El "afloje" fiscal que no fue

El "ajuste" o "consolidación", o como quiera llamarse al aumento de impuestos, tiene sus raíces muy claras en el exceso del gasto de las pasadas administraciones del Frente Amplio
Ante el segundo ajuste fiscal de esta administración (el primero fue muy subrepticio y se hizo por la vía de la ley de Presupuesto 2015, del aumento –o no reducción– de tarifas públicas y de la eliminación del ajuste por inflación para el cálculo del IRAE) se armó la previsible batahola político- sindical. Frente a argumentos como que el gobierno miente, que prometió en agosto de 2014 no subir la carga tributaria y aun bajarla, que el ajuste cae sobre las rentas de los trabajadores y no las del capital, el ministro Astori prefirió definir estas medidas de aumentos de impuestos y reducción de algunos gastos como "consolidación" fiscal, quizá para no traer malos recuerdos, y pidió que el debate evitara el "insulto y el agravio" y se centrara en "fundamentos".

Pues "fundamentos" y "razonamientos" fue lo que puso sobre la mesa esta semana Ceres (Centro de Estudios para la Realidad Económica y Social) a través de la conferencia del Dr. Ernesto Talvi, su director académico. Y de su exposición surge claramente que este "ajuste" o "consolidación", o como quiera llamarse al aumento de impuestos y reducción de gastos, tiene sus raíces muy claras en el exceso del gasto de las pasadas administraciones del Frente Amplio. Aprovechando la inusual bonanza internacional que vino sobre nuestras costas, se gastó todo peso adicional que entró a las arcas del estado, como si esos ingresos fueran eternos, como los diamantes. Cuando la bonanza amainó, y con ella los ingresos, el gasto siguió su trayectoria creciente porque en la lógica política es más fácil gastar que ahorrar. O dicho de otra manera, es más fácil predicar políticas anticíclicas cuando uno está en la oposición que practicarlas cuando uno es gobierno.

Talvi fue muy claro y respetuoso cuando planteó la raíz del problema y cuando explicó que si Uruguay hubiera aplicado desde 2009 una regla fiscal como la que diseñó y aplicó Chile bajo los gobiernos socialistas de Lagos y Bachelet, la situación fiscal de nuestro país sería muy distinta. Si tan solo no se hubieran incorporado al Estado los 44 mil funcionarios que entraron durante la administración Mujica, hoy Uruguay tendría un gasto menor de US$ 500 millones anuales y ninguna necesidad de hacer ajuste o consolidación fiscal de esa magnitud.

Es más, de haberse ahorrado en épocas de bonanza, habría hoy un fondo de reserva que permitiría hacer lo que hace Chile para combatir el enfriamiento económico: bajar impuestos sin comprometer la sólida situación fiscal que tenía y que tiene e incluso aumentar gastos en infraestructura para dinamizar la economía y de paso para arreglar los innumerables problemas que tiene Uruguay en dicha área, en la que muy poco se ha avanzado y que comprometen el flujo de producción en el futuro. Es decir, Chile puede hacer política anticíclica, cosa que Uruguay no puede. Y no necesita aumentar impuestos ni mirar lo que propuso Bachelet en su campaña electoral.

Porque si hay algo con lo que no se juega es con el tema impositivo. Incumplir esa promesa le costó a George Bush padre la reelección frente a Bill Clinton en 1992. Bush había dicho en la campaña electoral anterior: "Lean mis labios, no más impuestos". Y no cumplió esa promesa y el electorado se la cobró. Por eso hay que ser muy prudentes cuando se habla de impuestos, tanto de no subirlos como de bajarlos, como de consolidar la situación fiscal. Porque hay cosas que están fuera del control del presidente o del gobierno. Y así como puede venir una inesperada bonanza, puede venir una inesperada desaceleración o crisis. Con lo cual, hacer promesas sobre los impuestos es atarse las manos cuando uno no puede quedarse con las manos atadas. Pero las promesas incumplidas en materia impositiva son muy sensibles: afectan el bolsillo de todos los ciudadanos. Uno podrá prometer construir un puente o 50 escuelas. Y luego si no llega a eso, tendrá varias razones para explicarlo. Pero en materia impositiva es mejor no meterse o, si se lo hace, describir lineamientos generales. Y es, mejor aún, no ser demasiado enfático en esas promesas. Porque cuanto más enfático se sea, más duramente se volverán contra uno las promesas incumplidas.

Pero más allá de debatir sobre lo que se prometió y no se cumplió, la conclusión que tiene que sacar el país todo de esta mala experiencia es que hay un camino de disciplina fiscal que es imprescindible seguir. De lo contrario, nos pasaremos haciendo ajustes o consolidaciones fiscales por el resto de nuestra vida y perderemos la posibilidad de hacer políticas anticíclicas o, alguna vez, un "afloje" fiscal.

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