El beneficio social de la piratería
Mucho se habla sobre el daño económico que genera la piratería a la industria del entretenimiento, pero muy poco sobre su enorme beneficio social y cómo contribuye a la democratización de la cultura
(POR FEDERICO COMESAÑA)
A Javier Zubillaga lo conocí así, de la manera más sucia y bochornosa. No recuerdo si fue en un BenQ o un TDK, lo que sé y no me cabe duda es que era un disco pirateado. Y ahora que lo pienso, no habría otra manera de que yo lo conociera. Es de esos cantautores que no se escuchan en la radio, sus presentaciones se realizan en entornos muy reducidos y con una mínima difusión. Comprar un disco porque me guste la tapa, de eso ni hablar.
Luego me enteré de que tocaba en algún bar en la calle Ciudadela, pagué la entrada o el cubierto artístico y redimí mis culpas. De ahí a comprar su disco original, distaron pocos meses. Para un músico uruguayo, cuyo mercado es sumamente acotado, cualquier venta de discos le significa algo. Es una muestra de que alguien está dispuesto a pagar por escucharlo. Pero el rédito no viene por el lado económico, porque sus márgenes son menores al 15%, lo que implica menos de $ 40 por unidad vendida. Quizás Zubillaga haya ganando más por el disco pirateado que me grabó mi amigo que por la compra que yo hice después. Asistí a tres presentaciones suyas antes de pasar por una disquería y llevarme su primer y único compacto. Yo también gané con el disco pirateado: añadí a un gran artista a mi colección de iTunes.
Gracias a internet y a la accesibilidad de la tecnología que permite reproducir las obras culturales, hoy en día cualquiera puede acceder a un disco, a una película o a un libro. Es tan simple como abrir un programa de descargas, teclear dos o tres palabras y hacer clic en uno de sus resultados. Puede hacerlo una persona acomodada desde el punto de vista económico, en la comodidad de su escritorio, en una notebook de US$ 2.000; o puede hacerlo un alumno de escuela pública, desde su computadora del Plan Ceibal. Una familia de bajos ingresos puede comprar en la feria o en las principales avenidas, por $ 35, la música que prefieran. Pueden acceder a siete discos por lo que cuesta un original.
¿Está bien que lo hagan? Por supuesto que no. Hay una ley que penaliza la reproducción y difusión de contenidos culturales sin autorización. Y eso no se discute: ir contra la ley siempre está mal. Pero una pregunta que nos debemos es, ¿qué tanto perjudica la piratería a la sociedad? Me animo a decir que en nada. Muy por el contrario, los piratas generan valor y bienestar social. Millones de personas hoy acceden a contenidos culturales a precio cero. Los ingresos que destinarían al consumo de música, películas y libros, hoy los pueden destinar a una mejor alimentación, a realizar arreglos en su vivienda o a satisfacer todo tipo de necesidades. Descargando de forma ilícita los contenidos culturales desde internet, un amplio número de personas es más feliz, tiene una mayor libertad de acceso a los satisfactores de sus necesidades, que si tuviera que comprarlos. ¿No se trata de eso el desarrollo?
El pan y los peces
Algunos dirán, "el ladrón genera ingresos robando a otras personas". Sí, pero para satisfacer sus necesidades, el ladrón obliga a otro a reducir su nivel de bienestar. Los $ 100 que manoteó en la calle, los deja de disfrutar el asaltado. Pero el pirata no roba, sino reproduce. El disco que hoy escucha, no lo deja de escuchar quien adquirió el CD original. La industria del entretenimiento hoy mantiene una posición absurda, es como si la parábola bíblica en la cual Jesús multiplica el pan y los peces para alimentar a toda una población, terminara con una persecución por parte de los pescadores y los industriales panaderos acusándolo de haber generado un perjuicio irreparable a la sociedad. Ojalá la tecnología permitiera no solo reproducir contenidos culturales, sino también alimentos, vestimenta, electrodomésticos y artículos de higiene personal. No habría pobres ni indigentes. Los precios caerían por el piso y el bienestar de la humanidad aumentaría de forma excepcional.
