El papel de los empresarios
(Gabriel Pastor) Los empresarios deberían preocuparse por contrarrestar la imagen de piratas que repiten y repiten los dirigentes sindicales
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12
2012
Gabriel Pastor
Un signo bien interesante para el país que el nuevo presidente de la Cámara de Industrias (CIU) provenga del sector de la elaboración de vinos finos.
En primer lugar, la producción de vinos supone una combinación de la agricultura –que representa lo más genuino de la matriz económica de Uruguay- y del valor agregado industrial. Desde siempre, el Uruguay estuvo asociado al campo y los desafíos que impone la naturaleza de la globalización es justamente el valor agregado que se le pueda sumar a esos commodities, como la carne, el arroz y ahora la madera, que hoy se venden al exterior sin más. Hay mucho para hacer al respecto.
En segundo lugar, el sector vitivinícola ha tenido desde mediados de 1980 hasta la fecha una fuerte reconversión: Uruguay produce vinos de calidad como nunca antes y, aunque el fuerte de sus exportaciones es el vino a granel, poco a poco está logrando introducirse en restoranes del mundo cuyos clientes quieren probar cepas “raras” como el tannat. No ha sido fácil el recorrido que ha hecho este sector al lado de mercados tan potentes como Argentina y Chile, pero ha logrado hacerse un lugar y así lo muestran diversos certámenes de cata en los que marcas locales han sido reconocidas por la calidad de sus vinos.
Esa reconversión se concretó pese a que el sector tiene altos costos internos –desde la botella, pasando por el etiquetado, el tapón de corcho, la carga tributaria y una excesiva regulación-. Es cierto que el vino como tal ha ido perdiendo peso en el mercado interno frente a otras bebidas alcohólicas sustitutas y que el precio final de venta no es competitivo respecto a vinos de calidad de Argentina o de Chile que se ofrecen en las góndolas de los supermercados. Sin embargo, nada de ello minimiza el mérito de la industria del vino, que produce un bien de calidad y que hace rato ya que mira el mundo para colocar sus productos, pues el mercado interno es pequeño para consolidar al sector.
La mirada y la experiencia del nuevo titular de la CIU, Javier Carrau, socio de Vinos Finos Juan Carrau S.A., son una bocanada de aire fresco para el sector manufacturero, que en los últimos años ha perdido presencia y parece resignado a ceder su lugar a la cúpula de la dirigencia sindical que presenta una imagen distorsionada y mentirosa sobre el empresariado.
Eso sí, Carrau debería emular a empresarios como Domingo Ordoñana -que hizo un gran aporte a la modernización del campo- que supo ser un gran líder en defensa del sector privado, algo que hoy falta.
Los empresarios deberían involucrarse en el debate de las ideas y enfrentar a quienes los presentan como piratas o chupa sangre. Sin esa batalla, siempre serán vistos como los malos de la película.
11
2012
(POR GABRIEL PASTOR)
Desde que se aprobó el impuesto a la renta durante el gobierno socialista de Tabaré Vázquez -con la falacia de “que paguen más los que tienen más y que paguen menos los que tienen menos”-, ha ocurrido un comportamiento en ciertos profesionales o empleados de ingresos medios que razonan del mismo modo que lo hacía el expresidente Ronald Reagan antes de llegar a la Casa Blanca cuando vivía de sus ingresos como actor de cine.
Reagan razonaba lo siguiente: “Comencé a ganar mucho dinero haciendo películas durante la Segunda Guerra Mundial” cuando el impuesto a la renta era del 90%.
Contaba Reagan de que si trabajaba en más de cuatro películas anuales los actores dejaban de filmar y se iban “al campo” porque en los hechos a partir de ese número empezaban a perder dinero.
En Uruguay existe una percepción similar de una parte de los contribuyentes.
Conozco médicos que suman el número de guardias semanales para evitar aumentar de franja tributaria o asalariados que renunciaron a un trabajo porque entienden que el aumento del gravamen sobre el salario no compensa el esfuerzo de un segundo ingreso.
