El brexit: una salida con daños

El gobierno británico comenzó a delinear las principales orientaciones para la negociación con la Unión Europea

Siete meses después del brexit, el gobierno británico ha comenzado a delinear las principales orientaciones para la negociación con la Unión Europea a partir del próximo mes de marzo, a lo largo de dos años. Ello siempre que, debido a un reciente fallo de la Suprema Corte, el Parlamento apruebe con carácter previo el inicio de ese proceso.

En el tiempo transcurrido desde el pasado mes de junio, la primera constatación es la de que, hasta ahora, todas las predicciones de la opinión especializada resultaron erradas.

Antes de la votación, el Tesoro, el Banco de Inglaterra, el Fondo Monetario Internacional y la amplia mayoría de los expertos anticiparon que, en caso de una salida de la UE, el resultado inmediato pero también el de largo plazo sería definidamente negativo para la economía inglesa. El entonces primer ministro George Osborne anunció que iba a ser necesario un ajuste fiscal de emergencia y el presidente del Banco de Inglaterra Mark Carney anticipó una recesión para la segunda mitad del año.

En contra de todas estas predicciones, en el tercer trimestre del año pasado la economía creció 0,5% y todo indica que siguió creciendo en los tres meses posteriores. El Reino Unido fue el que más creció el año pasado en el G7, la industria aumentó a su mayor ritmo desde mediados del 2014, el desempleo continuó bajando y las grandes empresas siguen adelante con sus planes de inversión.

El error en las predicciones tiene una cierta explicación. Por un lado, la economía creció en el marco de una política monetaria expansiva, justamente puesta en práctica para evitar el riesgo de una recesión inmediatamente posterior al brexit. Por otro lado, el impulso de la economía también fue promovido por la debilidad de la libra, que ha bajado desde entonces en torno al 20% con relación al dólar. Tal como era de esperar, ello ha tenido un efecto positivo sobre las exportaciones y el turismo. Pero en contrapartida, ya hay un aumento de la inflación, que es ahora de 1,6% anual, el mayor registro de los dos últimos años, con un incremento reciente que es el mayor de los últimos cinco años.

Sin perjuicio de estas consideraciones, ya se sabe que el resultado final del brexit para los intereses británicos dependerá sustancialmente de los términos de la negociación con la UE. Más concretamente, habrá que ver si la isla puede mantener el acceso sin restricciones al mercado europeo para la producción y la banca, puesto que, como ya ha anunciado, fijará sus propias reglas de inmigración.

Hace 10 días la primera ministra Theresa May anunció algunas de las bases para orientar la negociación con la UE. En lo básico, se tratará de llegar a un acuerdo arancelario sobre bases de reciprocidad, para minimizar el daño a la exportación. Hay una insinuación de un trato preferencial para ciertos sectores, como el automotor y el farmacéutico. Para los servicios financieros, se pedirá un período de transición, para atenuar el costo que habrá al final del proceso. También fue anunciada la intención de firmar acuerdos de libre comercio con otros países, con una referencia expresa a Estados Unidos, que podría agregar a Canadá, Australia y hasta China.

Para el logro de estos objetivos, fueron anticipadas algunas eventuales concesiones a la UE, tales como la continuidad de la cooperación en defensa y seguridad y el mantenimiento de una contribución “relativamente pequeña” al presupuesto comunitario.

Pero también hubo advertencias. Si no se llega a un acuerdo, no solo estará amenazada la situación de las inversiones europeas en el RU. Lo mismo ocurrirá con las exportaciones que vienen desde el continente, que tienen en la isla a su principal mercado mundial, con unos US$ 360.000 millones anuales. También habrá una pérdida del acceso a la City de muchas empresas europeas. Hasta es posible que el RU “cambie el modelo” de negocios, una expresión que fue interpretada como una posible baja de los impuestos con relación al continente, para atraer a la inversión extranjera.

Aunque en política es difícil excluir de antemano la posibilidad de algún tipo de acuerdo una vez instalada una mesa de negociación, lo cierto es que en conjunto, esas definiciones vuelven muy difícil el acercamiento entre las partes.

Es verdad, el brexit impone un costo importante a la UE, porque sus exportaciones a la isla ya no tendrán acceso un preferencial y porque su presupuesto perderá la contribución británica. Pero tampoco es el desastre: las ventas europeas a Inglaterra son apenas el 3% del PIB del continente, contra el 12% de las inglesas. Y aunque con idas y venidas, el presupuesto comunitario finalmente habrá de encontrar un nuevo punto de equilibrio.

Estas dificultades no habrán de facilitar a la disposición negociadora de los europeos, que ya han advertido no estar preparados para aceptar un acuerdo que resulte en una mejor posición para el país que abandonó a la UE con relación a su situación anterior. Más aun si desde ya, la isla está anunciando que tendrá su propia política de inmigración y que va a firmar acuerdos comerciales con varias de las otras principales economías del mundo.

No parece haber atajos fáciles. El RU y la UE ya no tendrán la relación preferente del pasado. El brexit tendrá sus costos para ambos pero están decididos a asumirlos en aras de una ruptura política que ya no tiene marcha atrás.

Por supuesto, el mundo no se termina en esta negociación. Habrá un nuevo marco en el que la isla y el continente definirán sus respectivas políticas económicas y sus acuerdos comerciales con terceros países.

¡Vaya perturbación la del brexit!