El cambio climático de la política

En las viejas democracias los pueblos se alejan de partidos y políticos
Hay una oleada que azota Occidente y comienza a llegar al Uruguay o amenaza con llegar: el alejamiento de los pueblos en relación a los partidos políticos y a los elencos políticos en las democracias de partidos de vieja consolidación.

Para no reducir el análisis a los dedos de una mano, corresponde manejar con cierta laxitud el término democracia y el término partidos. Se puede decir que se habla de poliarquías o semipoliarquías, en otro lenguaje de democracias plenas o incompletas, de estructuras políticas con cierta permanencia -no menos de tres décadas- que en determinado momento generaron niveles altos de pertenencia, de adhesión.

Los casos corresponden, con esa flexibilidad interpretativa, a Europa Occidental, América del Norte, Costa Rica, Uruguay, Israel, Japón, India, Australia, Nueva Zelanda y quizás algún otro caso por ahí (¿Chile?)

En algunos casos lo dominante fue el bipartidismo, como el dualismo republicano-demócrata en los Estados Unidos de América, el liberal-conservador en Canadá, primero el conservador-liberal y luego el conservador-laborista en el Reino Unidos, el Fianna Fail-Fine Gael en Irlanda, el democristiano-socialdemócrata en buena parte de Europa Occidental (Alemania, Austria, Bélgica, Holanda).

En otros no el bipartidismo sino el bibloquismo, el juego de dos grandes bloques centrales, como las alianzas de derecha versus las alianzas de izquierda en Francia, o la constelación en torno a la Democracia Cristiana versus el Partido Comunista en Italia, o el bloque de izquierda encabezada por los socialistas contra el bloque burgués (conservador, liberal, agrario) en Suecia.

El caso uruguayo quizás fue uno de los que más resistió, al pasar de un bipartidismo sesquicentenario blanco-colorado al actual bipartidismo fenteamplista-blanco, y en medio una etapa de tripartidismo2.

Quizás en la mayoría de los países puede situarse en los años ochenta el zenit de las democracias de partidos, el voto mediante pertenencia, la credibilidad en los partidos y la confianza en los elencos políticos.

Más o menos en torno al fin de la Guerra Fría comienza una primera oleada de crujido de los sistemas de partido. Italia e Israel aparecen como los casos primigenios, en forma no sincrónica y por motivaciones diferentes.

Pero a partir de la crisis económica y financiera global iniciada en 2008 y acentuada en Europa a partir del 2011, el fenómeno de crujido de los partidos y de caída de la confianza en los políticos adquiere una gran velocidad y sobre todo, gran profundidad.
Los productos de estos fenómenos no son unívocos. Uno de ellos es el surgimiento y crecimiento de los partidos de extrema derecha, de los partidos racistas y de los partidos xenófobos (que no es lo mismo lo uno que lo otro, aunque puedan interrelacionarse). Otro, no necesariamente opuesto al anterior y a veces complementario (otras veces opuesto), es el crecimiento de los nacionalismos y de los regionalismos.

Por el lado opuesto aparece el crecimiento exponencial de los partidos ecologistas y de los que genéricamente se pueden clasificar como propulsores de la nueva agenda de derechos, como los derechos de la mujer, de los colectivos LGBTI (lésbico, gay, bisexual, transexual, intersexual), de determinadas concepciones higienistas (vegetarianos, veganos). También los que propugnan democracias más participativas, o de base, o directas.

Y hay una clase de partidos o movimientos distinta, en la que aparece con más claridad el rechazo al establishment, a los políticos de carrera y a las estructuras clásicas de organización política, y no aparecen tan claros ni los nortes ni las agendas. Las consignas más comunes son "¡que se vayan todos!" y "¡honestidad, honestidad!".

Al fenómeno de los surgimientos y crecimientos se contrapone en paralelo el de las bancarrotas. En primer lugar hay una crisis generalizado de los partidos de tipo socialista, respecto a los cuales los paradigmas pueden ser Austria, España y Holanda.

Hay también un fuerte erosión, aunque menor, en los partidos populares o democristianos, respecto a los cuales aparecen también paradigmáticos los mismos países. Y un crujido de los viejos bipartidismos como el británico (y con algunas reservas el irlandés) o la bancarrota por segunda vez entre 2013 y 2016 del sistema italiano de partidos (la anterior fue en 1991-1993).

Esta semana se observó cómo al menos uno de cada tres holandeses votó a algún partido anti-establishment. Poco antes, Italia votó masivamente por el No en un referendo constitucional. Los británicos votaron romper con la Unión Europea (el Brext). Y los vientos de ambos referendos barrieron con sendos jefes de Gobierno.

Austria fue a un balotaje entre dos candidatos anti-establishment, uno ecologista y otro posnazi. Francia ve derruida la izquierda y erosionada la derecha moderada, con un claro avance de la extrema derecha lepenista.

Alemania, el país que más resiste, tiene igual empujes antisistema significativos, y eso que logró hace algunos lustros incrustar en el sistema a los verdes. También se erosionaron los viejos esquemas políticos en Suecia, Noruega, Dinamarca.

En Israel el laborismo pasó a ser un partido casi insignificante. Y la mitad de los ciudadanos de los Estados Unidos de América votaron al hombre que para ellos encarnó el rechazo a los elencos demócratas y republicanos, el rechazo a Washington DC. Portugal no es noticia, porque con una amplia coalición que va del centro izquierda a la izquierda pura, aparece -por ahora- como un lago al reparo de los temporales.

Ha llegado la hora de atender el cambio climático de la política. Hay que ver los nubarrones, los tornados, los ciclones que golpean y devastan viejas y sólidas democracias de partidos, y arrasan los elencos políticos de larga duración.

*1 Catedrático de Sistema Electoral de la Universidad de la República (Facultad de Ciencias Sociales, Instituto de Ciencia Política)
*2 La definición de bipartidismo se hace tomando el Número Efectivo de Partidos en la formulación de Taagapera & Lakso.

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