Lo que no es una sensación sino un hecho es que el impuesto a la renta lleva a trabajar menos o a trabajar en “negro”.
Hay otros problemas con la política impositiva de Uruguay: el impuesto a la renta convive con un IVA (impuesto directo al consumo) de 22%. El impuesto a la renta ya es un padre de familia y la baja del IVA no ocurrió ni va a ocurrir.
Los impuestos reducen el bienestar de los compradores y de los vendedores, lo que sería justificable si la recaudación del gobierno se volcara con eficiencia a los servicios básicos y naturales del Estado: escuela pública de calidad, una ciudad relativamente segura, carreteras en buen estado, calles iluminadas y limpias.
Pero nada de ello ha sucedido.
El Estado cada vez saca más dinero del bolsillo de los contribuyentes que no advierten en qué se gasta el dinero que el gobierno le extrae mes a mes y en cada compra de un bien o de un servicio.
Un estudio que difundió la CEPAL hace una semana, sobre la carga impositiva de 15 países de América Latina y El Caribe, sumado a ciertos miembros de la OCDE, mostró que Uruguay en 1990 el total de ingresos tributarios en porcentaje del PIB había sido de 18,5%; en 2010 trepó a 25,2%.
Eso supone un aumento de 6,7 puntos porcentuales en 20 años.
¿El Estado uruguayo mejoró sus servicios 6,7 puntos porcentuales en esas dos décadas? ¿Las escuelas son más óptimas hoy que en la década de los 90? ¿Y el pavimento de calles y carreteras? ¿Y la limpieza de Montevideo?
Después de responder mentalmente a esas preguntas, creo que los economistas tienen razón: los impuestos –por lo menos en Uruguay- producen pérdidas irrecuperables de eficiencia.
08
2012
(POR FEDERICO COMESAÑA)
Odio el fútbol. No como deporte, que si me apuran puedo decir que me parece entretenido. Sino por todo lo que trae consigo: las barras, los cantos, la violencia –física y verbal–, las amenazas, las piedras, la irracionalidad. Odio el fútbol. No simpatizo con ningún cuadro. No me simpatizan las banderas, las instituciones futbolísticas ni mucho menos, la guarangada del “dar la vida por mi cuadro”.
Pero por sobre toda las cosas, me indigna. Quizás sea yo el ignorante, quizás por mis venas no corra la misma sangre, pero no logro entender el comportamiento de una parte importante de los hinchas de fútbol. No de esos que van a la cancha y disfrutan con un gol a favor y padecen con un tanto en contra. Sino de aquellos que llevan al fútbol a un nivel que no merece y que además, considero patológico.
Hoy escribí una columna de opinión sobre la manera en la que algunos uruguayos viven la política y asimilé ese comportamiento al de las hinchadas de fútbol. La foto que elegí para ilustrar la nota mostraba a la parcialidad de Peñarol arengando en un partido con un muñeco gigante con los colores de Nacional y la palabra “hijos” grabada en el centro.
La reacción fue instantánea. No por el contenido de la nota, que quienes comentaron en el blog, en mi twitter o enviaron correos a mi casilla laboral, ni siquiera empezaron a leer. Sino por una fotografía que poco tenía que ver con la temática del artículo y que solo ilustraba mi punto a través de una situación extrema.
Por una decisión editorial, a nivel de El Observador, resolvimos quitar la imagen. Consideramos que la animadversión que genera su presencia en la web, es la fuente real de la violencia y no la imagen en sí misma. Si alguien se siente ofendido, debe saber que no fue mi intención ni la de El Observador herir su orgullo ni afectar susceptibilidad alguna. En particular, respeto a mis lectores sean cuales sean sus opciones y su concepto del honor, aunque largamente diste del mío.
