El bajón de Trump

El candidato republicano en el peor momento de su campaña presidencial
Donald Trump ha tenido una semana para el olvido. Ya prácticamente no hay día en que no se despache con algún exabrupto, ofenda a alguien con un disparate o encienda todas las alarmas de su partido con alguna salida de tono. Estas cosas podrán pasar inadvertidas en la cuenta de las redes sociales de algún troll; pero para el lenguaje comedido de Washington, son una incivilidad y un bochorno.

Y así el candidato republicano dilapidó el repunte que había obtenido tras la Convención de Cleveland, cuando llegó a posicionarse varios puntos por encima de su rival demócrata, Hillary Clinton, en las encuestas. En un abrir y cerrar de ojos, el magnate quedó ahora por debajo en todas ellas. La del Wall Street Journal lo muestra nueve puntos a la zaga, con 38% por 47% de Clinton. Y el último sondeo de la cadena Fox News –que apoya, aunque con notorias disidencias, su candidatura– lo ubica hasta 10 enteros por debajo de su rival: 39% a 49%.

Es cierto que a la semana siguiente de la Convención Republicana en Cleveland, los demócratas tuvieron la suya propia en Filadelfia; y que eso potenció con creces el marcado repunte de Clinton. Pero en el ínterin, Trump se enfrascó en un duro cruce mediático con la familia musulmana de un oficial estadounidense caído en Irak; profundizó sus divisiones con referentes del Partido Republicano, como el senador John McCain y el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan; y hasta mandó callar a un bebé que lloraba en uno de sus mítines.

Es cierto también que los medios magnifican sus desplantes de un modo inusitado. Pero eso es lo que Trump genera. Además hay temor de que alguien con su temperamento llegue a la Casa Blanca. No es para menos. Y en todo caso, sus desplantes existen. Podrán ser magnificados y reproducidos hasta el hartazgo; pero parten de un hecho. Evidentemente el neoyorquino es un hombre con problemas de autocontrol. Y eso en política es una espada de Damocles pendiendo sobre la cabeza. "En política –decía Batlle y Ordoñez–, el que se precipita se precipita". Trump se precipitó varias veces la última semana, y así se precipitó en las encuestas.

Por otro lado, sucede algo muy curioso. Parece muy probable que varios de los puntos que perdió Trump hayan pasado a engrosar la columna del candidato del Partido Libertario, Gary Johnson, hasta hace muy poco un total desconocido, una de esas candidaturas testimoniales a las que ningún medio le presta atención. En las elecciones de 2012, Johnson no fue invitado a ningún debate (para ello, hay que tener al menos 15% de la intención de voto) ni nadie lo entrevistó; y en la votación no llegó ni al 1% de los sufragios. Sin embargo, en los últimos meses –y por alguna razón que escapa a mi entendimiento–, recibió una gran exposición mediática.

El miércoles, el periodista Anderson Cooper entrevistó a Johnson junto a su compañero de fórmula en las pantallas de la CNN. Una hora entera con preguntas del público, en lo que fue ya el segundo Libertarian Presidential Town Hall organizado por la cadena.

El inesperado escaparate parece dar resultados: Johnson ya mide 10% en casi todos los sondeos. Y si uno los analiza bien en la fuente (no los que luego se publican solo con los dos punteros), nota que Hillary no ha subido, sino que baja Trump y sube Johnson. La idea parece ser que el candidato libertario llegue a 15% y así poder colarlo en los debates, donde seguramente diezme de un modo suficiente los números del republicano.

Entre eso, sus errores (llamémosle de alguna manera) y el montón que le hacen los medios en contra, el panorama de Trump podría entrar en un cono de sombra de cara al 8 de noviembre. Aunque no lo daría por muerto, ni mucho menos. Ha demostrado varias veces ser inmune a las operaciones mediáticas. A veces pareciera, incluso, que cuantas más críticas recibe en los medios, más adeptos consigue.

La animosidad que el establishment se ha ganado entre amplios sectores de votantes no es algo a desdeñar. El insurgente, el outsider que esos votantes han elegido para enviarle un mensaje de descontento a esas élites es Trump (así como los ingleses eligieron al brexit para enviarle un mensaje a su propio establishment). Y los medios, los llamados mainstream media, son percibidos como parte de ese establishment. Por eso se da la reacción.

De hecho, a pesar de haber sido la peor semana en la campaña de Trump, también fue en la que batió récords de recaudación de fondos. Y todo con pequeñas donaciones de US$ 20 (algunas hasta de US$ 12), con las que llegó a amasar US$ 80 millones, contra los US$ 90 millones de Clinton que tiene a todos los grandes donantes de Wall Street detrás.

Tal vez ese sea precisamente parte del problema: Clinton y sus vínculos con Wall Street, una constante en Washington. La famosa "puerta giratoria" de los altos cargos de las administraciones Clinton y Bush que luego pasaban a ser ejecutivos en bancos de Wall Street y viceversa, los secretarios del Tesoro, los discursos pagados en cientos de miles de dólares. Todo eso es visto como el entramado que permitió la infausta desregulación financiera, la madre de la descomunal burbuja que estalló en 2008 con el desplome de los grandes bancos.

Y, por si fuera poco, después vino el rescate por la friolera de US$ 700.000 millones, aprobado entre gallos y medianoche por los legisladores, a instancias de los banqueros, y de espaldas a la ciudadanía.

Algo se rompió ahí. De otro modo, candidatos marginales, como siempre habían sido Trump y Bernie Sanders, nunca hubieran pasado de 3% en las preferencias. Hoy encabezan movimientos.

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