El atolladero de las primarias

Si Abraham Lincoln se levantara de la tumba y viera lo que han hecho con su partido, se volvería a morir
Nunca antes en unas elecciones primarias de Estados Unidos los últimos estados en votar importaron tanto. Normalmente –desde que las primarias se afianzaron, a partir de 1980, como método de alcance nacional para elegir al candidato de cada partido– cuando la contienda llegaba al estado de Nueva York, el candidato ya estaba largamente definido. Con la única excepción de las primarias demócratas de 2008, y porque fue una elección auténticamente reñida, disputada estado a estado, delegado a delegado, entre Barack Obama y Hillary Clinton. La más pareja en la historia reciente de las primarias y su complejo sistema de elección, diseñado para generar entusiasmo entre los votantes, y para los ratings de la televisión, como si fuera una temporada de la NBA o de la NFL.

Este martes fueron las internas en Nueva York, donde los dos candidatos que lideran con amplitud las primarias de ambos partidos (Donald Trump, en el Republicano, y Hillary Clinton, en el Demócrata) ganaron por amplios márgenes. Sin embargo, las primarias continúan, sus rivales no se retiran de la contienda, a pesar de que ya no pueden ganar la nominación; y así ninguno de los dos puede declararse ganador.

¿Cuál es la diferencia con las primarias anteriores? La presencia de dos candidatos atípicos en el sistema político estadounidense: el propio Trump y Bernie Sanders en los demócratas.

Los dos casos son muy diferentes entre sí; las dos internas lo son, aunque ambas son elecciones indirectas donde los votos de los electores no cuentan por su número real, sino por la cantidad de delegados que se les asignan en cada estado.

Bernie Sanders prácticamente no tiene posibilidades ya de acceder a la nominación demócrata. A pesar de haber ganado un buen número de estados, y de haber generado un gran entusiasmo alrededor de su campaña –principalmente entre los jóvenes–, el Partido Demócrata se reserva un tercio de los delegados; lo cual le da a la cúpula partidaria un gran poder de decisión para inclinar la balanza hacia uno u otro candidato. Son los llamados "superdelegados", que en esta elección apoyan abrumadoramente la candidatura de Hillary. Y así Sanders no tiene chance, aunque ganara la mayoría de las contiendas de aquí al 7 de junio.

Pero el candidato socialista permanece en contienda porque su objetivo ya no es tanto obtener la nominación, sino avanzar una causa: lograr que el término socialista ya no sea una mala palabra para los electores norteamericanos, y que, como en los países europeos, pueda convertirse en una opción más de la baraja democrática. Esa siempre había sido la intención en la ya larga carrera política de este veterano de Vermont, nacido y criado en Brooklyn; pero nunca se imaginó llegar a estas instancias y encabezar el movimiento político que ha generado en esta elección. Hillary Clinton solo lamenta que le haya tocado a ella enfrentarlo, que le ha venido a aguar la fiesta, eclipsando lo que se esperaba fuera para la ex primera dama un paseo de popularidad sin rival en el horizonte. Pero en este caso, parece ser solo cuestión de tiempo; y al final se alzará cómodamente con la nominación.

Muy diferente es el escenario en la interna republicana. Allí Trump ha obtenido victorias muy contundentes en la gran mayoría de los estados; y el martes arrasó en su patio de Nueva York con una ventaja de 35 largos puntos. Sus rivales, Ted Cruz y John Kasich, ya no tienen matemáticamente posibilidades de llegar a los 1.237 delegados que se necesitan para obtener la nominación. Y el establishment republicano no cuenta con los superdelegados de los demócratas para imponer su candidato.

El excéntrico magnate ha generado un revuelo mundial con sus declaraciones xenófobas, sus posturas antiinmigración y su nacionalismo populista. Pero los votantes republicanos le han seguido dando su apoyo en las urnas, muy a despecho de los jefes del partido, que prefieren a cualquiera menos a Trump, y que a esta altura solo aspiran a que el magnate no llegue al número de delegados para poder elegir un candidato más sensato en la convención de Cleveland, Ohio. Por esa razón no se bajan ni Cruz ni Kasich, quienes en una convención abierta tendrían más capital político para obtener la nominación que un cuarto o quinto candidato que, llegado el caso, propusiera el establishment.

La operación política anti-Trump no sería, empero, tan sencilla. En varios estados las bases republicanas ya se empiezan a quejar de que no se está respetando su voto, porque Cruz ha comenzado a acumular delegados que no le pertenecían, en estados donde ganó Trump. Y si el magnate prevaleciera en tres de los cinco estados que votan el próximo martes (que son Connecticut, Pennsylvania, Maryland, Delaware y Rhode Island), luego en Indiana el 3 de mayo, y en California y Nueva Jersey el 7 de junio, ya alcanzaría los 1.237 delegados para su nominación.

Como sea, es difícil saberlo, habida cuenta de la operación que paralelamente lleva a cabo la campaña de Cruz por hacerse de delegados ajenos. En resumen, un gran embrollo que tiene al Partido Republicano en el limbo electoral, debatiéndose entre nominar a un peligro como Trump o traicionar a sus votantes.

No ha de ser sencillo el dilema, pero no es otra cosa que la consecuencia de un partido en crisis, que durante los últimos 25 años se ha dedicado a alimentar las divisiones y los odios. Y es eso mismo lo que lo ha convertido últimamente en coto de caza para movimientos radicales como el Tea Party, o para excéntricos improvisados como Donald Trump.

Una verdadera debacle, que si Abraham Lincoln se levantara hoy de la tumba y viera lo que han hecho con su partido, se volvía a morir.

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