Pero tengo que ser claro al respecto: no considero que la imagen, dentro de mi columna, sea ofensiva. Si estuviera contextualizada en un artículo que avala el comportamiento hostil y patotero, entonces sí sería una ofensa para la parcialidad tricolor. En cambio, en un post que busca defenestrar esa clase de iniciativas, sea cual sea su ámbito, la foto solo persigue la finalidad de resaltar ese hecho para que todos señalemos con el dedo a quienes tuvieron esa actitud u otras similares y digamos “¡qué estupidez!”.
Es por eso que no pido disculpas por la opción que hice. De hecho, el comportamiento de los cientos de lectores que me insultaron y adjudicaron todo tipo de intencionalidad parcial, legitiman mi artículo e ilustran el punto de mi preocupación inicial, que lejos está del fútbol y sus diatribas.
El comportamiento de hinchada en el fútbol le hace mucho mal a nuestra sociedad, pero mayor es el perjuicio cuando esa misma conducta se traslada a otros ámbitos, donde realmente nos jugamos mucho. Porque al fin y al cabo, una vez que termina un partido de fútbol, más que alguna pasión herida, no habremos de lamentar mayores daños. Pero cuando lo que se discute es una gestión de gobierno, entran en juego los intereses y las oportunidades de toda una población.
Si el fútbol es para muchos una pasión, bien nos haría a todos que la vivan de forma sana y positiva. Confío en la racionalidad de los lectores y en el espíritu crítico de una sociedad que no debe avalar esta clase de comportamiento. Ni el que está en la foto ya suprimida, ni el que aún se puede leer –porque nadie va a quitarlos– en los comentarios de mi post anterior.
Soy yo, en todo caso, el que debería esperar sus disculpas.
No se molesten, que no es necesario.
NOTA DEL AUTOR: El artículo original pueden encontrarlo en Abajo las banderas
Federico Comesaña es @fcomesana en Twitter
08
2012
(POR FEDERICO COMESAÑA)
El uruguayo nace envuelto en dos banderas, la de un cuadro de fútbol y la de un partido político. Lo que es más triste, se hace adulto en las mismas condiciones. "Mi padre me mata si no soy colorado", dice uno. "En mi casa siempre votaron al Frente", se justifica otro. Como si fueran motivos para perpetuar ese comportamiento absurdo e irresponsable que tenemos los uruguayos, de meter el alma en un sobre y olvidarnos del verdadero sentido de la democracia, que es delegar en unos pocos, en aquellos que mejor reúnen las condiciones, las decisiones que sin duda afectarán nuestra vida cotidiana.
Estoy harto de las discusiones en clave de "los tuyos" y "los míos", del "yo no los voté" y el "yo los volvería a votar". Las cenas en familia o con amigos se convierten en un ida y vuelta de frases ingeniosas y argumentos envenenados. En el afán por denigrar o engrandecer al gobierno de turno -según sea la filiación del hincha-, hoy en día vale todo. Para torcer un comentario está permitido saltarse la verdad, siempre y cuando el nivel de información del contrincante lo permita. Las conversaciones sobre política están a la altura de los debates futbolístico. ¿Que importa la calidad técnica del jugador fulano? Lo primero que hay que mirar es su camiseta. Si sus colores coinciden con los míos, exalto su virtud con la pelota y su innegable talento goleador. Si es uno "de los otros", no escatimo a la hora de adjetivar su mediocridad futbolística y su pésima condición no solo dentro de la cancha sino también en todas las dimensiones de su humanidad.
Lo mismo sucede con la partidos políticos y eso es mucho, pero muchísimo más preocupante. Al fin y al cabo, el futbolista está ahí porque entretiene pero el político tiene un rol muy diferente, o al menos debería tenerlo. Cuando a las discusiones sobre la cosa pública las dirige el fanatismo y la parcialidad, hay algo que está fallando. En esos momentos de estrechez intelectual, cuando dejamos de lado el espíritu crítico y hacemos de los intereses de todos un juego dialéctico, frívolo y viciado, estamos validando una forma de hacer política que no es la que merecemos. Estamos perpetuando la cultura de los parlamentarios que hablan y no escuchan, de los candidatos que no debaten, de los opositores que solo trancan y de las heladeras que se postulan y salen electas.
