El abuso de las malas palabras

En los medios de comunicación se putea sin límite y sin reparar que, para ser original, hay que conjugar los verbos correctamente

Es una lástima que, siendo a veces tan necesarias, las malas palabras vengan siendo usadas en forma tan indiscriminada y que, a fuerza de frecuentarlas, hayan perdido su fuerza original para convertirse en sonidos ordinarios y sin énfasis.

Porque, si para algo sirven las malas palabras, es para acentuar una idea cuando ya no hay otra forma de hacerlo. Pero, lamentablemente, ya cualquiera las fatiga para cualquier cosa y, lo peor, no lo hace en esos ámbitos íntimos en donde a veces son tan eficaces sino a viva voz en calles, revistas y micrófonos.

Resulta cansador percibir como en los medios de comunicación y en las redes sociales se dicen malas palabras queriendo parecer alternativos, sin darse cuenta de que hoy lo original es conjugar los verbos correctamente.

Los presuntos rebeldes parecen ignorar que el lenguaje rastrero es ineficaz si se quiere marcar diferencias con los que tienen el poder de sembrar tendencias y costumbres. Porque hace mucho tiempo que las palabras de los que tienen el poder dejaron de ser aristocráticas, refinadas o académicas, y se parecen demasiado a las que se usan en los programas de primicias del espectáculo. Se me ocurre, entonces, que la forma de resistencia a tanta puteada innecesaria es exhibir cierto pudor.

Estaría bárbaro que, uno de estos días, en los medios de comunicación aparezca algún revolucionario que, como gesto de rebelión, se limite a hablar y a escribir bien. Para eso basta con tomar como ejemplo a tantas personas humildes del barrio, de escasa ilustración y carentes de toda intención insurgente, que no fomentan las malas palabras sin dejar por eso de llamar a las cosas por su nombre.


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