El barrio del funk ardiente

Ninguno de los lugares comunes de "Suelto en el barrio Yagurú" atentan contra lo que es: un prolijísimo y adorable ejercicio de funk que puede ser tu disco alternativo del verano

No tengo claro si Esteban Stopelli influyó con su guitarra al sonido de La Teja Pride o si el encare sonoro de la banda en una de sus múltiples mutaciones puso al guitarrista en el lugar adecuado y el momento ideal. Lo que sí caía de maduro aquella vez que los "Tejos" se acercaron a tocar a la redacción de El Observador allá por 2013 para el ciclo "Música en Redacción" es que Stopelli y su guitarra con talk-box (la famosa "manguerita" con la que los guitarristas pueden amplificar un efecto de distorsión usando su boca) añadían a LTP un costado más orgánico desde el funk, algo que en aquel entonces estaba una vez más de moda gracias a Random access memories, el último disco del dúo Daft Punk. 

A principio de este año apareció Suelto en el barrio Yagurú casi en silencio y aún hoy es uno de los secretos mejor guardados del año musical uruguayo. Los avatares de la falta de difusión pueden ser muchos, pero lo cierto es que siendo el caso de un disco tan bien resuelto que se mueve en unas formas musicales accesibles y cercanas por parte del guitarrista de una de las bandas más reconocidas del ámbito local, no deja de llamar la atención.

Suelto en el barrio Yagurú es uno de esos discos en los que las formas más comunes de un determinado género musical -en este caso, el funk- son ejecutadas con la disciplina y la gracia con la que un karateka recrea un kata. Y en esa cancha es en la que Stopelli parece sentirse mejor, habida cuenta de que en su facebook, activo hasta no hace mucho tiempo, sus posteos y recomendaciones viajaban y mucho a la escena de la música negra funk de los años setenta en Estados Unidos.

Como aprendiz, Stopelli parece un alumno avanzado de referentes como Nile Rodgers y por añadidura los propios Daft Punk pero en la mezcla también necesariamente el disco parece influido por la inocencia pop que marca a los últimos trabajos de Illya Kuryaki and the Valderramas, una banda que juega a hacer bailar y pegarse como chicle al cerebro antes que a nada en base a técnica y estribillos simples con consignas dedicadas al goce y el placer musical (chequear Suelto en la pista de baile para tener una idea un poco más clara del asunto).

A lo largo del disco, los invitados que ponen su voz y otros efectos -aparecen desde Santi Mostaffa hasta los hermanos Mattioli- se suceden mientras Stopelli prueba y mete sin asco todo aquello a lo que puede apelar un disco de este tipo: autotunes para la voz, vocoders, sintetizadores, coristas, momentos de fraseos rapeados, bajadas de tempo que sintonizan con el Lenny Kravitz de finales de los años noventa y más. Ni siquiera cuando apela a sonidos de sítara (como pasa en Calavera no chilla) el disco rechina porque la persecución de Stopelli por hacer funcionar las canciones, incluso en sus formas pop más previsibles.

    

 


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