Y no estoy hablando de ideologías, ni siquiera de defender intereses. Bienvenida sea una discusión ideológica, bienvenido sea el poner sobre la mesa los intereses en juego y discutir al respecto. Reducir la política a una contienda entre estandartes es otra forma de analfabetismo político, de ese que tanto exasperaba a Bertolt Brecht: "No sabe el muy idiota que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo". Las decisiones que se toman en el terreno político determinan nuestra calidad de vida, nuestras oportunidades económicas, nuestras libertadas y las de aquellos que más nos importan.
Por suerte, hay formas de darse cuenta si uno está adentrándose en el terreno del hincha político. Cuando se está de acuerdo con la totalidad de las acciones del gobierno o por el contrario, completamente en contra de absolutamente cualquier iniciativa impulsada, no digo que esté dentro de la categoría, pero sí tenga en cuenta que hay una alta probabilidad de que lo esté. De ser así, le aconsejo, consulte a su médico, puede que aún no sea tarde.
Quizás algún día podamos vivir la política con la seriedad que requiere. Algún día, liberales y progresistas; a la izquierda, al centro o a la derecha, podamos intercambiar ideas, escucharnos, comprendernos y argumentar. Pero fundamentalmente, que nos importe lo que diga el otro y abrir la posibilidad de cambiar nuestro parecer, de que las palabras ajenas permeen y dejarnos convencer. Darle la razón a otro no es aceptar una derrota, solo un necio puede creer lo contrario.
Que "un 6% para la educación", que "una menor carga impositiva", que un "mejor reparto de la riqueza", que una "mayor flexibilidad del mercado de trabajo". Las consignas no son armas en una guerra. La época de las divisas quedó atrás, como así también la de las persecuciones ideológicas. Pero aún queda una barrera por romper. El día que paremos la oreja y nos aseguremos de entender a quien opina diferente, habremos hecho una enorme contribución a nuestra sociedad. Porque detrás de los gritos, de las canciones de aliento y las banderas gigantes, hay un partido que se juega ahí afuera. Pero a diferencia del fútbol, todos estamos en el mismo equipo.
NOTA DEL AUTOR: A raíz de los comentarios, insultos y amenazas recibidas por la fotografía que ilustró en un primer momento este artículo, va a ustedes mi respuesta en el post Una fotografía que dijo demasiado.
Federico Comesaña es @fcomesana en Twitter
06
2012
(POR FEDERICO COMESAÑA)
En Uruguay, ahorrar es un privilegio de unos pocos. Si se dice que el ahorro es la base de la fortuna, la mayor parte de la población uruguaya no sale de los cimientos. No se trata solo de un tema de ingresos. No es que los ricos ahorren mucho y los pobres ahorren poco, sino que los ricos ahorran poco y los pobres se endeudan mes a mes en un círculo vicioso de créditos que tapan cuotas e intereses (a veces más intereses que cuotas) de otros créditos ya vencidos.
Pongámosle números al problema. El 20% más pobre de las familias montevideanas tiene un ahorro mensual negativo que equivale a 10% de su ingreso. Esto es, no solo no ahorran sino que gastan por encima del dinero que perciben mes a mes por su trabajo o por ser beneficiarios de los planes sociales. Lo mismo sucede con el segundo quintil, que posee un ahorro negativo de 6%. Solo el tercer 20% de las familias logra ahorrar, pero lo hace solo en términos estadísticos: su ahorro representa un despreciable 1,5% de lo que percibe. Podríamos decir entonces que 60% de los montevideanos no ahorra prácticamente un peso y hasta comprometen sus ingresos futuros.*
A la hora de sacar un préstamo, no es lo mismo ser pobre que rico. Los uruguayos de ingresos altos consiguen financiamiento a través del sistema bancario. Un crédito al consumo en un plazo de uno o dos años no tiene una tasa de interés muy superior al 15% anual. Sin embargo, los hogares de menores ingresos tienen las puertas cerradas de los bancos de plaza y deben recurrir a las administradoras de crédito, que se encuentran por fuera del sistema bancario y se alimentan del público que no cumple los requerimientos impuestos por las grandes instituciones.