Los industriales de la cultura argumentan que si eso sucediera, se perderían muchísimos puestos de trabajo. De hecho, cálculos de la industria de la música señalan que en la Unión Europea la piratería le cuesta al sector más de 13.000 puestos de trabajo y la generación de valor por más de US$ 1.000 millones. Supongamos que los cálculos son acertados. Es como pedirle a un empresario que no adopte una nueva tecnología porque la mayor productividad llevaría a una reducción de su plantilla. El empresario no haría más que reírse del reclamo y diría, "si yo puedo organizar mi empresa para generar un mayor beneficio económico, voy a hacerlo con 1.000, con 100 o con un solo empleado". Los trabajadores desplazados deberán buscar trabajo en otras industrias, en otras actividades. Es un proceso que genera dificultades y sufrimiento a nivel individual, pero forma parte del natural desarrollo de las economías.
¿Por qué nosotros, como sociedad, no hacemos el mismo razonamiento? Si la industria de la distribución musical tiene que desaparecer, si se funden las disqueras y las disquerías, si los productores no pueden seguir generando ingresos millonarios y las editoriales tienen que reducir al mínimo su personal, que así sea. ¿Cuántas industrias fueron devoradas por el progreso técnico? ¿Los productores de máquinas de escribir se opusieron a las computadoras personales? ¿La industria gráfica se plantó horrorizada ante la impresora doméstica? La emblemática Kodak quebró hace unos meses porque el negocio de las cámaras digitales no le era tan rentable como el de la fotografía analógica y los centros de revelado.
Un muerto viviente
Sin embargo, la industria del entretenimiento se empeña en no morir, a pesar de que la sociedad encontró los mecanismos para hacer lo que ellos hacen no solo de forma más eficiente sino a costo cero. La pregunta final es, ¿de qué viviría el artista si todos pirateamos sus contenidos? Porque al fin y al cabo, el distribuidor es prescindible (internet sustituye a la disquería), el promotor también es prescindible (Youtube, Facebook y Twitter hacen las veces del empresario que decidía en el siglo pasado, qué se escucha y dónde).
¿Pero qué pasa con aquel que genera el contenido? El artista es indispensable y es indudable que tiene que recibir una remuneración por su trabajo. Por suerte, el siglo XXI tiene previstos varios caminos para compatibilizar el interés del artista y el de los consumidores de cultura: los músicos siempre tendrán los conciertos, para los lectores un libro impreso tiene un valor adicional al de una publicación en formato digital, y ver una película en el cine es una experiencia totalmente diferente a verla en una televisión o en el monitor de una computadora. Esos diferenciales llevan a que los consumidores estén dispuestos a pagar, quizás no los demenciales $ 300 por un pedazo de plástico, una caja y un folleto, pero sí un precio razonable, en relación al formato en que se distribuye y al valor que se le agrega. El precio no radica en el contenido en sí mismo, que debería ser accesible de forma gratuita en su versión más básica. ¿Por qué? Porque se puede, porque una copia más no genera un costo para nadie.
Descargar una canción a través de la red Torrent es gratuito, pero poder incorporar un disco en una biblioteca digital con un solo clic, accesible desde cualquier dispositivo y sincronizado en tiempo real a través de internet, es algo que es posible realizar uno mismo pero por el tiempo y el trabajo que lleva, bien estoy dispuesto a pagar para que otro lo haga por mí de forma automática. Ver el último capítulo de mi serie favorita en High Definition, con subtítulos perfectamente sincronizados, en el momento en que yo lo desee, tiene más valor para mí que descargar por un lado el video en una calidad indefinida, por otro los subtítulos, juntarlos y rezar para que sean compatibles. Por eso sí estoy dispuesto a pagar, y vaya si lo estoy. La industria del entretenimiento se sostiene hoy en el lobby político, en impulsar leyes que solo obedecen a sus intereses, restringen las libertades de la población mundial y van en contra de la democratización de la cultura. Bien podrían dedicar esos recursos a generar nuevos canales y agregar valor a sus servicios.
Es tiempo de exigir un cambio. Aquí y en el mundo. Es el momento de pasar la página y decirle adiós a los grandes sellos, a los libritos dentro de los discos y a las publicaciones editoriales como bienes de lujo de más de $ 600. Internet hoy le permite a cualquiera tener un correo electrónico gratuito, un pendrive en la nube de más de cinco gigabytes y programas de libre distribución tan buenos como la mejor de las alternativas pagas. Todo eso con empresas detrás que son capaces de rentabilizar sus servicios sin cargarle un precio al consumidor.
El progreso técnico les permite a ustedes acceder a este blog de forma gratuita. En otra época, habrían tenido que pagar para leer esta reflexión cuando en realidad, a la luz de lo dicho, no vale ni un peso.
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