El cambio horario y los chivitos canadienses a 750 pesos

El lobby turístico ganó: no habrá cambio de hora ni ahorro energético. ¿Cómo pueden devolvernos el favor los empresarios gastronómicos?

Era uno de esos típicos temas de conversación, de los que casi nadie podía zafar, a inicios de octubre y de marzo. En esas inevitables charlas jamás dudé de qué lado estar: siempre entre los defensores a ultranza del cambio de hora. Además de generar un mágico efecto alargador de los días y de la buena onda colectiva, implica ahorro energético y es una señal muy fuerte a favor de la preservación de los recursos naturales.

Pero aquellas discusiones, que seguro vamos a extrañar, ya no se darán: hace unos días nos enteramos que en Uruguay no habrá más cambio horario.

Desde hace años los empresarios del sector turístico, y en particular del gastronómico, iniciaron un intenso lobby contra esta medida, bajo el argumento de que los bares y restaurantes perdían un turno de clientes en la noche. Dicen que en verano buena parte de los comensales no llegan antes de las 22 horas y eso perjudica las finanzas de los comercios.

El principio del fin del cambio de hora ocurrió en una reunión entre el presidente Tabaré Vázquez y la cúpula de la Cámara Uruguaya del Turismo, el 22 junio en la residencia de Suárez (la fotografía que ilustra este post es de esa reunión). Ahí el presidente se comprometió  a tomar en cuenta el viejo reclamo y firmar un decreto que da marcha atrás a una decisión que él mismo había adoptado en 2005.

El acuerdo fue oficializado el jueves pasado por el subsecretario de Turismo, Benjamín Liberoff, quien dijo que el cambio horario correspondía a un tiempo distinto desde el punto de vista energético “tanto por la crisis que nos afectaba como por la forma de generación”.

(¡Como si intentar ahorrar energía no debiera ser siempre la primera decisión, Liberoff!).

El subsecretario dijo también que ahora UTE podrá evaluar y cuantificar el impacto que generaba el ahorro.

Pero, si no nos mintió a todos, UTE ya había cuantificado la medida. Basta echar una mirada al informe de eficiencia energética del Ministerio de Industria, de octubre de 2014, que por ahora sigue estando disponible en la web www.eficienciaenergetica.gub.uy.

Allí hay datos más que contundentes, presentados por UTE. Entre octubre de 2013 y marzo 2014 se ahorraron casi ocho millones de dólares. El ahorro en ese período fue equivalente al funcionamiento a pleno de la central Terra por 10 días, la de Palmar por cuatro días o la quinta turbina de la central Batlle por 18 días.

También equivale al consumo total de 152 días en el departamento de Canelones o 149 en Colonia.

Además, dice el estudio que hubo una importante disminución de emisiones contaminantes: 2.669 toneladas de anhídrido carbónico, una tonelada de monóxido de carbono, 10,4 toneladas de óxido de nitrógeno y 52 toneladas de dióxido de azufre. Durante este período de cambio horario, el 17 % de la generación fue con centrales térmicas.

Pero, como si todo esto fuera poco, el Ministerio de Industria cita una encuesta realizada en setiembre de 2013 por la empresa Opción Consultores, que indica que el 71% de la población está de acuerdo con la implementación del cambio de hora.

Una medida que, si miramos para afuera, se aplica en casi toda Europa, Estados Unidos (salvo algunas zonas muy puntuales) y Canadá.

Si se observa el mapa del mundo pintado según quiénes aplican el cambio de hora y quiénes no, la decisión –de qué lado estar- no parece realmente difícil.

El que debe estar desconcertado es Ramón Méndez, exdirector de Energía. En octubre de 2014 declaró que la energía es un bien finito y que el tema es si queremos consumir más o queremos disfrutar de la naturaleza.

O sea, el debate es mucho más profundo que uno o dos turnos en los boliches en enero. Es un asunto trascendente donde, en el fondo y aunque suene trillado, está en juego el futuro del mundo tal cual lo conocemos.

El cambio horario, decía Méndez el año pasado, tiene un ahorro para las cuentas de UTE y es una medida claramente beneficiosa para la inmensa mayoría de la población, pero no para “un sector mínimo de la ciudad”, esto es, los dueños de los restaurantes.

A ellos, a esos cientos de empresarios que quizás este verano logren una mejor ecuación financiera, les pido tres favores.

Primero, que paguen sus impuestos y facturen. Sería muy positivo que no nos lleven la cuenta a la mesa en papelitos escritos a mano, como pasa muy seguido en los balnearios desde Colonia a Rocha.

Segundo, les pido que, en lo posible, paguen un sueldo decente a los empleados que toman en forma zafral.

Tercero, que pongan precios razonables: Uruguay no es Suecia y el poder adquisitivo de los uruguayos está muy lejos del de los suecos. Y, por favor, no cobren un chivito canadiense a 750 pesos, como pasó el último verano en un bar de La Paloma. Recuerden que hasta la ministra de Turismo puso el grito en el cielo.

Desde ya muchas gracias.


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