El apocalipsis de los animales

La crisis de biodiversidad en el mundo es evidente
La organización mundial para la protección de la vida silvestre (WWF) divulgó esta semana otro informe de los que alimentan la preocupación por la situación del planeta. En él, estima que la población de animales silvestres cayó 58% en los últimos 40 años.

Es decir, la población cayó a menos de la mitad desde 1976 a la fecha. Ahora que los zoológicos son políticamente incorrectos, los niños que tanto aman ver elefantes, jirafas o cebras, van en camino de solo poder verlas en documentales. Nosotros, los humanos, los estamos borrando de la faz de la Tierra.

Es la sexta extinción masiva que ocurre en la historia de la vida sobre el planeta Tierra. La sexta vez que ocurre en 4.500 millones de años. La primera desde el meteorito que arrasó a los dinosaurios, hace 65 millones de años. Y la primera vez que sucede porque una especie es tan exitosa que en su camino va arrasando con todas las demás. Un éxito que puede volverse pesadilla. Porque una vez que una extinción generalizada empieza, nunca se sabe cómo termina. El estudio asegura que el declive de la vida silvestre puede llegar a dos tercios tan pronto como en 2020.

Mike Barrett, director de ciencia y política del WWF, afirmó al divulgar el trabajo que "es claro que si se sigue actuando de la misma manera seguirá declinando la población silvestre. Pero creo que hemos llegado a un punto en el que ya no hay excusas para dejar que esto siga ocurriendo".
Los animales que más se están extinguiendo son los que viven en ríos, lagos y humedales, afirma el informe. Algo que indirectamente dice algo muy importante: hay un problema grave de contaminación de las aguas. Incluso en los mares, que por su inmensidad parecen más estables, están sucediendo fenómenos gravísimos como la muerte de la gran barrera de coral de Australia.

Aunque las cifras de ese estudio han sido criticadas como temerarias y centradas en zonas de Europa donde las complejas mediciones se llevan a cabo, la crisis de biodiversidad que atraviesa el mundo es bastante evidente. Y Uruguay seguramente no sea la excepción, aunque seguramente sea muy difícil realizar mediciones. Especies emblemáticas de nuestra fauna como el bello sapito de Darwin son cada vez más difíciles de encontrar, ejemplificando la amenaza que se cierne sobre la fauna que habita los cursos de agua.

La ganadería uruguaya tiene también aquí una oportunidad de diferenciación y legitimación. Especialmente en vísperas de que se lleve a cabo en Uruguay el congreso mundial de la carne, tiene que reflexionar y mostrar aquellos sistemas que preservan intacta la calidad del agua y cuyos pastizales sirven de refugio a las aves, los reptiles, los anfibios y mamíferos.
Certificar situaciones de mantenimiento o aún más de restauración de la diversidad puede ser otra vía de diferenciación para los productos uruguayos.

El tema también muestra la importancia de los montes naturales, que habitualmente hacen de refugio a las especies nativas y de filtro para amortiguar la contaminación que puede llegar por malas prácticas agrícolas.

Uruguay está apostando fuerte a una línea estratégica de "intensificación sostenible" que pone más peso a certificar cómo está constituido y como fue el proceso de producción de un alimento desde su más lejano origen hasta que llega el plato.

En los mercados sofisticados cada alimento será sometido a un escrutinio. Tal vez Uruguay, que ya ha hecho vanguardia en tantas cosas, tiene también en este caso que apostar a ser vanguardia y jugarse por una ganadería y una forestación que restaure y devuelva la diversidad biológica perdida. Está bien la intensificación sostenible, pero mucha gente quiere algo más que sustentabilidad; quiere restauración de estas tendencias que están sacando del planeta a animales bellos pero que además contribuyen a la estabilidad de los ecosistemas.

Lo que es una amenaza para el mundo puede ser una oportunidad para Uruguay si el país es capaz de hacer aumentar la población de perdices y patos, si el oso hormiguero vuelve a las praderas y si las nutrias aunque dañen a los tajamares son mostradas en convivencia con sistemas productivos. La ganadería y la forestación tienen valor a agregar si logramos demostrar que el apocalipsis de la vida silvestre que ocurre en otras partes del mundo encuentra aquí una isla de biodiversidad.

La agricultura difícilmente sea restauradora pero tiene planes de uso y manejo de suelos y debería tener estrategias de protección de los cursos de agua como para al menos demostrar que no agrava los problemas.

Además de intensificación sustentable, se debe avanzar en sistemas estables y restauradores de la vida silvestre. El campo natural uruguayo tiene allí una de sus claves para ser una boutique de alimentos éticos con una agricultura que cuida los suelos y una forestación que secuestra carbono y propicia una red de áreas protegidas.

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