La tasa promedio que cobran por prestar dinero no baja de 45% anual. Al sector de ingresos bajos y medio-bajos, el crédito le cuesta más del doble que a los de ingreso medio-alto y alto. Y no solo eso, un cliente que va con su cédula a una casa de créditos va a tener una tasa distinta dependiendo del barrio en el que viva, su ingreso, la antigüedad en su trabajo e incluso su edad y su sexo. Injusto o no, esos elementos dicen mucho estadísticamente sobre el perfil de riesgo del cliente.
Las administradoras de crédito no compiten con los bancos. De hecho, en Uruguay se generó un mercado muy particular. Los bancos son dueños de la mayor parte de estas empresas porque les sirve prestar a los hogares de menores recursos, pero hacerlo por fuera de las estrictas regulaciones del Banco Central. Es un negocio, de hecho, que les resulta muy rentable. Mucho más que el de la intermediación tradicional.
Meta pedal
La visión de mediano y largo plazo le da otra magnitud al problema. El elevado costo que tiene para los hogares de menores ingresos les lleva a comprometer sus ingresos futuros y por supuesto, la capacidad para hacer frente a sus deudas. Una familia que reciba $ 1.000 hoy de manos de un prestamista, va a tener comprometidos $ 1.450 en los próximos 12 meses. Y si a la vez debe sacar un préstamo para cubrir esa deuda (y además seguir consumiendo unos nuevos $ 1.000 adicionales a su ingreso), va a comprometer $ 3.550 del año siguiente. Es un efecto bola de nieve que va empobreciendo lenta pero continuamente a los más pobres. La bicicleta del crédito se mantiene en equilibrio siempre y cuando se siga pedaleando. Cuando las fuerzas se acaban, no queda más que soportar el golpe.
El crédito puede ser una solución. Nos permite adelantar el consumo sin la necesidad de ahorrar durante largos períodos para disfrutar de lo que queremos. Nos permite también salir de urgencias y problemas puntuales que pueden surgir en algún mes y que de otra forma nos harían pasarla muy mal. Pero el crédito no es, como algunas publicidades insisten en hacernos creer, el camino a la felicidad o al libre acceso a los bienes y servicios que deseamos. Muy por el contrario, puede convertirse en una trampa cuando es mal administrado, cuando es recibido por quienes carecen de la más absoluta educación financiera y de la capacidad para comprender los riesgos de asumir compromisos, plazos y vencimientos que no van a poder cumplir. Para ellos el crédito genera una falsa sensación de riqueza que solo desgasta su poder de compra en el mediano y largo plazo.
Lo más impactante (al menos para mí) es pensar que existen personas y empresas que ofrecen esa posibilidad a un amplio espectro de la población, aun a sabiendas de las consecuencias que puede tener otorgar un préstamo a quien no se encuentra en condiciones de recibirlo. El desenlace ineludible de la bicicleta del crédito es por todos conocido: la crisis de la imposibilidad, los dramas familiares y la angustia demoledora que genera la insolvencia. No son todas las administradoras de crédito, las hay también con políticas inflexibles a la hora de prestar o con amplios programas de educación en finanzas personales. Yo me pregunto por los otros, por los grandes empresarios y exitosos prestamistas, aquellos que viven de la ingenuidad del otro y explotan su necesidad, ¿cómo hacen para dormir tranquilos?
* Encuesta nacional de gastos e ingresos de los hogares uruguayos 2005-2006 - Instituto Nacional de Estadística (INE).
Federico Comesaña es @fcomesana en Twitter
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