lo que es más triste, se hace adulto en las mismas condiciones. "Mi padre me mata si no soy colorado", dice uno. "En mi casa siempre votaron al Frente", se justifica otro. Como si fueran motivos para perpetuar ese comportamiento absurdo e irresponsable que tenemos los uruguayos, de meter el alma en un sobre y olvidarnos del verdadero sentido de la democracia, que es delegar en unos pocos, en aquellos que mejor reúnen las condiciones, las decisiones que sin duda afectarán nuestra vida cotidiana.
Estoy harto de las discusiones en clave de "los tuyos" y "los míos", del "yo no los voté" y el "yo los volvería a votar". Las cenas en familia o con amigos se convierten en un ida y vuelta de frases ingeniosas y argumentos envenenados. En el afán por denigrar o engrandecer al gobierno de turno -según sea la filiación del hincha-, hoy en día vale todo. Para torcer un comentario está permitido saltarse la verdad, siempre y cuando el nivel de información del contrincante lo permita. Las conversaciones sobre política están a la altura de los debates futbolístico. ¿Que importa la calidad técnica del jugador fulano? Lo primero que hay que mirar es su camiseta. Si sus colores coinciden con los míos, exalto su virtud con la pelota y su innegable talento goleador. Si es uno "de los otros", no escatimo a la hora de adjetivar su mediocridad futbolística y su pésima condición no solo dentro de la cancha sino también en todas las dimensiones de su humanidad.
Lo mismo sucede con la partidos políticos y eso es mucho, pero muchísimo más preocupante. Al fin y al cabo, el futbolista está ahí porque entretiene pero el político tiene un rol muy diferente, o al menos debería tenerlo. Cuando a las discusiones sobre la cosa pública las dirige el fanatismo y la parcialidad, hay algo que está fallando. En esos momentos de estrechez intelectual, cuando dejamos de lado el espíritu crítico y hacemos de los intereses de todos un juego dialéctico, frívolo y viciado, estamos validando una forma de hacer política que no es la que merecemos. Estamos perpetuando la cultura de los parlamentarios que hablan y no escuchan, de los candidatos que no debaten, de los opositores que solo trancan y de las heladeras que se postulan y salen electas.
Y no estoy hablando de ideologías, ni siquiera de defender intereses. Bienvenida sea una discusión ideológica, bienvenido sea el poner sobre la mesa los intereses en juego y discutir al respecto. Reducir la política a una contienda entre estandartes es otra forma de analfabetismo político, de ese que tanto exasperaba a Bertolt Brecht: "No sabe el muy idiota que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo". Las decisiones que se toman en el terreno político determinan nuestra calidad de vida, nuestras oportunidades económicas, nuestras libertadas y las de aquellos que más nos importan.
Por suerte, hay formas de darse cuenta si uno está adentrándose en el terreno del hincha político. Cuando se está de acuerdo con la totalidad de las acciones del gobierno o por el contrario, completamente en contra de absolutamente cualquier iniciativa impulsada, no digo que esté dentro de la categoría, pero sí tenga en cuenta que hay una alta probabilidad de que lo esté. De ser así, le aconsejo, consulte a su médico, puede que aún no sea tarde.
Quizás algún día podamos vivir la política con la seriedad que requiere. Algún día, liberales y progresistas; a la izquierda, al centro o a la derecha, podamos intercambiar ideas, escucharnos, comprendernos y argumentar. Pero fundamentalmente, que nos importe lo que diga el otro y abrir la posibilidad de cambiar nuestro parecer, de que las palabras ajenas permeen y dejarnos convencer. Darle la razón a otro no es aceptar una derrota, solo un necio puede creer lo contrario.
Que "un 6% para la educación", que "una menor carga impositiva", que un "mejor reparto de la riqueza", que una "mayor flexibilidad del mercado de trabajo". Las consignas no son armas en una guerra. La época de las divisas quedó atrás, como así también la de las persecuciones ideológicas. Pero aún queda una barrera por romper. El día que paremos la oreja y nos aseguremos de entender a quien opina diferente, habremos hecho una enorme contribución a nuestra sociedad. Porque detrás de los gritos, de las canciones de aliento y las banderas gigantes, hay un partido que se juega ahí afuera. Pero a diferencia del fútbol, todos estamos en el mismo equipo.
NOTA DEL AUTOR: A raíz de los comentarios, insultos y amenazas recibidas por la fotografía que ilustró en un primer momento este artículo, va a ustedes mi respuesta en el post Una fotografía que dijo demasiado.
Federico Comesaña es @fcomesana en Twitter
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